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Cuchillo de Palo: ¿Jorge Batlle o Florencio Sánchez?

Aureliano Rodríguez Larreta

09.02.2017

¿Cuál es el mejor criterio para dar nombre a un aeropuerto internacional? La discusión puede surgir al considerarse el proyecto de ley que propone llamar Presidente Jorge Batlle al Aeropuerto de Carrasco.

Un proyecto de ley presentado por el senador del Partido Colorado José Amorín Batlle antes de entrar las Cámaras en receso veraniego, ha vuelto a poner en discusión qué nombre de relieve nacional debería llevar el Aeropuerto Internacional de Carrasco.

En esta ocasión la iniciativa dispone que el primer aeropuerto del país pase a llamarse "Presidente Jorge Batlle". Huelga decir cuán justificada aparece la propuesta, no sólo por tratarse de la figura pública recientemente fallecida, sino porque el presidente Batlle, durante su mandato, impulsó con mucha fe la construcción del moderno aeropuerto.

No corresponde, por lo tanto, controvertir ni plantear duda alguna sobre la persona a quien el proyecto de ley se propone rendir homenaje. Es frecuente, en el ámbito internacional, denominar aeropuertos de jerarquía en memoria de estadistas destacados.

El primer ejemplo que viene a la mente del suscrito, por su cercanía en el tiempo, es el aeropuerto de Madrid, desde siempre conocido como Aeropuerto Internacional de Barajas (o Madrid-Barajas), que ahora se llama Adolfo Suárez.

En este punto es inevitable dar testimonio de la emoción y la satisfacción que produce en el ciudadano (en este caso adoptivo, y con honra), el simple acto de  entrar y salir por esa puerta de España, respirando libertad, bajo el recuerdo de alguien como Adolfo Suárez, que es acreedor de tanto cariño y gratitud.

Es interesante recordar aquí, incidentalmente, una pequeña historia referida al Aeropuerto Internacional Adolfo Suárez. El régimen dictatorial de Francisco Franco, en su afán de privilegiar en todo al desarrollo de Madrid y su región, tomó una arbitraria decisión relativa al Aeropuerto Internacional de Barajas.

La terminal debía el nombre de Barajas al hecho de hallarse dentro del término municipal del pueblo así llamado, Barajas. El dictador comprobó que de esa forma, Madrid no tenía aeropuerto. Y éste, al que se quería convertir en el más importante de España, estaba situado en un pequeño municipio vecino.

La solución, por tanto, fue la del artillero. Se le quitó a Barajas -un pueblo que conserva aún su pequeño  centro antiguo, de carácter castellano-cervantino- su categoría de municipio, y pasó a ser un distrito del término municipal de Madrid. Así fue que la capital pudo tener su aeropuerto internacional.

Existen en el mundo numerosos casos similares, de aeropuertos consagrados a recordar a grandes figuras políticas. Por mencionar los más famosos, en Nueva York el John F. Kennedy, y en París el Charles de Gaulle. Pero también se conocen otros criterios.

Algunos aeropuertos están consagrados a figuras pioneras de la aviación, como es el caso del Santos Dumont, en el centro de Rio de Janeiro y recostado contra la bahía de Guanabara, que sirve a vuelos nacionales. También el Jorge Newbery, en Buenos Aires, para conexión doméstica e internacional.

Pues bien: dentro de ese grupo de estaciones aéreas dedicadas al recuerdo de pioneros de la aviación se encuentra el Aeropuerto Internacional de Carrasco.

Aunque mucha gente no lo sepa, lleva el nombre de Cesáreo L. Berisso, que en 1913 hizo volar en este país por primera vez, el increíble artilugio por él construido, que puede verse hoy en día en un extremo del moderno edificio de la terminal aérea.

Un tercer criterio muy difundido en el mundo consiste en poner a aeropuertos internacionales el nombre de artistas o intelectuales de gran fama fuera de fronteras y en algunos casos identificados con el espíritu de la ciudad.

Tal es el caso del aeropuerto internacional de Rio de Janeiro, tradicionalmente conocido como Galeão, que hoy lleva con toda justicia el nombre de Antonio Carlos Jobim, el compositor e intérprete carioca, uno de los íconos de la música popular brasileña.

Al suscrito siempre le ha atraído este último criterio por encima de los otros dos, pues el nombre de un artista, escritor, científico o intelectual que proyecta los valores de una sociedad hacia el exterior, parece muy adecuado para la puerta de entrada al país.

Tras muchos años de masticar el asunto y desechar  candidaturas, un día pareció que el nombre de Florencio Sánchez había logrado imponerse por sobre todos los demás, incluso sin herir susceptibilidades ni suscitar comparaciones, que ya se sabe, son odiosas.

Alguien preguntará: ¿por qué no, Carlos Gardel? Porque su lugar de nacimiento y su paternidad son objeto de polémica con Argentina. Sólo por eso, ya que su nominación, levantada esa salvedad, no podría ser discutida.

Florencio Sánchez, en cambio, es intransferible. Su obra pasa de un siglo a otro y sigue en pie. Además, más le valdría a Uruguay darse prisa en elevar su nombre a los cielos, antes de que otros lo hagan.

 

Aureliano Rodríguez Larreta



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