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Cuentos para el fin de semana

Cuentos para el fin de semana

22.08.2014

Todos los lectores podrán hacer llegar sus cuentos hasta los días jueves a: cuentos.uypress@gmail.com

Los cuentos de este viernes son:

La caja de la abuela, de Raúl Caritat
Aquella mano, de Solum Donas
La recuerdo de niña, de Marta Cabrera
Ella sabía, de Julio Sarotto
Invasores, de Silvia Bechler Zauberman
Editado en "La tempestad del instante" - Editorial Rumbo


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La caja de la abuela
De Raúl Caritat
 
La caja mágica de la abuela, de madera labrada con flores y pájaros, estaba cerrada. Doña Emilia rara vez la dejaba abierta.

Aquella tarde de otoño, Pilar la encontró sin las dos llaves. Levantó la tapa y sintió el perfume especial que irradiaba y los colores pastel se le abrieron paso entre sus bucles.
 
Con una mano buscó y buscó sin éxito.
 
<Las cosas buenas en la vida se hacen con las dos manos>, le había dicho la abuela a la niña cuando mezclaba lentamente pociones de elementos blancos como nubes de verano.
 
Pilar miraba con ojos maravillados cómo las dos texturas se confundían.
 
<Ahora, un puñadito de esto>, dijo Doña Emilia.
<¿Ya está pronto, abuela?>, preguntó.
<Todavía; ahora un poco de calor> y colocó sobre la trama un tejido realizado a dos agujas.

<¿Ya está, abuela?>, preguntó ansiosa.
<Falta un poquito>
<¿Qué es ése poquito?>
<Es lo que nos provoca la risa y el llanto>, contestó Doña Emilia.

Pilar movía las manos nerviosamente. Si bien sabía qué era lo que nos hace llorar y reír, no podía traducirlo con palabras.

<Para la verdadera magia no hay que mirar para otro lado. Una pequeña dosis de paciencia es suficiente. Las transformaciones tienen su tránsito. El nuestro, ya tuvo su tiempo>, dijo Doña Emilia.

La abuela con la punta de sus dedos finos, levantó el tejido. Debajo, aparecieron unos montoncitos con formas raras, que hicieron fruncir la nariz a Pilar.

<Ahora,  descubrí lo que hay en el interior de la caja>

Pilar abrió la tapa del baúl. Una exclamación de sorpresa y deslumbramiento se oyó en la habitación. Juntó tiernamente el contenido con vida del interior y salió a la luz con pequeñas mariposas que comenzaban a desperezarse impulsadas con el calor de sus diminutas manos.

Movimientos lentos y pausados precedieron el aleteo inestable de los bichitos transformados.

<En la vida, el amor no siempre  se expresa con palabras>, le dijo la abuela a la nieta.


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Aquella mano
De Solum Donas

    Juan Moneda es un profesional entrado en años. Los juegos de azar, la lotería, los burros, apuestas de fútbol, no son actividades que le llaman la atención ni le provocan mayor placer.

    Viajero incansable por razones laborales y turísticas,  llena algunas noches de tedioso hotel, yendo a los casinos a entretenerse y ver los jugadores de ruleta, pocker y maquinitas. Gusta de mirar ansiedades, gestos, modos de jugar, ganancias y pérdidas; tomar algunas Cubas Libres, comer varios sándwiches que ofrecen gratuitamente a los apostadores,  jugar una pequeña cantidad de dólares por aquello de que de pronto la suerte le aparezca disfrazada de ruleta. “Es lo único que me gustaba jugar y poder así mirar las reacciones de la gente. Eso me entretenía mucho, por un par de horas, en medio de la soledad vacía en el extranjero”.

    Juan Moneda nunca ha creído y menos cree ahora en aquel dicho de que buena suerte en las cartas es mala suerte en el amor, y esta noche del  martes como otras tantas noches  decide entrar al bullicioso casino del Hotel Riviera Azul, enorme laberinto de suertes y desgracias.

    “Como entré en aquel casino de Punta del Este hace ya tantos años, en mi adolescencia. En ese entonces quise tener una nueva experiencia y lo fue; tanto que lo recuerdo hoy día, como  si estuviese ocurriendo en este preciso instante. Luces como si fueran guirnaldas de navidad,  intenso bullicio, metálicos ruidos de las máquinas tragamonedas, no va mases gritados en distintos tonos de voz, crupieres en elegantes esmokins, fichas de lustrosos colores, mozas esbeltas luciendo al frío ambiental sus glamorosos pechos y muslos, portando las bandejas plateadas con bebidas, alimentos y cigarrillos”

    En ese laberinto se siente rodeado por el gentío. Recorre sin prisa, gastando el tiempo, las mesas de pocker y veintiuno, las máquinas que regalan en sus giros el azar de la esperanza  por medio de una palanca tantas veces bendecida y otras tantas maldecida, las mesas de ruleta, todas llenas   de jugadores   apretujados,   fumando   insoportablemente,
nerviosos siempre.

    “Me sorprendió la cantidad de gente, las mesas de ruleta llenas de fichas de hasta cincuenta dólares, los vozarrones de los crupiés, rojo el 21, negro el 16, no va más, negro el 36, negro el 36, rojo el 29, no más apuestas, que salían como balas de suerte y mala suerte de varias mesas simultáneamente; miré con ojos inquisidores las manos de los jugadores que estrujaban nerviosas columnas de fichas, y luego se lanzaban como en una guerra contra algo ¿destino, suerte, esperanza?, sobre los cuadrados numerados de la mesa con sus deseos de plástico circular colorido, mientras la bola corría por el círculo mayor de la ruleta dando pequeños saltitos gritando su pronta llegada al fatal lugar de donde brotaban alegrías para unos y se renovaban desazones para otros.”

    Decide detenerse en una de las mesas de ruleta. Se ubica en una silla entre los jugadores y pide fichas. Comienza colocando tímidamente cinco o seis fichas en sus números preferidos, “Las únicas veces que gané algo fue con el veintiuno, el veintinueve y el treinta seis”. Las manos de los jugadores se entrecruzan febriles para poner  sus colores suerte antes que resuene el no va más y la pala del crupier se cruce de una punta a la otra de la mesa, impidiendo más apuestas. “Esa vez quedé paralizado. De pronto apareció una mano que se me hace aún difícil de describir. Quedé emocionado, perplejo, por su belleza y su apasionante misterio. Una mano de mujer, sedosa, tersa, dedos finos que se movían como brisa suave, uñas rojas, intensamente rojas, dos anillos que supuse eran de oro y brillantes. Mano que con gráciles pero decididos movimientos, comenzó a llenar el tablero con columnas gigantescas de fichas de cincuenta dólares”

Apuesten, apuesten, vociferan estimulantes las bocas de los crupieres, vigilando sigilosamente las manos ávidas de fortuna de los apostadores.
“Esa mano continuó colocando más y más fichas hasta dejar la mesa teñida del color de la grácil mano. ¿A quién pertenecía esa mano? ¿A que cuerpo y espíritu inimaginable pertenecía?”.
No va más , no va más, gritan los crupieres. Él coloca sus últimas fichas. Quince en total. ¡Ojalá tenga tanta suerte como aquella  mano!

    “La mano desapareció tan dulce y misteriosamente como había llegado y no la volví a ver”.
Veintinueve rojo. Juan  Moneda     azorado    porque  tiene  varias apuestas en ese número, recibe las fichas ganadas, las cambia en la caja y pensando en los amores que puede perder o ha perdido en aras de su buena fortuna de hoy, hace lentamente el camino  hacia los ascensores.

Va pensativo, probablemente recordando aquella mano poesía de Punta del Este.

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La recuerdo  de niña...
De Marta Cabrera

La recuerdo de niña

Sus  largos y trigueños  cabellos los habia pincelado el tiempo con plateados trazos, lo que hacía resaltar sus hermosos ojos grises. Solía peinarse con  un flojo moño, que sujetaba en  la cima de su elegante cabeza, dejando unas finas guedejas  que caían como descuidadas a los costados de su  fino   rostro.
De talle largo, sostenido por sus discretas caderas, terminaba su estructura en las piernas aun fuertes  y los pies grandes y delgados, de los que siempre la había oído quejarse, pues consideraba que eran "muy  masculinos"...

Dije que tenía aspecto frágil..lo cual no condecía con su carácter fuerte y decidido. Había escuchado de los mayores,  esas historias de familia, en las cuales  se había desenvuelto con valentía y firmeza.  La vida la había privado de su  gran amor de manera muy temprana...mas ella no dejó de amarlo y recordarlo y lo mantuvo vivo hablándonos  siempre de él,  de sus haceres, sus palabras, sus canciones, mostrándonos sus fotos....Era en esos momentos de ensoñación,   que su figura se transformaba..sus ojos se llenaban de pasado, de amor..y tal parecía que se iba....

Llegó un tiempo en que  con frecuencia, caía en esos sueños, su rostro ya muy arrugado se distendía en tiernas sonrisas, y en varias ocasiones la oíamos murmurar muy quedamente, como si mantuviera un diálogo con un invisible interlocutor.

Un dia manifestó su deseo de volver a visitar la antigua  casona, ubicada en las afueras de la ciudad, la cual había pertenecido a sus abuelos,  donde había vivido de niña, los primeros años de casada y donde tuvo a sus hijos.

Al principio, no atendíamos  sus pedidos, atribuyendo  sus deseos a esos....divagues..en los que solía caer últimamente. Pero sus reclamos se acrecentaron, nos miraba con una tristeza e impotencia  tal, que ensombrecían  sus viejos ojos grises...y  en más de una ocasión, las lágrimas asomaban en ellos.

Conmovidos decidimos  pues, partir hacia aquel lugar, atendiendo a sus años y su estado de ánimo... Al saberlo, un estímulo vital recorrió su ser..parecía más erguida, su andar parecía más seguro, una sonrisa feliz se pintó en su rostro, peinó sus cabellos con esmero, se vistió con un largo y leve vestido blanco, que  conservaba en su baúl.

Llegamos  al lugar. La casa se mantenía muy blanca y conservada, en medio de una fronda  verde, salpicada aquí y allá, por algunas matas de flores de vivos colores.  Cuando bajamos del coche, ella lo hizo de una manera increíblemente ágil, y así comenzó a andar delante nuestro como mostrándonos el camino.

Prestamente subió la escalera y con firmeza abrió las grandes puertas de entrada. Tras ella, accedimos a un enorme...casi diría...a un infinito salón engalanado con grandes columnas que se perdían en el fondo un tanto oscuro del mismo. Un pasillo a nuestro frente, comunicaba con el resto de la casa.

Ella, dándose vuelta hacia nosotros, nos sonrió con una  felicidad infinita. Nos abrazó apretadamente , nos besó...y dándose  vuelta, soltó sus cabellos... y comenzó a caminar suavemente...Su paso era tan liviano, que no parecía tocar el suelo.. Era tan feliz...se veía  tan etérea... Así  caminando cruzó el salón...se adentró por el pasillo...
Preocupados, y embargados por una extraña emoción, procedimos a seguirla...

Nunca  más encontramos  a la abuela....

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Ella sabía
De Julio Sarotto

si, ella sabia que si seguia por ese camino podía perder y no le importó...por que? masoquismo? porfiadez? de puro boluda?? no lo sabremos nunca ya que cuando abrio la puerta y se encontró con aquel puño en mitad del rostro su vida cambió.
si, cambió... y no lo esperaba así, sino de otra manera...a la manera ilusoria supongo, pero esto era otra cosa, cambió y de que manera!! se vio pensando, en un rasgo de lucidez, de que no todas las mujeres deben ser seducidas...sino que algunas odiadas o algunos tipos odiando todo tipo de mujer, no sabemos muy bien como, pero bueno....así fue. por lo que ella creía o el sentia, todo aquello termino mal para ella...ya que no pudo pensar mas, solo sentir que se iba....
                                 
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Invasores
De Silvia Bechler Zauberman

                                                                                                  
     La edificación fue construida sobre lo que era una antigua panadería con horno a leña.  “El Embrujo” ofrece deliciosas comidas internacionales y un verdadero museo de la memoria de la ciudad.  Además de las exquisiteces que se pueden saborear allí,  la decoración es original en objetos, imágenes, y recuerdos de legendarios artistas y mitos urbanos. 

     La mujer K y la mujer M son asiduas clientas.  Hace horas que conversan allí. 

—¿Se van a servir postre?
—Sí, un panqueque de manzana con helado de crema.
—¿Y usted?
—El mismo panqueque sin helado.
—Muy bien, enseguida se los traigo. 

     Minutos después, la moza deposita sobre la mesa, los dos platos con el pedido.  El primer bocado está por alcanzar sus lenguas impacientes.  Hablan y hablan de tristezas, de culpas no expiadas,  y se llenan la boca de fruta helada y azúcar quemado como para paliar desolaciones o para acallar fuegos interiores que no dejan de crepitar. 

     En la cocina, una olla gigantesca con tallarines hierve hace rato.  El recipiente plateado ha quedado solo y la fuerza del agua pugna por salir de ese encierro.  Los tallarines toman cada vez más volumen.  Comienzan a salir de la cacerola.  Se deslizan sobre una mesada.  La ocupan en todo su largo y ancho.  Se arrastran por los placares que habitan debajo de ella.  Se reproducen.  Reptan por las paredes en dirección al techo y al mismo tiempo alcanzan el piso.  Un segundo grupo alcanza otras mesadas que se tornan pegajosas y calientes hasta que la cocina entera se atesta.  Continúan saliendo de la olla.  El recinto completo se convierte en una gran masa de fideos al huevo de donde nadie puede entrar ni salir.  El recipiente espumoso continúa escupiendo en color amarillo.  De ese  atroz pegote de comida italiana, un tallarín se rebela.  Se despega con ímpetu del resto de “la tropa” y les ordena invadir más territorio.  Toma la iniciativa y se expande hacia el salón comedor como el caudillo que dirige una Revolución.  Zzzzzzz….Como una víbora cascabel extiende “su cuerpo” por todo el piso.  Millones de “soldados” continúan asomando de la cacerola.  El Batallón se sigue reproduciendo sin control. Avanzan.  El aire se torna irrespirable.  Se enroscan en las arañas de luz, apretando el vidrio de las lámparas.  La luz empalidece.  Los retratos de los famosos que cuelgan de las paredes transforman sus sonrisas en gestos de pánico.

     El dueño y las mozas del restaurante no están en sus puestos.  Las mesas, han sido desocupadas.  Sólo permanecen allí la mujer K y la mujer M que continúan conversando como si nada pasara a su alrededor.  Los fideos las observan por todas partes.  Las vigilan con ojo aguzado.  Ellas se llevan a la boca los últimos trozos de los exquisitos panqueques.  No paran de hablar.  Sitiadas por los cuatro costados, un grupo de “invasores”-por orden de su caudillo-, se enrosca en las piernas de la mujer K y en los brazos de la mujer M.  No reaccionan, siguen declamando sus angustias, casi al borde del llanto.  Derraman culpas en el aire intoxicado.  ¿Acaso no escuchan la orden de hacer silencio?

     La olla está exhausta de “vomitar”. Continúa desbordándose hasta que revienta con un estruendo imponente.  Las señoras no se inmutan con la explosión.  No pueden parar de hablar. 

     Un grupo de tallarines prepara su golpe final.  ¡Basta! No soportan una palabra más. Como látigos implacables se anudan en los cuellos de las mujeres.  Aprietan…aprietan sus gargantas insolentes una y otra vez.  Una y otra,  y más…más. 

     Por fin, ellas obedecen.

 



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