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La izquierda latinoamericana ante las revoluciones árabes

Marcelo Marchese

01.02.2017

Es sorprendente que las revoluciones árabes del 2011, una irrupción democrática multitudinaria que constituyó al pueblo árabe como sujeto histórico, no hayan merecido la menor atención por parte de la intelectualidad de izquierda latinoamericana. Si ahondamos en la raíz de este desinterés, expondremos ciertas llagas a la luz del día.

En un principio, mientras millones de individuos salían a la calle desafiando las dictaduras en Túnez y Egipto, la intelectualidad de izquierda latinoamericana se mantuvo expectante. No decía mucho. Más bien, no decía nada. Esperaba algún signo que le permitiera ubicarse ante un fenómeno inextricable, o al menos, que alguna autoridad del pensamiento los guiara, pues no tener opinión ante cualquier fenómeno, sea relativo a la taxidermia o a la microbiología, es algo insoportable para el intelectual de izquierda latinoamericano. Afortunadamente para él sucedieron las dos cosas. El hecho que operó como brújula fue "la invasión yanqui a Libia" y los guías espirituales fueron Fidel y Chávez que defendieron a Ghadafi, "el león del Sahara", un aliado en la lucha antiimperialista. La cosa estaba clara para los maniqueos, se trataba de una maniobra norteamericana para ganar espacios políticos, y contratos, en el reino de los hidrocarburos. Para ellos, los yanquis movieron a las masas populares para luego derrocar al revolucionario Ghadafi y poner a algún títere propenso a sus intereses y ahora operan en Siria para derrocar a al Asad, heredero de un partido nacionalista y aliado de los rusos.

De esta manera, nuestro intelectual dio los primeros pasos, uno con el pie derecho hacia la izquierda, otro con el pie izquierdo hacia la derecha y de esa manera tropezó y cayó en el abismo del delirio, y si algo caracteriza al delirio, ello es su lógica implacable: era evidente que aquellas revoluciones fueron generadas por una potencia extranjera. Lo que nuestro intelectual olvida es que en toda revolución, y cuando digo en toda revolución me refiero a TODA REVOLUCIÓN, sus enemigos, es decir, los gobiernos que se encuentran al filo de la navaja, denuncian a los revolucionarios como agentes inspirados por potencias extranjeras. Es precisamente el carácter antinacional de esos poderes lo que permite proyectar la denuncia a la revolución legítima como un movimiento antinacional. Creer que unos infiltrados pueden generar movilizaciones multitudinarias, protagonizadas por gentes que arriesgan la vida y se exponen a torturas indecibles, significa echar al abandono todas las leyes de la sociología; y esperar que algún pope te guíe en el camino de la verdad, muestra una carencia grave en personas que por definición deberían desafiar el pensamiento dominante y animarse a pensar con cabeza propia. Esto no significa que neguemos que en una revolución intente la CIA o quien fuera llevar agua a su molino, lo que digo es que en una revolución intervienen innumerables agentes históricos, comenzando por el pueblo sublevado, que al sublevarse, justifica por sí mismo la revolución, inclusive ante el intelectual de izquierda latinoamericano.

Ahora bien, existe un tercer elemento funesto que determinó esta actitud de desprecio ante las revoluciones árabes. Mientras dos millones de egipcios se reunían en la plaza Tahrir, un amigo, que estuvo preso por pertenecer a la guerrilla tupamara, me dijo que aquellas gentes no tenían partidos, ni banderas, ni consignas. Y este hombre es lingüista y lee griego y latín ¿Cómo se explica en alguien así un pensamiento tan aberrante? Aquí operan dos cuestiones que van de la mano: una ignorancia atroz acerca de lo que refiere al mundo árabe y una islamofobia rampante. En mis años de estudio de profesorado de historia en el IPA, ni una sóla vez se hizo referencia al mundo árabe. Figuraba en el programa de Historia medieval 2, pero jamás sonaron en aquel recinto las palabras Mahoma o Islam o Sahara o camello. El problema es que la ignorancia también está determinada por la islamofobia que respiramos por todos los poros. No podemos creer que aquellas gentes se levanten por sus propias ideas contra sus gobiernos mafiosos. Siglos de relación entre occidente y oriente, pautadas, a partir de cierto punto, por la dominación y explotación del oriente, construyeron nuestra visión sobre aquellas gentes. Es difícil percibir la presión del aire pues estamos acostumbrados a ella. De igual manera, si quisiéramos sacar fotos características de los uruguayos, no se nos ocurriría retratar a una pareja, sentada sobre reposeras de aluminio con un termo y mate en una playa. Es algo tan obvio que no se nos pasa por la cabeza. Pero al fotógrafo extranjero Sandeha Lynch sí se le ocurrió, pues no estaba imbuido por lo que tenemos normalizado, él sintió la presión del aire. Estamos tan sometidos a la mentalidad orientalista, a siglos de construcción intelectual sobre la imagen que le conviene a occidente sobre oriente, al bombardeo propagandístico de una literatura y cine de un nivel espurio, que no percibimos la deformada visión de la realidad que tenemos, visión que es cualquier cosa menos inocua, pues la construcción intelectual sobre oriente, el orientalismo, "permite la dominación política, económica, cultural y social de Occidente no solo durante la época colonial, sino también en el presente" (1). El objetivo del orientalismo es situar al oriente como las antípodas de occidente, la tierra de la tolerancia, la libertad de expresión y el progreso. Nosotros, los occidentales, pensamos con nuestras propias y libres mentes; ellos, los orientales, rezan cinco veces al día en dirección a La Meca, cuando no se arrojan arena sobre las cabezas y de ninguna manera pueden llevar a cabo ninguna tarea emancipadora, sojuzgados por la barbarie y la religión hasta el fin de los tiempos. Para hacernos una composición de lugar de cómo opera nuestra razón, deberíamos pensar en aquellos intelectuales españoles en época de la conquista, quienes discutían rabiosa y sesudamente acerca de un problema acuciante: ¿los aborígenes americanos tienen alma? Tan arraigado tenemos este prejuicio, que eminentes cientistas sociales afirmaron que el mundo árabe, luego de siglos de barbarie, "no estaba apto para la vida democrática y que si tal cosa sucediera, asumirían el poder los fundamentalistas". Bien, los eminentes cientistas sociales le erraron de cabo a rabo, allí donde hubo elecciones ganaron por amplio margen los musulmanes llamados moderados, los musulmanes demócratas. En cuanto a lo demás, lo mismo podría decirse de los franceses del siglo XVIII: luego de siglos de barbarie ¡y qué barbarie! ¿cómo podrían estar aptos para la vida democrática?

Pero tenemos todavía un par de puntos para analizar en el discurso despreciativo del intelectual de izquierda latinoamericano hacia las revoluciones árabes. El primero es el relativo al rol de EE.UU, la tal invasión a Libia y Siria. En rigor, técnicamente, EE.UU no invadió ni Libia ni Siria, pues invadir significa poner pie en tierra, desplegar los ejércitos en el terreno. Luego de los problemillas que les ha generado la invasión a Afganistán e Irak, de momento los norteamericanos no están afines a la idea de mandar cadáveres de soldados a su patria convenientemente envueltos en una bandera. De hecho, fueron Inglaterra y Francia quienes empujaron a un renuente EE.UU a participar de la intervención aérea. Alcanza con leer los diarios de la época. A su vez, no necesariamente esta intervención aérea sólo busca liquidar al dictador que ya no les resulta conveniente. Lo que buscan es desgastar a todas las fuerzas en el terreno, sea al dictador, sea a los múltiples opositores. Hacer tabla raza con los poderes existentes para tenerlos a todos bajo su control. Pero esto no significa que EE.UU propiciara ninguna revolución. En un principio, las potencias occidentales apoyaron a los dictadores que aseguraban el statu quo, es decir, los negocios. Eran de origen norteamericano los gases lacrimógenos y las balas con que las dictaduras pretendían ahogar el movimiento popular en ascenso, como se esmeraron en demostrar miles de árabes que portaban celulares y por ese medio pasaron, gracias a internet, a la categoría de periodistas. Luego, cuando la ruina de estos dictadores fue inevitable, los dejaron caer y buscaron pescar en río revuelto. En el caso de Bahrein, permitieron que el socio de EE.UU en la zona, Arabia Saudita, se encargara de masacrar la rebelión. En Libia y Siria es posible que tengan una estrategia de balcanización, pero lo seguro es que las revoluciones en estos lugares, como en todos los demás, fueron un multitudinario movimiento ciudadano sepultado cuando comenzaron a operar las diversas fuerzas militares, harto complejas, que operan allí, desde EE.UU, Inglaterra y Francia, hasta Rusia y los diversos grupos financiados por Qatar y Arabia Saudita. Se debaten en aquel mundo grandes imperios, medianos imperios y grupos de origen dudoso por un lado, y por el otro personas como nosotros que sueñan con una vida de paz y dignidad.

El segundo punto a rebatir dice así: ¿Si existió un movimiento ciudadano? ¿Qué quedó de él? ¿Dónde fue a parar una revolución de la cual no quedó nada? A esto bastaría responder: ¿Y a dónde fue a parar la revolución rusa, la china y la cubana? ¿La aparición de un sanguinario Stalin es prueba suficiente de que no existió un imponente movimiento ciudadano en la Rusia del 17?

Lo que habría que preguntarle al intelectual de izquierda latinoamericano es si aquellas revoluciones del mundo árabe no hubieran tenido al menos una chance de triunfar si el intelectual de izquierda latinoamericano y muchas otras gentes las hubieran apoyado. A la hora de optar entre pueblos que se levantaban contra sus dictaduras, quienes además tenían a los luchadores latinoamericanos como modelos, o apoyar a dictadores devenidos en aliados geoestratégicos, eligieron a estos últimos. El desnorteo de la izquierda, ya no sólo latinoamericana, ha sido tal, que apoyó casi unánimemente y de forma entusiasta, el golpe de estado de los militares en Egipto contra un gobierno legítimo que gozaba de un amplio respaldo popular. Como los militares eran laicos y los gobernantes musulmanes, se justificaba el golpe. De esta manera entienden la democracia, y el laicismo, los intelectuales de izquierda latinoamericana (2), sin pensar ni por un sólo instante que acaso en ciertos aspectos, las religiones pueden operar como un freno a la invasión cultural y como una forma de defender la soberanía.

Seguramente el lector, más atento a la información de otras partes del mundo, arroje un gigantesco punto de interrogación sobre nuestra afirmación de un formidable movimiento democrático que sacudió al mundo árabe en el 2011 bajo la consigna: "Queremos la caída del régimen". Que el lector vaya y busque en Google "primavera árabe del 2011" y se fije en las imágenes y si con eso no alcanza, piense que en Egipto, durante el 2010, en plena ola en ascenso, se sucedieron 479 huelgas políticas. No me refiero a reivindicaciones salariales, me refiero a huelgas con reclamos de índole político y si con eso no alcanza, considere que cuando las amañadas centrales sindicales de Túnez y Egipto se negaron a lanzar la huelga general contra los dictadores, la huelga fue propulsada desde los sindicatos, desconociendo la autoridad de las centrales sindicales. No es poco ¿verdad? Se organizaron grupos de autodefensa para defender algunos barrios y allí donde pudieron, por algún tiempo, desalojaron al poder municipal y tomaron las riendas del poder. Acaso ninguno de estos datos le sirva al escéptico educado en el orientalismo, ni siquiera el hecho de que se haya derrocado a cuatro dictadores.

La conclusión a la que uno llega en estos inicios del 2017, es que estamos sordos y ciegos. Cada minuto, siguiendo una ley implacable, la riqueza se concentra en menos manos ¡65 personas acaparan tanto como 3.500 millones! Este dato, por sí sólo, justificaría cualquier revolución. Las trasnacionales conquistan el mundo y barren con su poderosa escoba tanto las soberanías nacionales como las especificidades culturales. Todo el orbe se uniformiza, se afea, pierde exuberancia. Las democracias están en jaque, desde que las trasnacionales mandan a través de sus gerentes, los gobiernos nacionales. En Uruguay, en Japón, en EE.UU, donde sea, la gran contradicción del presente es sostener las reservas de democracia que aún no hemos perdido, y en lo posible, conquistar más espacios, o dejar que las trasnacionales arrasen con todo. No tenemos ningún poder que nos apoye. Lo que si tenemos a favor es la verdad, si la descubrimos; la vasta memoria de la humanidad, si la utilizamos; y en última instancia, la posibilidad de tomar consciencia que somos 7.000.000 millones a quienes nos han arrebatado la riqueza y el poder. La clave de las claves de la política es que somos unos desgraciados que desconocemos nuestro poder. Si en alguna parte del mundo otros desgraciados se hartan y luchan por la democracia, el resto de los desgraciados de la tierra deberían respaldarlos, pues esas revoluciones nacen sin el respaldo de nadie y acaso triunfaran con el apoyo del resto de los desgraciados del mundo, si es que el resto de los desgraciados del mundo tuviera alguna idea de dónde tienen las narices.

El democrático movimiento de indignados tarde o temprano renacerá. Las razones que desataron un tsunami en el mundo árabe, se mantienen intactas, pero ahora ese pueblo sabe que al menos pudieron actuar como un pueblo, dejando de lado sectas, clases y tribus, y derrocar a cuatro dictadores, cortando por primera vez una constante donde la caída de éste o aquel sátrapa dependía de intrigas en las alturas. Las revoluciones democráticas volverán, pero jamás las apoyaremos si no las entendemos. Para entenderlas, será necesario primero arrojar unos dogmas que como harapos, hemos mantenido demasiado tiempo aferrados a nuestros cuerpos.

 

(1) Orientalismo. Edward Said.

(2) Que algunos de ellos, en su momento, apoyaron los comunicados 4 y 7, el inicio del golpe de Estado militar en el Uruguay.



Marcelo Marchese

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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