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Cuánto impacta la situación socio-económica como predictor de la mortalidad

Homero Bagnulo y Carlos Vivas

16.03.2017

Se acaba de publicar en la revista medica “LANCET” un excelente artículo, que en nuestra consideración debiera ser analizado por todos aquellos que tienen alguna responsabilidad en el diseño de las políticas de un país, y no solo por quienes se desempeñan en políticas vinculadas al área sanitaria.

También para quienes tienen la conducción económica y las políticas sociales a su cargo, se pueden beneficiar de la información que se aporta. Intentaremos brevemente destacar algunos de los hallazgos que este estudio de múltiples cortes y meta-análisis nos provee. Para ello analiza 1.7 millones de hombres y mujeres de entre 40 y 85 años, los cuales son seguidos por un promedio de 13.3 años. Si bien las poblaciones provienen de países del primer mundo (Reino Unido, Francia, Suiza, Portugal, Italia, Estados Unidos, Australia), seguramente muchas de las conclusiones se apliquen también para países como el nuestro,con igual o mayor certeza.

 Vincula la mortalidad de esta población a los factores que la campaña de la Organización Mundial de la Salud (OMS) considero como factores modificables para el control de las enfermedades no comunicables. A saber, 1) tabaquismo, 2) alcoholismo, 3) sedentarismo, 4) hipertensión, 5) diabetes, 6) obesidad. Deja de lado la ingesta de sodio, dadas las dificultades en el registro confiable de este factor. Pero incluye la situación socio-económica, la que es evaluada a través  de la última ocupación conocida del individuo, codificada por medio de la clasificación europea socio-económica. A través de esta posición ocupacional se categoriza a las poblaciones analizadas como altas, intermedias o bajas. Los resultados se miden de acuerdo a las variaciones en la mortalidad, vinculados a los 7 factores de riesgo que así quedan determinados. También miden los años de vida perdidos, vinculados a la presencia de estos factores que ya consignáramos.

El mayor valor en cuanto a años de vida perdidos, se vinculó al tabaquismo con 4.8 años, seguido por la diabetes 3.9 años y el sedentarismo 2.4 años. La hipertensión determino 1.6 años de vida perdidos, la obesidad 0.7 y el alcoholismo 0.5. Datos similares ya habían sido comunicados en estudios previos y se confirman en el que estamos analizando. Lo que no se había cuantificado previamente, es que la baja situación socio-económica se asocia a una pérdida de 2.1 años de vida. Llamativamente la Organización Mundial de la Salud entre los factores de riesgo controlable, no había incluido la situación socio-económica, al parecer por considerarla no modificable. Esta situación se modifica a partir de la reunión de Rio, sobre los determinantes sociales de la salud  y gracias a los sustanciales aportes de Sir Michael Marmot, Director de         , Ex Presidente de la Asociación Medica Británica y de la Asociación Medica Mundial, quien ha dedicado toda una vida al estudio de los determinantes sociales de la salud. Ha publicado en 2015 sus  conceptos sobre este tema en un libro TheHealth Gap TheChallenge of anUnequalWorld.

El trabajo recientemente publicado,  cuya primera autora es la Dra. Silvia Stringhiniy en el que figuran numerosos y destacados autores, entre ellos el propio Marmot. Comprueba que aquellas personas que tienen una baja posición socio-económica tienen un mayor riesgo de mortalidad que aquellos con una posición elevada, lo que se cumple tanto para hombres como para mujeres. Existe un gradiente inverso. A mejor situación socio-económica menor mortalidad. Esta diferencia permanece significante aun luego del ajuste de las otras 6 variables restantes. También cuando se analiza la causa de muerte, permanece la diferencia (tanto para cáncer, enfermedad cardiovascular u otras causas). Como ya destacáramos, el exceso de mortalidad de la población, atribuido a la situación socio-económica, solo fue menor que la atribuida al tabaquismo, la diabetes y al sedentarismo, y fue mayor que la atribuida a la  hipertensión, obesidad y alcoholismo.

También muestra el trabajo reseñado algunos otros aspectos interesantes que deberán ser confirmados, como por ejemplo que el sedentarismo como factor de riesgo tiene un mayor peso en las mujeres mientras que el tabaquismo lo tiene en los hombres.

Sin duda estos hallazgos debieran tener una importante repercusión en el diseño de políticas. Desde hace algún tiempo se reconoce que políticas focales que actúan sobre un único factor de riesgo; por ejemplo, el tabaquismo, contribuyen a aumentar la inequidad. Esto se explica fácilmente, ya que quienes más se benefician de estas acciones, son quienes tienen mejor nivel socio- cultural. Tomando algún ejemplo de nuestro medio y de todos los días, se aprecia fácilmente que quienes desempeñan empleos (de cuello blanco) han abandonado el tabaco, mucho más que quienes desempeñan tareas poco calificadas. No debe con esto significarse que  las políticas puntuales deban abandonarse, sino que es necesario invertir en estrategias más globales, que abarquen aspectos económicos y educacionales para prolongar la vida y mejorar su calidad. También resulta cada vez más obvio, que los profesionales sanitarios deben adquirir conocimientos básicos de macro economía y sociología, como bien finaliza proponiendo el comentario editorial que acompaña el artículo.

 

 



Homero Bagnulo y Carlos Vivas


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