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Cuentos para el fin de semana

Cuentos para el fin de semana

03.10.2014

Todos los lectores podrán hacer llegar sus cuentos hasta los días jueves a: cuentos.uypress@gmail.com

Los cuentos de este viernes son:

Nadeiro, de Perla
El perro y el aprendiz de escritor, de Mas Mena
El pez de la luna, de César Barreto Luchini

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Nadeiro
De Perla

Así era él, surgido de la nada, por eso cuando alguien lo precisaba lo llamaban  Naderio.   Solía  responder  cuando lo consideraba conveniente o cuando tenía ganas.    Así  transcurría  su vida, vida, por decir alguna cosa, cada cual pensará lo que quiera, total, él vivía en su mundo.  

Manteniendo la ceniza siempre tibia, todo estaba bien, bastaba un soplido y aparecían brasas.   Ese calor le guardaba el cuero, que esparcía  olor a grasa de oveja recién carneada.     Su amigo Felipe, rodeaba el brasero, siempre esperándolo para mostrarle la barriga, de vez en cuando le caía una brasa que le hacía pegar el tal corcovo.
Naderio, con la mirada estirada, permitía que los recuerdos acudieran lentamente, “Pa entretenerse” solía decir. 

Se levantaba de pronto, parecía estar siempre esperando al enemigo, le brotaba una rabia escondida, de apezuñar la tierra roja y ajena.   Se negaba a todo lo que le pareciera que estaba demás.    Sin que lo mandaran  cinchaba con el carro de leña, después largaba una meada como fuego y los ojos le brillaban como estrellas en la noche oscura.    Lo acompañaban, el miedo que  despertaba  en  las miradas de aquellos que lo observaban de lejos, como a una luz mala sin tormenta y su propia sombra como una conciencia ajena.   

-----“Ser bruto no es un pecado, le había oído decir al cura, que ocasionalmente pasaba por los perdidos ranchos de la “Cañada Seca.   Era el único que le dirigía alguna que otra frase, le palmeaba el hombro cuando se marchaba, le dejaba  algunos  diarios, revistas y hasta algún libro.    Naderio guardaba aquello como un tesoro.    Envuelto en su poncho acariciaba las figuras como a un recién nacido, entraba en ese mundo desconocido y con la imaginación despierta,  montaba en su “Malacara”  bien antes de aclarar el día, haciendo oídos sordos a las palabras que soltaban entre dientes los otros peones.

-----“Ahí va el loco, se cree que es gente y no es más que un bagual, que yegua lo habrá parido”.   

En un fogón donde se doraba un cuarto de capón y unas achuras, el patrón que hablaba  poco, los previno.   

-----Miren que los locos suelen llevar el diablo en las tripas, a mí me sirve, así que tengan cuidado.   Relampaguearon los ojos de los peones y en sus gargantas florecieron las ansias de venganza, los celos, los impulsos mezquinos propios de aquellos hombres.     La tormenta se asomó de pronto y Naderio sin que lo mandaran guareció los animales por parir, cerró los corrales y chorreando agua desensilló bajo el alero.    Nunca entraba en la cocina de los patrones, pero esa vez fue convidado con un café caliente y adelantó dos pasos, agradeció con una especie  de quejido y enderezó para su rincón,  pensando en el calor de su bracero. 

Todo formaba una sola brasa, el poncho, los libros  y los últimos estertores de su único amigo de cenizas, atado con un alambre, su boca abierta en patética despedida, se le clavó muy hondo   

Naderio afiló su daga y entró despacio al galpón y sin echar ninguna maldición, degolló cuatro de los seis peones que ya habían festejado la hazaña con abundante aguardiente brasilero. 

El pueblo vio pasar a Naderio con el pelo chamuscado y un grito de hiena herida entrando al hospital, daba la impresión que en su flacura era leve, sin embargo la fuerza con que lo dominaban entre cuatro, era como arrastrar  una vaca muerta.  

Pasaron varios días, los comentarios se fueron diluyendo, nadie se ocupó más del asunto, el comisario dijo no tener testigos,  que era un pobre peón desconocido, y el médico forense, “que además era el único”, llenó un formulario declarando “Estado de demencia circunstancial.”   

Cuando pudo dar unos pasos la hermana Listoria lo encaminó al jardín,  el resplandor del sol se le clavó como un rayo en los chamuscados párpados de Naderio, y volvió a sostener en el aire otro alarido, con la diferencia de que este fue provocado por un recuerdo hasta ahora anestesiado, sus libros y su gato.

Lloró amargamente con los pies clavados en el pedregullo y alargando un lento gemido se fue calmando sobre el tibio manto de la monja. Su vida pasó a ser la biblioteca que donara una señora del lugar, día a día Sor Listoria fue agregando una letra  hasta enseñarlo a leer y escribir.   

Lentamente se le fue borrando la visión hasta quedar ciego, pero la Hermana noche a noche recogió los cuentos de la rica vida de Naderio, que no sabía que su rostro aún se sonrojaba.   

Un día llegó al pueblo una visitadora social acompañada de un viejo barrigón que dijo un discurso que nadie entendió, pero Listoria preparó prolijamente la poca ropa de Naderio y este fue trasladado a un instituto donde aprendió un sistema de lectura llamado Braile.   

De tardecita lloraba la falta de la Hermana, su calor, sus caricias, su ternura de oveja guacha, sus juegos antes de dormir… Su vida se tornó una larga noche sin esperanza.    Pasaron dos inviernos, hasta que la primavera junto con las golondrinas, llegó y trajo la noticia de una nueva profesora que enseñaría teatro y presentaría un libro.  

Se hicieron muchos preparativos y llegó el tan ansiado acontecimiento.     

Con los brazos llenos de flores de papel,  hechos por los no videntes, la nueva profesora abrazó a Naderio, este sin palabra alguna, reconoció su perfume.  Ella dijo bajito, “después hablamos” , él quedó con los brazos extendidos, ella comenzó la lectura de su libro.    

Naderio escuchó con una sonrisa  y con ella se durmió como en un arrullo, entre sueños escuchó,  “Naderio, ya no soy más Sor  Listoria,  vine para quedarme.



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El perro y el aprendiz de escritor
De Mas Mena

-    Es que no he sacado nada en ningún concurso de los que me he presentado.
-    Entonces te tienes que dar por satisfecho.
-    No le entiendo, si no he sacado nada.
-    Mira. Ninguna de las personas que han hecho algo por la literatura, que la han transformado, que la han revitalizado, lo hicieron ganando concursos. Te diría más ningún artista o creador que se precie de ello, ha ganado concurso como premio de su labor. Y si te detienes un poco a pensar el por qué, te darás cuenta que difícilmente un jurado premie una obra que revolucione la escritura o el arte. La gran mayoría de los jurados, inclusive aquellos que están integrados por artistas tienden a juzgar la obra que deben someter a un dictamen, por sus parámetros. Indicadores que forman parte de su sistema creativo  y por lo tanto responden a valores consagrados y aceptados. Unos elogiaran y premiaran la similitud o parecidos a sus paradigmas, otros a la manera de escribir a lo…y allí podrá estar cualquiera que admire, que quieren inclusive imitar. No digo que nunca un creador haya ganado un concurso con una obra, pero si te afirmo que difícilmente una obra de valía en ello gane un concurso.
-    Pero es que yo en realidad no pretendo transformar la literatura, simplemente pretendo divertirme y de paso ganar unos pesos mientras lo hago.
-    No está mal que simplemente pretendas divertirte, lo que veo más difícil es que te ganes unos pesos, no porque esté mal sino simplemente porque no veo que alguien pague por ello. Pero no hay peor intento que el que no se hace.

Y así de ese modo me largó, sin decirme nada con respecto a la calidad de mis relatos, de mi pequeña literatura. Aquel escritor que admiraba, que era reconocido, que había sido premiada su trayectoria, me aconsejaba con que no me defraudara por no haberlos sacado, que eso no era lo importante. Y yo que lo que quería era salir de ese apretón económico en el que me encontraba, haciendo lo único que sabía hacer, escribir sin cometer faltas de ortografía, habiendo leído muchos libros en mi corta vida y no habiendo vivido nada de valía.

No me desanimé por aquel consejo que no supe medir en su justo valor, y más que nada por carecer de experiencia, porque si hoy me encontrara nuevamente con él y tuviese la amabilidad de lisonjearme como lo hizo en aquel entonces, primero lo que le mostraría no sería aquel recopilado de frases, sino que le daría a leer trozos de mi vida, de mi castigada existencia, sabiendo que ahí si había sustento para la literatura, claro que, aún no sabría si realmente tendría valor, pera ya sabía que con ello no me divertiría ni ganaría dinero. Simplemente era el resultado de una costumbre que fui adquiriendo como forma de analizar los acontecimientos, para enfrentarme a ellos y poder superarlos, tratando de cometer la menor cantidad de errores posibles, ya no se trataba de faltas de ortografía, con cada error que cometía me hundía cada vez más en el pozo en que se fue transformando mi vida.

Y es que ese día lo recuerdo muy particularmente, imposible de olvidar, ya que a la vuelta de aquella entrevista que mantuve con el escritor, al llegar a mi casa, encontré muerto en la puerta a Duque mi perro, mi fiel amigo, quien desde antes de usar los pantalones largos, me había acompañado todos los días de mi vida, convirtiéndose en una especie de prolongación mía, llegando a todos los lugares antes que yo y anunciando por lo tanto mi inmediata presencia.

La tristeza o desazón de aquella entrevista mantenida en el café literario por excelencia, que ocupaba la esquina de la plaza céntrica de la ciudad, donde en forma democrática se reunían los intelectuales con los políticos del momento y con el pueblo común a compartir un café, fumar un cigarrillo, discutir, discrepar, pero sobre todas las cosas a aprender de aquellos monstruos, que tenían la capacidad de haber vivido y haber sido los autores de las principales páginas de la historia política y cultural reciente de mi pequeño país, me topé con que contrariamente a lo que siempre sucedía, Duque no festejaba mi arribo a la casa, permaneciendo inmóvil sobre el camino del jardín frontal que conducía a la puerta de entrada.

Lo miré alarmado, la posición de sus patas delanteras me hizo sospechar que mi viejo amigo y guardián ya se había ido a otro mundo. Me agaché, lo toqué y en ese instante supe que ya no estaba más conmigo. No pude llorar, lo tomé en mis brazos y lo apreté contra mí, quería poder decirle todo lo que había significado su presencia, su compañía en mi vida, pero no me salían las palabras ni las lágrimas. A él que siempre al verme llorar por cualquier motivo propio de un niño, se acercaba y me lamía con su lengua para consolarme, no podía entregarle una sola lágrima de las tantas que derroché, en ese transcurso de la transformación de un niño en un joven. Quizás ese día pensaba que no era de hombres llorar por la muerte de un perro, sin saber en ese momento preocupado por los premios y la literatura, que la amistad fiel y el amor no saben de condición de especies. Y que difícilmente un perro en el amor y la entrega que hace a quien considera digno de su admiración, se vea recompensado por premio de igual valía. Debería haber llorado, pero no pude. Y no sé ni supe nunca por qué no lo hice, y posiblemente esa falta, esa deuda, más que el consejo del afamado escritor, me permitió ser quien luego fui por el resto de mi vida.

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El pez de la luna
De César Barreto Luchini

26 de septiembre de 2009 a la(s) 21:14

Aquella tarde el verano había regalado a Valentina un viaje a la Piedra del chileno. A sus seis años ya conocía buena parte de la costa allí cerca de su casa en Candelaria un pueblo de artesanos, albañiles y vendedoresitinerantes.

Carlos, su papá, era maestro de la escuela del lugar y disfrutaba especialmente llevando a valentina a conocer los caracoles del fondo del marque llegaban hasta la costa, el viento que viraba al atardecer, el silencia de los médanos de arena blanca y fresca, los escondites con flores increíbles entre las acacias achaparradas y los tamarices, o a remontar cometas que él y Valentina inventaban y construían con papeles de colores y largas cañas.

Pero nunca habían ido a la Piedra del Chileno un lugar alejado donde las rocas de una antigua serranía penetraban en el mar siempre agitado y profundo. Llegaron en la bicicleta en la que Carlos la llevaba siempre de paseo y luego de dejarla recostada sobre unas acaciasrastreras se encaminaron hacia la punta de la península en medio del rumor de las olas que rompían persistentemente sobre las rocas de la costa.

Cuando llegaron ya casi atardecía, Carlos le alcanzó a Valentina un calderín con el que ella empezó a intentar atrapar algún pez en el agua agitada que corría entre las piedras oscuras. Su papá la observaba con atención de modo que nada malo le pudiera ocurrir como por ejemplo resbalarse y
lastimarse sobre las rocas. De pronto una sonrisa mezclada con asombro se dibujó en la carita de Valentina.

Con sus dos manos sostenía el instrumento de pesca dentro del cual un diminuto pez se agitaba como una moneda de plata. Valentina extendió una de sus manitos y lo tomó con cuidado.

El pececito daba pequeños saltos de acróbata como si quisiera ganar la voluntad de la niña para que lo devolviera al agua. Lo cierto es que ella miró a su papá y le dijo “pobrecito,quiere volver al agua” a lo que Carlos le respondió “ haz lo que tú creas que es mejor”.

Valentina pensó unos segundos y luego giró con todo su cuerpo hacia la orilla y con un movimiento suave dejó al pececito en el agua. Al caer al mar ,de pronto, Valentina vio algo que nunca iba a poder olvidar: allí donde había dejado caer el pez apareció sobre el agua una luna nueva, temblorosa y suave. Valentina sonrió satisfecha y le dijo a su papá “ el pececito se quedó muy contento”.

Mientras, la luna navegaba silenciosa en el inmenso cielo estrellado de aquel verano en Candelaria.

(Dedicado a mis nietos Julieta, Lautaro, Milena y Julieta)



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