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imagen del contenido Marcelo Marchese

La revolución cubana y Fidel Castro

Marcelo Marchese

30.11.2016

Las unánimes mitologías describen espíritus buenos y adversos, la proyección al cielo, o al infierno, de las diversas facetas del ser humano. Ninguno de nosotros es puro, pues infinitas tendencias luchan en nuestro espíritu. A la hora de evaluar a Fidel y la revolución cubana, debemos pensar en esta suma de contradicciones, en caso contrario no sacaremos enseñanzas de esa experiencia histórica.

Fidel en la lucha contra la dictadura tuvo una actuación valiente, comenzando por su manera de transformar su juicio en una condena al despotismo. Luego, arrojando dogmas a un lado, adoptó la táctica guerrillera, la única que podría llevarlo a la victoria. Tras el desembarco del Granma, según las crónicas oficiales, dirigió la guerrilla con habilidad y la llevó a la toma del poder. En este proceso hizo evidente su deseo por alejar a cualquiera que pudiera hacerle sombra, pues era dominado por una egolatría patológica. Ante la figura en ascenso de Guevara, lo saca del combate y lo degrada un tiempo a la posición de entrenador de guerrilleros; cuando el carismático Frank País le pide para combatir en la Sierra Maestra, le ordena que permanezca en Santiago de Cuba, convirtiéndolo en fácil víctima de la represión.

Coraje e inteligencia no se le pueden negar. En cuanto a sus otras supuestas virtudes, no podemos sopesarlas desde aquí, pues la bruma informativa del culto a la personalidad altera cualquier mirada. De Stalin también se cantaban maravillas, y no era otra cosa que un ególatra cobarde, miserable e inepto.

Por más que la personalidad de Fidel haya incidido en el destino de la revolución, dejémoslo en paz y vayamos a lo que importa: ¿por qué causas ascendió y luego fracasó la revolución cubana?

Una revolución se pude definir de muchas maneras, pero jamás se puede dejar de lado un hecho inobjetable: es una gran explosión democrática y a esto no escapa ni la revolución inglesa del XVII, la norteamericana y francesa del XVIII, las fallidas revoluciones europeas del XIX o la revolución rusa del XX. Concebimos la democracia como un sistema en el cual votamos representantes de tarde en tarde, pero democracia significa poder del pueblo y no existe una muestra más elocuente de ese poder que esa hora en que gran parte de una población, por fuera de las instituciones oficiales y organizadas a su manera, se lanzan de lleno a la vida política, arriesgan sus vidas, crean un poder paralelo y logran derrocar a una tiranía con la esperanza de instalar un nuevo tiempo.

La revolución cubana, como las precedentes, fue un estallido de democracia en tanto luchó contra la tiranía, y ese empuje fue tan poderoso que se derramó cierto tiempo tras la toma del poder. Luego, como en las revoluciones anteriores, el empuje democrático se retrajo, las organizaciones revolucionarias se debilitaron y, como suele suceder, una élite burocrática absorbió el poder que la sociedad relegó.

¿Por qué las revoluciones tropiezan siempre con la misma piedra? No podemos aquí señalar como culpables solamente a los líderes enfermos de poder, pues la sociedad permitió que ellos se convirtieran, en base a su prestigio y al poder adquirido, en la nueva casta dirigente. La solución al enigma de la tragedia de las revoluciones, va por el lado de entender que una revolución es la sustitución de una vieja cultura política por una nueva, que se puede definir como más democrática, con mayor incidencia del conocimiento que anida en una sociedad, conocimiento que los órdenes políticos basados en una grosera división de la riqueza desatienden. La nueva cultura estira sus músculos al crear un poder paralelo, sea en el terreno social, como en el caso de los soviets, sea en el terreno geográfico, como en el caso de los guerrilleros de la Sierra Maestra. Luego se mantiene oscilando cuando busca organizar lo nuevo y allí, por debilidad, fracasa, pues la vieja cultura tuvo un poder de resistencia superior al poder de empuje de la nueva.

Algunos teóricos afirman que la nueva cultura se ha creado en Cuba en tanto se liquidó el poder de la burguesía y los medios de producción pasaron a manos del Estado. Es asombroso que tenga audiencia un razonamiento tan estúpido. La vieja cultura no es sustituida en absoluto en tanto el capitalismo adopta una nueva forma, que llamaremos capitalismo de Estado, en el cual los medios de producción pasan a manos de un Estado controlado por una élite que se convierte en la nueva burguesía, que llamaremos burguesía de Estado, la que disfruta de privilegios y en suma, del ejercicio del poder. No es suficiente arrebatar de unas pocas manos los medios de producción para colocarlos en otras pocas manos hipócritas; de lo que se trata es del real control de los medios de producción por parte de la sociedad, algo que implica que la soberanía radique en una población permanentemente abocada a la cosa política. Se trata de que el trabajador opine y participe y decida sobre las cosas que suceden en su ámbito de trabajo, y se trata de que el ciudadano opine, participe y decida sobre las cosas que pasan en la vida de todos. Para que esto suceda, amén de crearse una nueva institucionalidad, se precisa de libertad de pensamiento para generar, experimentar y contrastar las ideas necesarias al destino del país. Sin libertad de pensamiento no existe ninguna posibilidad de crear lo nuevo. Sin libertad de pensamiento y soberanía popular, no existe posibilidad ninguna de llevar a cabo el permanente aprendizaje político que requiere una democracia y por esto, en los meses de un proceso revolucionario, grandes masas humanas aprenden lo que les hubiera llevado un siglo en tiempos normales. Cuando la revolución cubana se deja absorber por el dogma stalinista del partido único, niega, por definición, la libertad de pensamiento al establecer, a modo religioso, una verdad revelada que osifica las ideas: como el partido es el depositario del poder, todos los arribistas ingresan a él y el arribista tiene más tendencia a seguir órdenes como buen funcionario, que a pensar con cabeza propia.

La vieja cultura política que no ha sido derrotada, emerge, se adueña de los líderes y los convierte en sus agentes, en tanto la población que pretendía construir un nuevo poder se lo deja arrebatar, pues la nueva cultura no se ha desarrollado lo suficiente, pues la humanidad aún no ha creado esa cultura y una serie de mitos pesan sobre el hombre, tales como la preeminencia del juicio de los técnicos o funcionarios por encima del juicio de la democracia. Los técnicos son la memoria viva de parte del conocimiento adquirido por la humanidad, pero la toma de decisiones debe incluir sus juicios y los juicios de otros que también están implicados, quienes por su posición saben, tienen algo que decir y serán beneficiados o perjudicados por los caminos tomados.

Otra losa encima del hombre es la necesidad de un amo que todo lo regule, como si el viejo primate que fuimos, sometido a un primate más fuerte, viviera aún en nosotros. Necesitamos un amo, glorificamos un amo. No importa si ese amo es Jesucristo, el héroe de la patria en lucha por la independencia o el líder infalible de la revolución, que tiene el derecho de hablar cuatro horas de corrido. Erigir a cualquiera en amo significa ahogar la capacidad de pensar con cabeza propia y ya el nuevo amo, con certeza, perseguirá a quienes pretendan pensar por sí mismos y por eso los radiará del poder, o radiará a cualquiera con prestigio, como Camilo Cienfuegos, derribado en su avioneta; Guevara, expulsado luego de su discurso en África contra la URSS (1); Huber Matos, apresado veinte años y torturado a diario, y Ochoa, juzgado de forma ridícula para revivir los procesos de Moscú.

Se podrá argüir que la revolución no fue derrotada, habida cuenta de sus logros en los niveles de educación y salud. Estos logros son inobjetables, pero precisamente son logros de la revolución, obedecen a aquella impresionante energía liberada, pero los logros de una revolución no pueden medirse en el aire: se trata de ver si lo alcanzado guarda relación con el potencial que se tenía, y a la hora de medir en su totalidad el proceso cubano, no podemos sino lamentarnos de la pobreza de una sociedad primero financiada desde afuera y luego tributaria del turismo.

La nueva cultura democrática no puede ser instalada por medidas administrativas y en general, un proceso brutal, no gradual ni combinado de traspaso de riquezas a órbita estatal, suele generar una merma en la producción y la entronización de una nueva casta. Si por un lapso prolongado, las riquezas generadas en el nuevo orden son menores que las riquezas generadas en el viejo, la revolución recibe un golpe mortal.

Así llegamos a una sociedad que alcanzó buenos niveles de salud y educación, pero en otros aspectos se encuentra desesperada, prostituida y con ansias de emigrar, amén de que la libertad de pensamiento, motor imprescindible de los cambios, se encuentra bajo el yugo del partido único que, al igual que otros países nada revolucionarios, hereda el poder como si fuera una realeza.

¿Es necesaria una revolución? ¿Será posible una revolución? Que el 1% acapare tanta riqueza como 3500 millones de individuos, ya es una respuesta suficiente a la primera pregunta y eso sin mencionar una industria del medicamento que investiga remedios que cronifican las enfermedades, una industria de las armas y la seguridad que estimula la guerra y la inseguridad, una tierra, un aire, un agua y un fuego contaminados y una pobreza espiritual como jamás alcanzó el hombre a lo largo de su historia. La segunda pregunta es más complicada. Sólo sabemos que haremos posible el cambio si construimos una nueva cultura política para suplantar a la actual, tan inteligente, pero tan ayuna de sabiduría. Tal vez no se trate de elaborar la utopía, pues estamos en una situación previa, más elemental. Ante el brutal retroceso de la civilización, se trata de procesar las experiencias del pasado e incorporar la vasta memoria de la humanidad para pensar y elaborar ideas, compartirlas, debatir sin miedo, cumplir con los deberes del ciudadano, eliminar el maniqueísmo paralizante y el argumento de autoridad que degrada el pensamiento y así desatar las fuerzas escondidas que ningún régimen ha sabido utilizar.

 

(1)  En el 67 Guevara pretendía que se le prepara el terreno en el selvático Beni, naciente sur del Amazonas, pero se lo destinó a los montes del oriente de Bolivia, donde sobrevivió un año.



Marcelo Marchese

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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