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imagen del contenido Ismael Blanco

“Felices los normales”

Ismael Blanco

27.03.2017

Nietzche dijo: “El que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”.

El hombre no lo sabía. De eso doy certeza porque se enteró cuando se lo contaron. Bach es autor de composiciones hermosas pero nadie le había dicho que se trataba de un ser en exceso depresivo.

Mientras lo escuchaba, percibía en el ambiente una sensación peligrosa. Se encontraba trabajando en soledad. Sin darse cuenta, al cabo de un rato lo envolvió la desolación. Su corazón parecía yermo. La angustia comenzó a aplastarle el pecho. Se sentía abrumado. La asfixia no lo dejaba razonar. Con el instinto más animal advirtió el peligro. No obstante se irritó consigo mismo porque tratándose de alguien que aprendió a querer la vida sentía que en ese momento le daba lo mismo morirse. Le parecía una idea absurda, incomprensible y loca. Algo malo estaba pasando por su cabeza. Las ideas oscuras y dramáticas acudían hacia él. Sabía de otras personas a las que le había pasado lo mismo. Notaba como que había caído en una trampa, en una encerrona. Sin embargo, todas las alertas comenzaron a funcionar y aún tenía reflejos. Los puso a prueba. Miró el reloj. Desde chico había adquirido el hábito de tomar una referencia cuando debía actuar ante una alerta: la hora, la descripción del lugar, un número de puerta, los nombres de las calles.  Se dijo así mismo que era el momento de huir. No podía seguir solo ni un minuto más. Ese extraño ahogo lo estaba ganando todo. Cómo podía tener esa sensación si era un individuo más que optimista: no le iba mal, hacía lo que le gustaba y lo más importante,  amaba y era amado. Sin embargo, la desazón lo envolvía oscuramente. Se aferró a unas pocas ideas. Las más lindas, concretamente pensó en seres queridos más que eso: venerados y como si fueran un trozo de madera que flotaba en un mar iracundo se prendió a esos pensamientos con todas sus fuerzas. Largó todo a la mierda. Corrió inmediatamente a la calle. Paradójicamente el día era hermoso, con un sol particularmente radiante y el ambiente gratamente fresco.

Le extrañó que la idea de morirse le hubiera rondado por la cabeza. Se cagó hasta las patas. Pensó que estaba volviéndose loco. Supo como a otras personas les habían ocurrido hechos inexplicables. Pensó que quizá era la confusión de alguien abrumado por ciertas circunstancias.

En ese instante comprendió que el filo entre la vida y la muerte, la locura y la cordura era nada, apenas una frágil frontera. Comprendió que había escapado por un pelín justo a tiempo. Sabía que en la cárcel esas sensaciones a muchos les habían ocurrido. Y también conocía muy de cerca personas que no habían logrado escapar de esa oscuridad envolvente. Nunca los había comprendido sino hasta ahora. Habían sido supervivientes del horror y sin embargo...

Él, en ese instante, recordó aquella frase de Viktor Frankl: "Las ruinas son a menudo las que abren las ventanas para ver el cielo". Pero pensó también que eso sucede siempre que las ruinas no te tapen.

 

Razoné que lo que se presenta como contradictorio invariablemente tiene un fundamento, una primera causa, una circunstancia que lo antecede.

La cuestión siempre es más causal que aleatoria. No obstante como ha quedado demostrado en muchas oportunidades,  siempre tenemos la chance de decidir lo que queremos ser.

Se admite opinión contraria. Pero uno siempre tiene la última palabra. Si al decir de Fernández Retamar: "Felices los normales" queda más que claro que ellos no son los que escriben la historia y hasta hay que exigirles "que den paso a los que hacen los mundos y los sueños, las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan".

Yo podría afirmar que nadie obligó a Karel Curda  a que delatara ante las "SS" a los patriotas checoeslovacos que estaban refugiados en la cripta de la Iglesia Ortodoxa de San Cirilo y Metodio de Resslova 9, en Praga, luego de haber ajusticiado a Heydrich. Fue su decisión personal haber pasado a la historia como un traidor.

Él bien sabía cuál sería el destino inmediato de la familia Moravec, aquella que le había dado refugio y asistencia en su propia casa.

María Moravcova, "La Madre" prefirió suicidarse a delatar. A su joven hijo le trajeron la cabeza de ella en un balde luego de haberle destrozado los dedos a martillazos para obligarlo a dar una pista. A los otros contactos los asesinaron en la calle o fueron llevados a campos de concentración a posteriori de terribles suplicios.

Siempre se puede buscar justificaciones para la felonía. En el caso de Curda también. Dicen que fue para que acabaran las represalias sobre la población civil, impactado por la masacre de Lídice. Lo cierto que la justificación siempre es indulgente.

Karel Curda pudo elegir, no había sido detenido. Fue su decisión presentarse al miserable gobernador Frank.  Actuó a conciencia de que salvaría su pellejo y peor aún, como otro Judas Iscariote aceptó la recompensa que se ofrecía.

Se podría pensar, buscando la causa inicial a todo esto, que Karel Curda fue responsabilidad de una mala elección de la Dirección de Operaciones Especiales británicas al elegir al hombre equivocado.

Es llamativo cómo existen decisiones por las cuales algunos pueden cambiarse de bando sin recibir siquiera una cachetada. Convertirse de héroe a villano e incluso a traidor por el acto egoísta de salvarse.

Al contar una historia uno siempre puede verse tentado a presentar a los protagonistas como seres perfectos, a lo sumo con la salvedad del "cuasi" para otorgarles un mínimo de infalibilidad. 

Es indiscutible que cuando uno apoya los dedos en un teclado la línea de demarcación entre lo fidedigno y la ficción puede ser resbaladiza, y se puede crear una atmósfera en la que el relato termine siendo una mezcla de fantasía, ilusión o una construcción onírica.

No obstante me convenzo que todo lo que está escrito en un libro, en un cuento o en el más sencillo de los relatos, siempre se inspira en la realidad más allá de recursos o técnicas literariasde narración.

La "ficción" no existe, en todo caso es la realidad aliñada. Una historia sin los elementos de la naturaleza humana: sin sensaciones, sin tripas, amor, furia, rebeldía, traición, hipocresía o coraje no nos atraparía, no nos serviría de ejemplo o de sueño. Se trataría de algo inerte y sin alma. Sólo si confirmamos que los valientes son una minoría y que hasta el más puro, mañana se vuelve infiel y contradictorio y que el más cruel y despiadado también hace el amor con amor y que el mártir es calumniado y tapado para siempre por el hollín de los infames, la mayoría de los libros estarían vacíos o llenos de páginas en blanco.



Dr. Ismael Blanco



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