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imagen del contenido Florencio Luzardo

El olor a queso

Florencio Luzardo

28.12.2013

No me refiero al olorcito suave o picante del buen queso, sino al otro. Al de los viejos quesos añejados y cuarteados en los boliches de campaña que despiden ese olor penetrante y ácido que todo lo invade.

 

Así es el olor del poder. Y todos se tientan con él, es el aroma más penetrante, fuerte y embriagador de la política.

Los que están en el llano lo niegan y juran y perjuran que trabajan por el bien de la Patria y del ciudadano, los que ocupan el gobierno lo repelen y se juramentan sobre los santos sacramentos de sus principios que nada más lejos de su espíritu que el antiquísimo producto de la leche de diversos animales. Todos mamíferos obviamente, aunque las nuevas tendencias ahora incorporaron el queso vegetal. Por suerte no huele.

El famoso perfume del poder ha elevado a la eternidad y ha precipitado en los quintos infiernos a más de un prócer y a varias fuerzas políticas. Por otro lado el que carece de olfato para el queso no es apto para la política. La política es la única de las actividades humanas en las cuales la disputa por todo o por una parte del queso es clara y explícita. En muchas otras se la juegan de callados. Empresas, clubes, sindicatos, familias, y una interminable lista.

Como todas las cosas de la vida es un problema de proporciones. Un vaso de agua quita la sed una piscina entera ahoga. Esto funciona de la misma manera, cuando el olor a queso se transforma en desesperación se nota. Y mucho.

Es lo que está sucediendo últimamente en la política uruguaya. Hay olor a queso en el oficialismo y eso no lo ayuda en absoluto, al contrario. Cuando el queso y su aroma ocupan un espacio demasiado grande en la táctica, la estrategia, el discurso y las acciones se genera una fuerte desconfianza que afecta todas las cosas. ¿Cuánto influyó ese clima de desconfianza mutua en el oficialismo en los recientes episodios políticos y judiciales? Nunca lo sabremos.

Admitamos que no es el mejor clima para gobernar, pues cada movimiento es medido con una vara desproporcionada de desconfianza y donde el ácido olorcito juega un papel peligroso. Cuando una parte importante de las movidas se juegan en la prensa, con fractura expuesta, las tensiones crecen, la desconfianza se profundiza y las declamaciones unitarias suenan cada vez más huecas y sin contenido. Y eso ha sucedido. Si hay algo que creció en la izquierda fue la desconfianza mutua. No voy a hacer un inventario ni a señalar culpables, simplemente compruebo. Si alguien piensa que por el contrario, existe un clima de fraternidad y compañerismo inmaculado que tire la primera piedra.

Este clima de desconfianza y de difidencia ¿es la consecuencia obligatoria de ocupar cargos de gobierno? No es obligatorio, no es una maldición, es el resultado de opciones políticas y de flaquezas ideológicas por las que se cuela el penetrante olor al queso. Demasiado fuerte.

En la oposición que ocupó durante 170 años el centro, la crema, la cáscara y todos los alrededores del queso y absorbió plenamente sus efluvios, 9 años de abstinencia a nivel nacional y más de veinte en la capital, son muchos. Y lo peor es la sensación de que pueden volver a quedarse mirando la fiambrera desde abajo. Por ello se relamen nerviosos.

No todos por igual. Algunos lo hacen con más inteligencia, o hay que admitir, tienen más desarrollado el sentido del Estado; otros no pueden ocultar su desesperación, que crece, crece y crece con cada semana, cada día, cada hora. El olor los embriaga.

No son solo partidos, es todo un amplio sector social e ideológico, muchos de cuyos integrantes ocupan cargos derivados de la historia política nacional e institucional y otros, a pesar de que le fue muy bien en sus negocios y profesiones con estos gobiernos heréticos de la izquierda, quieren volver a la ortodoxia del poder, por razones políticas, familiares, de casta e ideológicas. Eso sí, jurando que a ellos el queso nunca les interesó. En realidad ellos quieren volver a las viejas épocas en que trinchaban el queso junto a los políticos e hicieron del Estado su coto de caza cerrado.

 

Después están los que se disputan algún quesito menor, fundido. Son los llamados independientes, que no habiendo ocupado nunca nada parecido al poder, esperan con desesperación que en un periodo próximo sus escasos diputados sean necesarios para alcanzar las mayorías parlamentarias y es así que han descubierto que el gran cambio histórico en el Uruguay y  el mundo es que el Frente Amplio gane las próximas elecciones sin mayoría parlamentaria. Sería una especie de queso paralizado y en constantes negociaciones independientes. Es un aromita a queso menor, demasiado visible.

El surgimiento del queso coincide con las primeras formas de poder, se puede situar entre el 8.000 y el 3.000 de nuestra era, cuando son domesticadas las ovejas y los seres humanos. Para su producción son imprescindibles dos cosas: leche cuajada de vaca, oveja, cabra, búfalo, camello u otros mamíferos rumiantes y en segundo lugar cuajo o algún sustituto.

Para los antiguos griegos "el queso era un regalo de los dioses" y se sabe que los regalos tienen sus serios peligros, por ejemplo la confusión, la más común es confundir queso con las patas. El resultado es desastroso.

 



Florencio Luzardo

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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