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Otras literaturas: Elena Solís

Lilián Hirigoyen

15.03.2017

La literatura ha tenido siempre un lugar de destaque en Uruguay.

 

Nuestra tradición es de larga data, con plumas que supieron ser guía y referencia para autores lejanos en el tiempo y el espacio.

La imaginación, llevada a la palabra a través de historias que simulan ser verídicas o la fantasía desdibujando el límite impreciso de la realidad y sus reglas, es el denominador común que entrelaza la finísima trama de esta selección.

Si bien han publicado en antologías y ediciones de autor, a pesar de la agilidad de pulso en su mayoría carecen de renombre, pero son poetas y narradores uruguayos dignos de conocerse porque cada uno y a su manera apunta al disfrute y al pensamiento del lector que le es afín. Por eso es importante saber de ellos, leer su prosa o su poesía, identificarse o no con el mundo que desarrollan y confirmar así que también integran el universo literario uruguayo.

A modo de presentación sirven estas palabras, para el placer y el goce demos paso a la lectura.

Hoy, iniciamos este ciclo con Elena Solís.

Elena nació en Montevideo en 1968. A pesar que hace muchos años que escribe, recién a partir del año 2000 su narrativa fue transformándose paulatinamente en un juego "grave, profundo, placentero y trascendental", según sus propias palabras.

Editó cuatro libros: "Babosas y fósforos", "Neuronina", "Entre las mantas" y "Yo quería ser Elena Solís", además de haber integrado ediciones colectivas y publicado en diversos periódicos.

Este año incursionará en la poesía, formando parte de una antología de mujeres poetas próxima a aparecer.

En el mes de la mujer empezamos este ciclo con ella, para que la voz femenina resuene con la potencia de sus cuentos y la atmósfera de este, particularmente, nos envuelva en su clima inquietante.

 

El juego de mi hermana

Cuando éramos niñas, mi hermana tenía un juego perpetuo.    Consistía en tener una familia.  Cada mañana levantaba a un osito rosado de plástico y una muñeca de trapo.  Realmente los trataba como si fuesen sus propios hijos.  Primero los cambiaba y les daba de comer.  Luego le llegaba el turno a ella.  Se bañaba, se vestía y salía a trabajar.  Salir a trabajar era la escuela, porque ella tenía siete años.   Cuando volvía decía que había tenido un día terrible, que estaba muy cansada de trabajar e iba a saludar a sus queridos hijos.  El osito rosado la recibía con su mirada fija y la muñeca de trapo con su rostro desvencijado.  Pero ella era muy feliz.  Como primero estaban ellos, les daba la leche y luego ella tomaba su café de la tarde y se preparaba el mate. 

Un día me pidió que su hijo debía crecer, y que para que tal crecimiento fuera más realista, es decir que el juego se pareciera más a una realidad, que yo le cambiara el muñeco, mientras ella estuviera en la escuela.   Ella iba de tarde y yo por la mañana.  Mientras ella estuviera trabajando yo le cambiaría el muñeco para que encontrara a su bebé más grande.

Cuando la oí traspasar la puerta de la casa, me acosté en la camita del osito rosado.  Llegó a su cuarto, llena de expectativas, se encontró conmigo balbuceando tontamente e imitando los gorgoteos de un bebé algo deforme y monstruoso.

No se enojó.  Salió del cuarto y me pidió que volviéramos a hacerlo pero que por favor esta vez lo hiciéramos bien.

Tomé el muñeco sustituto y lo puse en la camita.  Ella entró en su cuarto.  Lo vio allí y le dijo "cuánto creciste te quiero mucho" y le dio un beso.  Lo cambió y le dio la leche.  Finalmente la madre tomó su café con leche con tostadas.  

Cuando llegó la noche y todos nos fuimos a dormir, yo no podía.  Lo tiré a un lado.  A oscuras, lo llevé a la cocina y lo acuchillé.  Me acosté en su camita.  Empecé a balbucear y moverme.  Mi hermana no se despertó.  Me puse boca abajo, me enrollé.  Babeé la almohada.  Vomité.  Me dormí. 

Me desperté con el grito de mi hermana, esta vez sí lloraba a moco tendido y llamaba a mamá.  Decía que yo me había vuelto loca, que quería tanto seguir siendo bebé que lo había conseguido. 

No pude volver a caminar ni a hablar.  Mi abuela no me dejaba ponerme bizca porque si pasaba una brisa iba a quedar siempre así.  Debe haber pasado mucha brisa aquella noche.  Ya no se encarga mi hermana de mí, ahora es mamá, la mismísima.  Me encanta hacerme encima, ella viene con su cara de cansada, pero a ella también le gusta, aunque se hace la cansada  y me limpia suavemente y me cambia el pañal.  Me da mucha ternura de ella y de mí.  No hay nada mejor en el mundo. 

Quienes deseen profundizar en la obra de Elena Solís, pueden ingresar aquí.

 

(*) Lilián Hirigoyen. Escritora. Expresidenta de la Casa de los Escritores del Uruguay.



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