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Un solo estado para israelíes y palestinos: ¿es solución?

Luis C. Turiansky

17.02.2017

Hay palabras que salen de la boca y producen escalofrío. Como cuando un presidente norteamericano, junto a su huésped israelí, destruye con una frase años de esfuerzo negociador al declarar que no se opondría a que el conflicto israelí-palestino culminara con un Estado único.

El flamante presidente Donald Trump sigue siendo el personaje que más da que hablar últimamente. Tras recibir al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, declaró en conferencia de prensa que, contra la opinión de sus predecesores en el cargo, no creía que la solución de dos Estados en el territorio que habitan israelíes y palestinos fuese la única posible y que, "si los hace felices a unos y otros", no se opondría a que hubiera un solo Estado. No dijo cuál, pero como difícilmente apoyaría la política de los extremistas árabes, sin duda se refería a Israel, mediante la anexión de Cisjordania, que en Israel se llama con los nombres bíblicos de Judea y Samaria.

El huésped no lo comentó, pero como la tal conferencia de prensa tuvo lugar después de la entrevista en privado, cabe pensar que el tema estuvo presente en las conversaciones. Benjamin Netanyahu debe saber qué consecuencias se desprenden de esas palabras.

Honestamente, yo diría que un solo Estado para israelíes y palestinos sería la solución ideal, siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones elementales:

  • Debería ser un Estado laico, democrático y plurinacional,
  • Debería adoptar el nombre histórico de "Palestina", que no evoca ninguna reminiscencia religiosa,
  • También sus símbolos nacionales deberían estar exentos de significado religioso,
  • Debería garantizar a todos sus ciudadanos la igualdad de derechos civiles, cualquiera sea su origen étnico, cultural o religioso.

Como bien advierte la colega Ana Jerozolimski en otra nota, esto sería el fin del sionismo. Eso no sería ninguna catástrofe, por el daño que hasta ahora ha causado, que Ana me perdone. En cambio, no sería el fin de la nación judía, que podría integrarse dignamente, por fin, con los demás pueblos oriundos, en la patria de sus ancestros, y contribuir con sus conocimientos y experiencia al progreso común.

Lamentablemente, solo una minoría de israelíes estaría de acuerdo con esta solución y también los palestinos han reunido demasiado odio como para aceptarla. Lo saben los actores del encuentro en Wáshington. De modo que la frase acerca de la felicidad de unos y otros y que solo quedaría "apoyar el deseo común de vivir en un solo Estado" es pura demagogia.

Por lo tanto, hay una sola interpretación posible: lo que está en juego es la anexión lisa y llana de Cisjordania por Israel, bajo jurisdicción israelí y con algunos islotes de "autonomía" palestina bien vigilada, en medio de bosques de colonias judías ferozmente protegidas. Es el apartheid en versión israelí.

Entonces el futuro de la nación israelí quedaría muy comprometido. Y no me refiero a los colonos, que saben perfectamente que no tienen derecho a ocupar una tierra que no les pertenece y que están allí en violación de una resolución (una más) del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. A menos que surja un Mandela palestino capaz de ganar la batalla de la libertad en el respeto mutuo, la alternativa más probable es el terrorismo, la destrucción mutua y la expulsión, como en Argelia después de 1962.

Eso sí podría convertirse en catástrofe. Para evitarlo, la única salida es una "primavera israelí", con el color que sea o la flor que más guste, pero que termine con los fundamentalismos de todas las creencias en el abrazo fraterno de los hijos de la tierra a ambos lados del muro de la vergüenza. Cuanto antes mejor para todos.

Luis C. Turiansky



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