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Palos porque bogas…y si no bogas, palos

Edgardo Carvalho

20.03.2017

Una de las cartas de triunfo a que apuesta la derecha en el 2019 es que se frustre la necesaria renovación generacional en el Frente Amplio. La operación contra Lorenzo y Calloia fue exitosa. Ahora, a propósito del Cambio Nelson, intentan otra operación contra Mario Bergara.

Es entonces que viene a la memoria el viejo dicho español. Los pobres galeotes, encadenados al remo, trabajaban bajo el implacable látigo del cómitre.  Apaleados si remaban despacio, y apaleados cuando se les ordenaba remar más rápido, para sacarles hasta el último resto de energía... Pero, hicieran lo que hicieran, siempre apaleados...

La derecha ha asumido como estrategia la crítica implacable y continua a los gobiernos del Frente Amplio. Hagan o no hagan, siempre recibirán los azotes de la crítica.  Nada pueden hacer de bueno. Todo lo que hagan o propongan hacer es, por definición, malo, negativo, ineficiente o dañino. Si no enfrentan un problema, real o inventado, palos por supuesta "inacción". Si lo enfrentan, palos porque cualquier propuesta, cualquier medida, cualquier política, estará siempre equivocada, por definición, y para eso se magnifica, o directamente se inventa lo que sea necesario o se imagine útil  para perjudicar siempre y de cualquier manera la imagen del gobierno progresista.

No se trata de ser autocomplaciente. Y mucho menos de reclamar que la oposición no cumpla con sus funciones.  Porque no todo se ha hecho bien. Se ha avanzado y mucho, pero todavía queda bastante por hacer y se han cometido errores que pudieron evitarse o que debieron corregirse.  Es bueno reconocerlo, como es bueno rectificar y exigir responsabilidades.  La autocrítica, seria, responsable, debe ser una de las bases fundamentales de nuestra acción política y gubernamental. Y, seamos sinceros, muchas veces se la obvia o se la silencia, por el juego de intereses políticos sectoriales o por el criterio suicida de "no dar armas al enemigo", como si este las necesitara y la gente no fuera capaz de darse cuenta por sí misma de los errores o insuficiencias en la acción del gobierno.

Pero ningún observador mínimamente objetivo duda de que el país ha crecido y distribuido los frutos de ese crecimiento   por un período tan prolongado como nunca en su historia y que la inmensa mayoría de los uruguayos vivimos hoy mucho mejor que cuando gobernaban ellos. Como tampoco puede dudarse de que, a pesar del "viento de frente", que tanto soñaron, desearon y esperaron, Uruguay sigue creciendo, desarrollándose y distribuyendo, aunque sea a ritmos más lentos que en los años anteriores.  ¿O creen que los uruguayos no son capaces de ver y comparar nuestra situación con la de los países vecinos, nuestros principales mercados, dicho sea de paso?

Y todo eso se ha logrado a pesar de la oposición. Que se ha enfrentado  furiosamente a todas las propuestas de cambio, como fue el caso de la reforma fiscal que implantó el impuesto a la renta, elaborada cuidadosamente y luego de un amplio proceso de consulta a la comunidad. Por el mismo camino y con los mismos argumentos, se opusieron luego a la ampliación de las facultades inspectivas de la DGI, a la eliminación del secreto bancario, a los acuerdos internacionales sobre información fiscal patrocinados por la OCDE, a las medidas que extendieron la responsabilidad de profesionales y empresarios en materia de control del lavado de activos. 

Todas las medidas del gobierno progresista en materia fiscal, financiera y de regulación y control bancario, representaron un notorio avance sobre la situación anterior y eran un pre requisito del proceso de crecimiento económico de un país que acababa de salir de la crisis económica, bancaria y financiera más grave de su historia.

Pero fueron y son expuestas como normas y medidas para instalar en el Uruguay de una especie de régimen comunista y totalitario.  La vida y las propiedades de los ciudadanos habrían  perdido el sagrado refugio del derecho a la intimidad y a la protección de la privacidad, que tan bien nos había servido en la época del Uruguay "plaza financiera", de  las añoradas SAFI que tanto trabajo daban a ciertos estudios profesionales, de aquel Uruguay en que encontraba abrigo seguro el dinero negro proveniente de cualquier lugar y originado en cualquier negocio, a salvo de indiscretas miradas de fiscos extranjeros, porque para nada nos importaba (para eso sí éramos un país soberano),  permanecer en la lista negra o la lista gris de "paraísos fiscales" que ahuyentaban cualquier inversión extranjera seria.

Recordemos, para colmo del ridículo de esta oposición a ultranza, la campaña de prensa originada en la arbitrariedad escandalosa de que la DGI pretendiera conocer cómo hacía un señor que declaraba ingresos por debajo del mínimo no imponible para inscribir a sus hijos en un selecto colegio de pago o comprarse un coche de alta gama. 

En fin, si es por criticar, sigamos y que no falte nada. Alcanza con leer días atrás a un inefable articulista de El País que, como ejemplos de la pérdida progresiva de nuestras libertades individuales, menciona entre otros muchos, el que se haya regulado "la ingesta de sal ", "la velocidad a que circulamos por la rambla", y "la sexualidad" ...  ¿Hasta dónde llegaremos?, se pregunta...al totalitarismo puro y duro, sin duda.

Pero, yendo a la realidad, a donde sí llegamos estos días es al Cambio Nelson.  Y si analizamos el caso, veremos confirmado que la oposición maneja una estrategia (la crítica, por hacer o por no hacer), pero también, dentro de esa orientación general, maneja una táctica, muy precisamente dirigida a lograr ciertos objetivos que confluirían para su mejor desempeño electoral y su ansiado retorno al gobierno.

El caso del cambio Nelson es sencillo de explicar. Un señor, alto dirigente del partido Colorado en Maldonado, dueño de un cambio, realizaba, al margen de su habilitación legal y de manera totalmente clandestina, operaciones financieras, recibiendo dinero de particulares (por cuyo origen no se preocupaba demasiado, ya que actuaba al margen de las normas banco centralistas) a cambio de la promesa de altos intereses. El viejo cuento de la pirámide, en que se pagan intereses a los primeros depositantes con el dinero de los nuevos incautos que van aportando el suyo, hasta que todo explota, explosión en este caso probablemente vinculada a los extraños negocios en que aparentemente invertía el dinero recibido, sin mayor inteligencia empresarial, el dirigente colorado en cuestión.

Y la reacción inmediata era de descontar, por supuesto. ¡Echémosle la culpa al gobierno! Si con ello tendemos una cortina de humo y diluimos la incómoda vinculación del financista prófugo con el partido Colorado, mejor. 

Y si además, de paso podemos iniciar una operación enchastre contra Mario Bergara, Presidente del Banco Central y destacado integrante del equipo responsable de la línea económica que ha permitido al país crecer y distribuir durante todos estos años, mejor que mejor... El "know how" es conocido y se demostró muy eficaz para sacar del medio a otros dos de los más brillantes integrantes de ese equipo económico.

Y entonces se lanzan las preguntas, supuestamente ingenuas, desinformadas, pero en realidad disparatadas e insidiosas.  ¿Cómo es posible que el Banco Central permitiera esto?  ¿Cómo, con todas las facultades de que disponen, no actuaron contra algo que era" vox populi"? ¿Cómo es posible que,  si un simple escribano antes de otorgar una escritura de compraventa debe conocer a sus clientes, el Banco Central no haya cumplido con sus obligaciones y ejercido los contralores a que estaba obligado para proteger a los pobres ahorristas del cambio Nelson?  Luego llega el turno de los medios, resonadores unánimes de los voceros de la oposición. Y por supuesto todo se replica en las "redes sociales", tan sensibles, tan aptas para difundir insensateces de todo tipo, escritas de pura mala fe y de muy difícil o imposible refutación, porque difícilmente llegará, si alguien la intenta, a todos los que sí ha llegado antes el infundio.

Para cualquier observador objetivo la cosa es muy clara.  El Banco central ejercitó todas sus facultades de contralor.  Lo que no podía investigar (porque ningún integrante de la supuesta "vox populi" lo denunció) era la operativa clandestina y en negro de una empresa que se ocupaba (con la colaboración de sus contadores y empleados, dicho sea de paso) de presentar a los inspectores del Banco Central una contabilidad impecable desde el punto de vista legal. 

¿Qué se pretende? ¿Qué el Banco Central se aparte de su competencia y sus facultades legales?  ¿Acaso que realice pesquisas secretas, prohibidas por la Constitución de la República desde 1830?  ¿Se supone que tales pesquisas debieran además realizarse en todos los cambios del país, ya que al no mediar ninguna denuncia contra el cambio Nelson, solo realizándolas en esa escala se hubiera podido detectar las ilegalidades que se cometían en éste? ¿Es eso lo que se le pide al Banco Central? ¿Se le ataca por haberse apegado a la ley que determina con precisión cuáles son sus facultades y obligaciones de contralor?  ¿O es que la ley puede y hasta debe violarse cuando se trata de proteger el dinero negro de mis amigos?

 Y entonces es lícito preguntarse: ¿qué hubieran dicho si el Banco Central hubiera actuado al margen de las normas legales que lo rigen? Claro que podemos imaginarlo. Execración general, otra prueba del estado totalitario, invasivo, que se ha creado y nos oprime por todos los medios...

Es realmente absurdo. Podría entenderse que los perjudicados (a pesar de su condición clara de evasores fiscales, por decir lo menos), padezcan desequilibrios emocionales que los lleven a alentar la esperanza de recuperar su dinero, y procuren por todos los medios que les sea devuelto.  Pero que medios de prensa, políticos y parlamentarios se embanderen en otra operación enchastre contra el Banco Central y contra Mario Bergara, con el pretexto de la estafa cometida por el dueño de cambio Nelson, es deleznable. 

Deleznable, sí, pero también explicable. Porque la operación intentada está animada por la misma lógica que vertebró a sectores políticos, medios de prensa y operadores judiciales en la operación contra Lorenzo y Calloia. Sacar del medio a alguien, que por su prestigio técnico y académico, su trayectoria como gestor y su capacidad política, podría participar en ese proceso de renovación generacional que el partido de gobierno deberá encarar, necesariamente, y mejor más temprano que tarde.

 

Edgardo Carvalho



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