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Cuentos para el fin de semana

Cuentos para el fin de semana

26.09.2014

Todos los lectores podrán hacer llegar sus cuentos hasta los días jueves a: cuentos.uypress@gmail.com

Los cuentos de este viernes son:

Asuntos de familia, de La Polaca
El nombre del diablo, de Elizabeth Óliver de Ábalos
El bote, de Miguel Ábalos

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Asuntos de familia
De La Polaca

Era una típica casa esquina, en el tradicional barrio de los Pocitos. En los altos de su farmacia vivía  don Marcial, el anciano farmacéutico, su esposa Amelia y la hermana soltera de esta, María Luisa.
El matrimonio, que nunca tuvo hijos, disfrutaba con alegría del amor y la ternura de Rene, la sobrina regalona de don Marcial. María Luisa, por su lado tenía un ahijado, Luis, único hijo de su hermano.
Los niños se encontraron,  durante años, en distintos eventos familiares. A pesar de no unirlos ningún parentesco, se decían primos.
Ya adolescentes, el chiste era apostar cual de los tíos moriría antes y quien de ellos dos seria el heredero universal.
El tiempo pasó. Un día, sorpresivamente, sin más aviso que los achaques de su edad, murió Amelia. En el velorio de su tia, en medio de su dolor, Luis no pudo menos que felicitar a Rene, quien ahora se suponía, heredaría al tio.
Pero aquí la broma, la hizo el destino.
Don Marcial se encontró en un brete, viviendo en la misma casa con una mujer que aunque vieja, era soltera y no tenia adonde ir a esa altura de su vida. Por lo tanto, sin mucho pensarlo, hizo lo que correspondía a un caballero: se caso con ella.
Ahora, los primos reanudaron el juego, ¿quien se iría primero?
Se fue un año y con el se marcho el tio. Ahora Luis debería hacerse cargo de la tia y por lo tanto de su herencia. En unos meses, a pesar del cariño y de los cuidados del sobrino, María Luisa, sola y muy vieja, también murió
Se aviso al deudo que el velorio se realizaría en la casa. Había que ver la tristeza de aquel espectáculo. Los vecinos viejos que aun quedaban, estaban demasiado achacosos para subir aquella escalera. Los más jóvenes, igualmente cincuentones, cumplieron con sus conciencias y se retiraron rápidamente de ese páramo. No estaban dispuestos a pasar en vela una noche tan fría como esa, con la muerta y el sobrino, a los que apenas conocían.
Por lo tanto, los deudos para velar, se redujeron  a Luis y sus seis amigos más íntimos, que lo acompañaron para acortar la noche.
A la mañana, a la hora de partir hacia el cementerio y para hacer número, cada amigo fue en su propio coche, formando un raído cortejo fúnebre.
Llegados al Cementerio del Buceo, los amigos cargaron el cajón hasta la capilla. Una vez dentro, vieron ante ellos un cura viejo, bajito y muy delgado, vistiendo una sotana brillante de mugre, con el borde de la cual limpiaba unos lentes chiquitititos, cuya armazón estaba bastante doblada. Tomo en sus huesudas manos un misal, terriblemente sobad, se paro delante de los deudos y señalando el cajón pregunto al que tenia delante:
-    ¿Cómo se llamaba?
-    María Luisa, le contesto este susurrando.
El cura comenzó a rezar con su cascada voz, pero en cierto momento habiéndolo olvidado, volvió a preguntar impaciente
-    ¿Cómo se llamaba?
-    María Luiza, le volvieron a decir.
El cura prosiguió, y al terminar sus oraciones, elevo la mano derecha hacia su frente y miro por por encima de sus torcidos lentes a aquellos hombres que tenia delante suyo, los cuales distraídos en otros pensamientos, no se movieron ni acusaron saber que se esperaba de ellos.
El que dialogo con el cura y estaba mas atento, codeo al que tenia a su derecha y le dijo entre dientes.
-    hace la por la …
-    que!!!!!!!! codeo a su izquierda.
-    Che, hace la por la…
Como despertando, aquellos hombres miraron al cura que estaba rojo de rabia, ahí les vino a la cabeza su niñez y alguna misa con la abuela.
Rápidamente se persignaron murmurando. Por la señal de la Santa Cruz. Luego de esto sacaron el cajón en andas, colocándolo sobre un carrito que esperaba afuera, para llevarlo hasta el Panteón familiar.
En ese momento llego al Cementerio otro cortejo fúnebre. Llamaron al peón a cargo del carrito para que ayudara con las coronas y las flores. El hombre lo soltó y el carrito comenzó a rodar por la cuesta abajo del Cementerio, que va a dar al mar.
Detrás partieron los siete deudos, hombres ya maduros, seguidos por el cura que se había remangado la sotana y reboleaba sus piernas flacas mientras gesticula gritando:
-    Párenlo, párenlo que se nos va al agua!!!!!

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El nombre del diablo
De Elizabeth Óliver de Ábalos

–¿Cómo te llamás, gurí?  –dijo doña Inés–.

–Damián  –contestó el chico–.

–¡Aaaaaj!  –doña Inés se persignó–  ¡el nombre del diablo!

–¿Quién es el diablo?  –preguntó Damián un poco asustado ante el gesto de la mujer–.

–¡Callate, mocoso!, y andá pa’l fondo  –le ordenó–  ¡no me andés alrededor!

Damián obedeció.  En el fondo había dos niños de la edad de él, un varón y una nena.  Estaban sentados en el piso de tierra, desgranando arvejas en un tacho enlozado.

–Hola... –les dijo–  ¿me tengo que quedar acá?

–Si la vieja te mandó, sí.  –la nena le sonrió–  ¿Cómo te llamás?

–Yo... Damián, pero no te asustes...

–¿Quién se asusta?, ¿sos bobo?... vení, hay que desgranar esto pa la comida.  Me llamo Dalia, y éste es Luis.

Se sentó con ellos y se puso a trabajar.  Luis lo miraba de vez en cuando esbozando una sonrisa tímida, pero no había dicho ni una palabra. Terminaron justo cuando la mujer salió a buscar el tacho.

–Ahora junten esas vainas y se las llevan a don Simón, pa los chanchos... ¡rápido, eh!, no se queden por ahí que hay cosas p’hacer adentro.  ¡Dalia!  –gritó–  mejor vos quedate, que vaya el Luis con el nuevo...

Después de cruzar el alambrado del fondo, Luis miró hacia atrás y luego habló.

–Si hacés lo que ella dice, no se enoja, ¿sabés?  –le explicó–  Nos da de comer todos los días y si tenemos frío nos da más ropa... grita mucho pero no nos pega... es mejor que donde estábamos.

–¿Vos también sos del asilo?  –preguntó Damián–.

–Sí, la vieja sacó a mi hermana primero y hace poco me trajo a mí.

–¿Vos sabés quién es el diablo?

–No...

–Se llama igual que yo, debe ser alguien que a ella no le gusta... ¡puso una cara cuando le dije mi nombre...!

–A lo mejor la Dalia sabe,  ella es más grande.

Dalia tampoco sabía, en sus cortos siete años había aprendido algunas cosas, pero todas eran de ayudar a los grandes en el trabajo de la casa, así que al poco tiempo se olvidaron del asunto.

Damián era el único que seguía con aquello en la cabeza  –por la forma en que doña Inés lo trataba–  y ya se había formado una imagen de su tocayo: debía ser un hombre muy grande, feo, de voz gruesa y fuerte, y con muy mal carácter.

Pasaban los meses y Damián seguía "pagando las cuentas" del famoso diablo, justificando la discriminación a que lo sometía doña Inés con su imaginación de niño, adivinando las cosas horribles que aquél hombre le habría hecho a la mujer.  La escuchaba quejarse cuando venía Jacinto, el que trabajaba en el asilo.

–Mirá que sos idiota, vos  –le imprecaba–  una cosa es traerme gurises pa'l trabajo ¡y otra es meterme al diablo en las casas!

–Es un gurí, vieja  –decía Jacinto–,  no es mandinga... por los tres ya tiene asegurada una buena mensualidá, ¡no sé de qué se queja!

–Ese mocoso es de mal agüero, ¡d’eso me quejo!  –se persignaba nerviosa–  Algo va a pasar...

Un día, doña Inés mandó a los niños a la huerta.  Dalia y Luis tenían que arrancar yuyos y carpir, pero a Damián lo había mandado a limpiar de cardos y ortiga el borde del alambrado.  No le había dado herramientas, tenía que hacerlo con las manos.

Esa noche, cuando todos dormían, Damián lloraba en silencio, desprendiendo las espinas de sus manitos hinchadas por la hierba urticante. Escuchó unos pasos afuera, y el sordo rechinar de la puerta.  Tuvo miedo, pero su curiosidad inconsciente pudo más.  Se apretó la nariz para ahogar sus sollozos y se deslizó fuera del cuarto en la oscuridad.

Frente a la pieza de doña Inés vio al hombre.  Era muy grande y feo.  Con voz gruesa y fuerte decía palabras horribles.  Lo vio entrar a la pieza pero no lo siguió, los gritos de doña Inés y el ruido a golpes lo asustaron.  Volvió corriendo al cuarto.  Los hermanitos se habían despertado y se abrazaron los tres, temblando de miedo.  Se quedaron sin moverse.  Afuera, los pasos se oían rápidos, alejándose.

Cuando hubo silencio, los niños se acercaron al dormitorio de doña Inés, al momento en que entraba don Simón, a medio vestir, con una linterna encendida.

–¡Salgan de ahí, gurises!  –gritó el vecino–,  ¡no entren!

Damián ya estaba adentro.  Vio la pieza en desorden, los cajones de la cómoda en el suelo, el cuerpo inerte de doña Inés inclinado hacia un costado de la cama revuelta, y un charco de sangre brillando en el piso.
   
–¡Fue el diablo!, ¡fue el diablo!  –gritó Damián desesperado–  Yo lo vi, ¡fue el diablo!

–Vamos, gurí  –dijo don Simón abrazándolo–  salí de acá...

–¡Fue el diablo!  –repetía en medio de un llanto compulsivo–  Yo lo vi, era ese que se llama como yo...

–Maldita vieja  –pensó don Simón–  no le alcanzaba con lucrar con los chiquilines del asilo, ¡también tenía que enfermarles la cabeza! Vamos  –dijo–  no hay ningún diablo, vengan a mi casa... estaban soñando y fue una pesadilla, ahora a dormir, ¡vamos!

–Me vas a tener que llevar al gurí pa que lo interrogue, Simón  –dijo el Comisario–,  él vio al asesino.

–Dejate de joder, ¿querés?, el Damián dice que vio al diablo, y no lo sacás de ahí... Y a lo mejor es cierto, che, y el mismo mandinga vino a darle una mano al tocayito. El gurí le estuvo "pagando las cuentas" sólo por llamarse como él, ¿no fue?

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El bote
De Miguel Ábalos


Tenía veintidós años y no conocía el campo cuando llegué a ese hermoso lugar de los tantos que tiene nuestro país. La casa estaba en el límite entre Florida y Canelones, frente al paso del río Santa Lucía, que nace en Lavalleja y en su pintoresco recorrido se interna en Florida, bordea Canelones, entra en San José y vierte su cauce en el Río de la Plata, muy cerca de Santiago Vázquez. Podría asegurar que ahí  –en Paso de Pache–  casi nadie conocía el entorno de su serpenteo, los montes agrestes, casi salvajes que lo rodeaban.

Muy cerca de la casa había un bote amarrado a uno de los enormes sauces de la orilla.  Lo saqué del agua deslizándolo sobre unos troncos finos que había cortado y lo puse boca abajo al final de la playa, donde el río hacía una entrada y los añejos árboles cubrían el cielo formando un pasillo de luz desde la orilla.

Durante varios días me ocupé de calafatearlo cubriendo las pequeñas grietas de la madera con estopa y brea. En ese lugar, el sol caliente de verano, atenuado por las copas frondosas, no me impedía continuar mi tarea. La paz era total. Únicamente se sentía el canto de los pájaros y las chicharras o el zumbido de algún tábano, quienes me estaban aceptando como parte del paisaje en la misma medida en que yo me integraba al lugar.

En aquellos años no entendía totalmente lo que estaba viviendo, simplemente me sentía muy bien allí, me parecía un lugar maravilloso y lo disfrutaba. Hoy, tantos años después de aquella aventura, sé que jamás en otro sitio me interné tanto en las entrañas de la naturaleza.

Un día, di por finalizada la restauración del bote y después de una buena mano de pintura, quedó pronto para hacernos al agua sin peligro. Sentí el placer de ver mi obra concluida y percibí la alegría del bote al sentirse útil. Ya podía salir a probarlo. Lo eché al agua apartando las ramas lacias del enorme sauce llorón que tocaban la superficie. Subí, y apoyando uno de los remos en la arena lo empujé lo suficiente para alejarlo y poder remar.  Lo llevé hasta el centro del río, la parte más ancha.

Caía la tarde, los últimos rayos del sol centelleaban sobre el agua. Concluida la corta etapa de prueba volví a la orilla. Ya había oscurecido cuando lo amarré al viejo sauce. Esa noche me acosté más temprano que de costumbre, era mi intención levantarme al alba para navegar río arriba y explorar las curvas que no divisaba, las que desaparecían entre los montes.

Fue una mañana de marzo del 53. El sol iniciaba sus bostezos y ya asomaban los primeros resplandores. Desprendí el bote, que ansioso de navegar se prestó contento a la aventura. Ya a esa altura éramos amigos, yo le había curado sus heridas y él me recompensaba surcando el río para mí.

Avancé en línea recta poco más de una cuadra y giré a la izquierda, encontrando un canal de unos seis metros de ancho. Cuanto más angosto era el río, más fuerte se sentía la corriente y me exigía más esfuerzo. El estrecho cauce besaba la orilla desigual y sus declives de arena, barro y raíces de árboles corpulentos. Más adelante, la calle de agua superaba apenas el ancho de los remos.  Las ramas espesas se tendían sobre el agua rozando a las de la otra orilla y formaban un túnel casi en penumbra.

Mientras intento describir aquel entorno del agua y el follaje, se me ocurre que esa imagen no fue más que un bello sueño.

Seguía exigiendo a mis brazos y sentía el esfuerzo, envuelto en la vegetación salvaje que me rodeaba. Frente a una curva muy pronunciada, tuve que usar un solo remo para hacer el giro hacia mi costado derecho, y vi una pequeña ensenada donde podía escapar un poco de la corriente y aliviar mis ya cansados brazos. Estaba cubierta de piedras desde el borde del agua hacia arriba, formando un barranco inclinado. Había árboles de todas las especies y de todas las edades.

Amarré el bote a una de esas piedras, y apoyándome sobre ellas me bajé. Me senté en la parte alta donde el terreno era plano y apoyé la espalda en el tronco de un árbol cuyas raíces sobresalían de la tierra. Ya era mediodía. No veía el sol por lo espeso del follaje pero sabía que estaba ahí, verticalmente sobre mi cabeza. Estaba atrapado por la naturaleza del lugar. Había perdido la dimensión entre lo verdadero y lo ilusorio, fascinado y preso de aquella maravilla... ¿Era real...? Si era un sueño, no quería despertarme.

De pronto oí una voz suave que me dijo “hola”, me di vuelta y mi sorpresa no tuvo límite: a mis espaldas había una hermosa mujer que vestía un largo traje verde de tela muy fina movido suavemente por la brisa. Tenía ojos grandes y claros, su largo pelo negro caía sobre su espalda sujeto con una cinta verde y brillante y sus pequeños pies descalzos casi no pisaban la tierra.

–Hola  –le contesté–  ¿quién eres?

–Me llamo Esperanza, aunque algunos me dicen Ilusión.

–¿Y qué haces?  –pregunté–.

–Trato que los habitantes de la Tierra no pierdan la fe en mí e intento hacer realidad muchos de sus deseos.

–Ardua debe ser tu tarea  –le dije–  es muy difícil conformar a todos.

–Es cierto  –contestó–  a veces resulta casi imposible porque muchos pretenden conseguir lo que desean sin poner nada de sí, esperan que yo lo haga todo... pero aquellos pocos que no sólo tienen fe, sino que luchan poniendo su máximo empeño para obtener el triunfo, son los que casi siempre llegan a la meta.

–Debe ser agotador  –dije viendo cómo su rostro se iba cubriendo de arrugas al caer la tarde–.

–Sí, pero mucho me gusta, nazco con el día y muero con la noche, con la alegría de haber contribuido a la felicidad de muchos.

–¿Y vuelves cada día?

–Mientras esté el hombre en la Tierra estaré a su lado... no sabría vivir sin mí.

Me dio un beso en la frente. Una sonrisa triste se desprendía de su semblante ya viejo y cansado. Se volvió lentamente y se fue despacio, perdiéndose en la espesura del monte. Anochecía, desaté el bote y me alejé aguas abajo.

Muchas veces regresé a ese lugar para encontrarla... pero nunca más la volví a ver. Sin embargo, en el correr de mi vida comprendí que aún sin verla, siempre está muy cerca de mí.

 



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