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imagen del contenido Marcelo Marchese

Borges, Trotsky y el pudor de la historia

Marcelo Marchese

06.12.2016

El amable lector quedará sorprendido al ver estos dos nombres hermanados, sin embargo, aunque los cursos de sus vidas y sensibilidades fueron divergentes, no costará descubrir afinidades: ambos fueron escritores dotados de audacia de pensamiento; el destino de la humanidad fue una preocupación compartida; saludaron el principio de la revolución rusa como una gran esperanza y coincidieron en una misma idea acerca de la ceguera del hombre sobre el futuro.

En una obra cumbre del arte de la biografía, llamada El joven Lenin, refiriéndose a los humildes inicios en Suiza del Grupo de emancipación del trabajo, el ruso comenta que "El mundo carece hasta tal punto de visión del futuro que, cuando brotan los grandes acontecimientos históricos, los heraldos no tocan las trompetas y los astros celestes no envían presagios". De esta pequeña célula ignorada nacería la socialdemocracia rusa y el partido bolchevique, la vanguardia de una revolución que cumplió el anhelo de repartir la tierra y dar fin a una guerra en la que, según los cálculos de los generales zaristas, la carne humana valía menos que la de cerdo.

Por su lado Borges, en El pudor de la historia, relata que Goethe, al participar de la derrota del principal ejército europeo a manos de las milicias francesas, anunció que ese acontecimiento marcaba el principio de una nueva era. El argentino refuta esta capacidad del clarividente: "Yo he sospechado que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo, secretas. Un prosista chino ha observado que el unicornio, en razón misma de lo anómalo que es, ha de pasar inadvertido. Los ojos ven lo que están habituados a ver. Tácito no percibió la Crucifixión, aunque la registra su libro".

A esa reflexión lo condujo una frase casual leída en una historia de la literatura griega: "Trajo un segundo actor". Comprobó que el sujeto de esa misteriosa acción era Esquilo. En el ritual del teatro griego, un sólo actor, el hipócrita, elevado sobre un coturno, vestido de negro o de púrpura y cubierto el rostro con una máscara, compartía la escena con los doce integrantes del coro. Pero un día los espectadores asistieron a la aparición de un segundo personaje. En esa noche de Atenas, ni los espectadores ni el hereje sospecharon qué significaba esa innovación, ese pasaje del uno al dos, de la unidad a la pluralidad y así hasta el infinito. El segundo actor permitió el diálogo y la riqueza de la lucha de ideas y el enfrentamiento de caracteres que determinan las ideas y esta innovación trajo de la mano al Quijote y Sancho y Hamlet y los Karamazof.

Así nació, insospechada, nuestra actual literatura, pero Borges pretende descubrir un acontecimiento secreto que anuncia el porvenir. Lo sitúa a partir de una crónica escrita en 1225 por el historiador islandés Snorri Sturluson, donde narra una guerra entre vikingos y sajones. El rey vikingo Hardrada invade territorio inglés con el apoyo del hermano del rey de ese país. Cuando los ejércitos se encuentran, se adelanta una partida sajona a parlamentar con el enemigo. El diálogo ocurre entre el rey y el traidor, su hermano. El primero le ofrece una tercera parte del reino. El otro pregunta qué le daría al rey vikingo, y entonces se le dice: "No me he olvidado de él. Le daré seis pies de tierra inglesa y, ya que es tan alto, uno más". Borges comenta que nada puede agregar a la belleza poética de esta respuesta, y añade: "No el día en que el sajón dijo sus palabras, sino aquel en que un enemigo las perpetuó marca una fecha histórica. Una fecha profética de algo que aún está en el futuro: el olvido de sangres y de naciones, la solidaridad del género humano. La oferta debe su virtud al concepto de patria; Snorri, por el hecho de referirla, lo supera y trasciende".

Podríamos pensar que esta ilusión de los dos escritores, este olvido de sangres y de patrias y ese futuro en que todos los hombres seamos hermanos, es una imagen muy hermosa, pero falsa por irrealizable ante la maldad del mundo. En cierto sentido esta crítica parece acertada, pues los datos de la realidad anuncian más bien una catástrofe. El 1% más rico reúne tantas riquezas como el 99% restante; 62 personas poseen tanto como 3500 millones que viven en la miseria, y esta concentración de bienes y poder avanza ineluctable. Una gran corporación tiene más poder que el Estado más fuerte y las soberanías nacionales perecen, al tiempo que opera una progresiva intromisión del Estado en perjuicio de la libertad del individuo. La islamofobia es un mar en ascenso, mientras asistimos al fenómeno de inmigrantes desesperados. La libertad de expresión claudica, el humor se encuentra en el banquillo de los acusados, los artistas deben cuidarse de la furia políticamente correcta y un lenguaje prostituido, plagado de eufemismos, atenúa la fuerza vital que impulsa el pensamiento. Las investigaciones de las universidades son financiadas por las corporaciones y la educación se convierte en una enseñanza de destrezas en perjuicio de las humanidades. El pensamiento crítico se arrastra penosamente; el cine casi ha muerto y la literatura y la pintura rozan niveles lamentables. La contaminación, incluso en los niveles visuales y auditivos, parece irrefrenable. Las sociedades están crecientemente medicalizadas y la desesperanza gana a la humanidad, que jamás en la historia se encontró tan alejada del sentimiento de lo sagrado. El hombre está solo y alejado de sus hermanos y para hacer el panorama más terrible, se cierne la sombra del protofascismo. Todo parece indicar que se prepara un nuevo ordenamiento institucional, cuya función será impulsar aún más esta realidad funesta.

La humanidad vivió momentos críticos en su historia. Pensemos en los años 30 y el fenómeno del ascenso del nazismo. Sin embargo, la situación actual es más grave, en particular porque en aquel momento al menos había alternativas, había esperanzas.

Todo lo dicho arriba parece irrefutable, pero recordemos que el unicornio, en razón misma de lo anómalo que es, ha de pasar inadvertido. Los ojos ven lo que están habituados a ver. Ante los acontecimientos que marcan una época, los heraldos no tocan las trompetas y los astros celestes no envían presagios, pues no advertimos las fuerzas del futuro que ayer nacieron. Ignoramos si ahora sufre en su pupitre las primeras injusticias el nuevo Leonardo, el nuevo Feyerabend o el nuevo Tarkovski, y no sabemos qué corrientes subterráneas se mueven de tal manera de conformar una nueva esperanza para la humanidad. Como consuelo, parece ser muy pobre, pues precisamente la fuerza de esta idea radica en aquello que no podemos distinguir. Sin embargo debo agregar una prueba, pues esta ley de la historia descubierta por el escritor ruso y por el escritor argentino, tiene su correlato en la vida privada, ya que las mismas leyes rigen el macrocosmos y el microcosmos.

Todo hijo de mujer ha pasado momentos como los que inspiraron estas palabras, "Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios", y en ese abismo en que ha caído, siente una garra negra que le estruja el pecho y en la madrugada da vueltas en la cama, con la vana ilusión de alcanzar el sosiego con un cambio de posición y en su mente, como si un demonio atizara el martillo sobre un hierro al rojo, percuten los recuerdos, y este lazo con el horror es viejo y llevó al griego a imaginar el río Leteo, cuyas aguas regalan el olvido. Pero el olvido no existe allí donde la esperanza desaparece y el hombre se encuentra solo en un desierto de dolor. El tiempo convertirá la vida en un setenta y cinco por ciento de sufrimiento y un veinticinco por ciento de resignación. Pero esto no es verdad, es la apariencia de la verdad que el dolor impone para recrudecer su dictadura. Aún en esas crisis queda una porción de realidad oculta, la magia, que cuando estalla, lo hace con tal fuerza que barre con su poder el horror vivido y sin detenerse, lo expulsa de la memoria.



Marcelo Marchese

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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