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Otras literaturas: Pablo Silva Olazábal

Lilián Hirigoyen

19.04.2017

La literatura ha tenido siempre un lugar de destaque en Uruguay. Nuestra tradición es de larga data, con plumas que supieron ser guía y referencia para autores lejanos en el tiempo y el espacio.

 

La imaginación, llevada a la palabra a través de historias que simulan ser verídicas o la fantasía desdibujando el límite impreciso de la realidad y sus reglas, es el denominador común que entrelaza la finísima trama de esta selección.

Si bien han publicado en antologías y ediciones de autor, a pesar de la agilidad de pulso en su mayoría carecen de renombre, pero son poetas y narradores uruguayos dignos de conocerse porque cada uno y a su manera apunta al disfrute y al pensamiento del lector que le es afín. Por eso es importante saber de ellos, leer su prosa o su poesía, identificarse o no con el mundo que desarrollan y confirmar así que también integran el universo literario uruguayo.

A modo de introducción sirvan estas palabras, para el placer y el goce demos paso a la lectura.

Hoy, presentamos en esta columna a Pablo Silva Olazábal.

Pablo es Licenciado en Comunicación, escritor y periodista cultural. Ha publicado los libros de cuentos "La Revolución Postergada" (2005) y "Entrar en el Juego" (2006); la entrevista "Conversaciones con Mario Levrero" (2008), con ediciones ampliadas en Chile y Argentina y las novelas "La huida inútil de Violeto Parson" (2012) y "Pensión de Animales" (2015), ambas galardonadas con el 2do. Premio en los Concursos Anuales de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura.

En el 2015 publicó en Argentina, el ebook de cuentos "Lo más lindo que hay".

Desde el 2010 conduce en Radio Uruguay el programa de divulgación literaria "La Máquina de Pensar", al que se le otorgó el pasado año el Premio Morosoli a la Difusión y Promoción Cultural, entregado en la ciudad de Minas por la Fundación Lolita Rubial.

El texto que traemos hoy permite ver en un pantallazo la calidad de la escritura. Haciendo uso de un lenguaje cuidado e intercalando imágenes potentes y de innegable belleza, no deja adivinar hasta el final las trágicas consecuencias a las que puede llevar el juego del protagonista.

 

Los contrabandistas

Me gusta la lluvia, pero no cualquier lluvia ni en cualquier lugar, no. Me gusta la lluvia de aquí, como esta, casi una garúa que te moja la cara sin que te des cuenta, una garúa que cae lenta como un velo sobre el mar, este mar picado, lleno de espuma, que estalla contra las rocas allá abajo. De chico, en días como el de hoy mi padre lo señalaba y me decía "son corderitos". Me acuerdo que yo me reía incómodo y feliz porque sentía que aquellas palabras tan asombrosas eran las exactas para describir la visión del mar encrespado. Si se miraba bien eran justamente así, corderitos. Y si te concentrabas los veías avanzar, todos juiciosos, en línea, hombro con hombro, como soldados de una infantería pastoril, o a veces saltar de contentos unos sobre otros, llenos de energía: siempre había alguno que se encabritaba y saltaba más alto que nadie; yo imaginaba que saltaba de alegría, que reventaba su blancura en el aire de tan contento que estaba y que al caer volvía a integrarse en aquella línea blanca e inclemente.

Con una lluvia así y a esta hora casi oscura tendría que hacer frío, un frío húmedo, de esos que te abrazan y se te meten debajo de la ropa pero no, no tengo frío. Es curioso. Le muestro la cara al mar, (¿qué altura tendrá esta barranca que los ilusos del pueblo llaman acantilado? ¿veinte, veinticinco metros?), me limito a dejar que la garúa me empañe las pestañas, me moje las cejas, me llene de gotas la cara. La verdad es que debería hacer frío, seguro que hace. Me enrosco la bufanda por reflejo pero la verdad no lo siento, ya llega la noche y no tengo frío.  A esta hora la playa está lógicamente desierta. Además, ya no hay turistas, el frío no los deja. El agua debe estar helada. En una hora o menos la noche habrá ennegrecido todo y no se verá nada. No tengo miedo, conozco el lugar, sé de la roca blanca que hay en la punta, a unos metros del pique de alambrado. Me quedo quieto, mirando. Si estuviera la vieja seguro que gritaría "¿Qué estás haciendo? Chupando frío, tan tarde, ¿para qué?". Pobre, siempre se preocupaba de todo. Nunca entendió nada. No me voy a caer, tan seguro como que van a aparecer. Sí, ya es hora. No deben tardar.

Abajo, bien abajo, están las cuevas, todo el mundo sabe que en noches sin luna, o con poca luna como hoy, están los contrabandistas. Llegan no se sabe bien de dónde, esconden las camionetas entre los árboles, antes de la bajada, y se meten en las cuevas. Algunos dicen que son los Giménez, otros que no, que no son gente de acá. Preparan todo para recibir la mercadería que llega de afuera, del mar. La bajan sin apuro (me imagino que la bajan sin apuro, porque verlos yo nunca los vi) y la esconden en las cuevas. Es simple, se trata de tardar lo menos posible en cargar y descargar la lancha, para que puedan volverse mar adentro lo antes posible. Debe ser el momento más delicado de la operación, donde hay más posibilidades de caer en una redada.

Los del Bar Remonta dicen que bajan el equivalente a un camión chico, entre dos mil y dos mil quinientos quilos, y que lo hacen en menos de quince minutos. Pero los del Remonta son unos borrachos mentirosos, no se les puede creer nada y menos al bolichero viejo, que se cree que se las sabe todas. Igual no es nada difícil imaginar cómo bajan los bultos en cadena, sin hablar, moviendo los brazos como autómatas, súbitamente energizados por la adrenalina, por lo peligroso de la situación, sintiendo cómo el sudor se les espesa en la frente y les quema los sobacos. Sin un espacio para la queja, porque de eso se trata, de un trabajo rápido y muy bien pago. No puede haber errores. No debe haber nadie en el pueblo que trabaje a esa velocidad y bajo esa presión. No puede haber un error. Los de la lancha no esperan. El Sandía Ramírez me dijo que una vez a él lo llevaron de peón, por una plata interesante, y que nunca en su vida trabajó tanto en tan poco tiempo. Dijo que después sentía las manos ardiendo y los brazos empastados por el sudor, incluso dijo que al rato le dio un calambre en la pierna.

-Es plata es dulce -dijo- pero no es changa.

Por eso no fue más. Tampoco está claro si lo volvieron a llamar, el Sandía es medio flojo y seguramente no los habrá impresionado por el despliegue de energía. Además, tipos como él sobran, se pueden dar el gusto de elegir. Lo que sí dicen todos, y sobre todo la barra del Remonta, es que los contrabandistas son gente pesada. Con ellos no se juega. Por algo en los días como hoy nadie se arrima a esta playa a esta hora.

Bueno, la verdad quién querría venir a empaparse bajo esta garúa, salvo un colgado como yo. Encima vine sin un faso. No importa, todos saben, todos sabemos que esta es una noche ideal para pasar un poco, o mejor dicho bastante bagayo.

Allá viene. No podían fallar. Lo primero que se oye es el motor. Me imaginaba una lancha más grande. Un lanchón como el del Gringo Jean. Puede ser, todavía está muy lejos y el mar engaña, siempre engaña. Habrá que esperar. Qué lástima, ni un cigarrillo. Yo no tengo frío. Mientras esté acá... si no bajo no hay peligro. Pucha, qué ganas de fumar. Pero ahora no puedo ir a comprar. Imposible, cómo me voy a perder este espectáculo. La verdad es que el motor se oye de lejos. Es como una licuadora, algo que bate sobre las olas, se oye clarito. Es raro, pensé que tendrían algo más sofisticado, una cosa más potente, más moderna pero no, se ve que no les importa que los oigan. Seguro que tienen algún tipo de "reaseguro". Deben tener a alguien en la Aduana digo yo.

La batidora crece, ahora se ve la luz del foco de la lancha. Pero no, debe ser un reflejo, porque ¿quién va a ser tan nabo de traer bagayo con el foco prendido? Se supone que son gente baqueana, que conoce el mar, conocen el oficio ¿no? Y el lugar, deben saberse las cuevas de memoria. No pueden regalarse tanto.

Pero no, es correcto, vienen así, a toda luz. Ahora se ve bien la lancha con el foco fuerte, viene a todo vapor. Y el motor no es ninguna broma. Es flor de motor y viene rápido. Muy rápido. El casco corta los corderitos como un hacha. La verdad, es una gozada, qué bien, llega cortando la espuma blanca, chas chas chas. Parece un tiburón. Vienen derechito a las cuevas, no pueden ser otros, pero ese foco... ese foco prendido igual es raro. Ay, no. No me digas que... es la Prefectura... no.

Mirá vos. Increíble, seguro que todavía no lo vieron, están a nivel del mar. El Sandía me dijo que cuando están esperando se distraen hablando boludeces, como si no estuvieran nerviosos. Se pasan el mate y comenta zonceras, igual que si estuvieran en la cola de la panadería. Claro, están confiados en que nadie le va a llevar el cuento a los de la Aduana. Y en parte tienen razón. En este pueblo no hay buchones. Además, todos saben que son gente pesada, ¿quién va a querer ponérselos en contra? Hay que estar muy loco, o muy aburrido, para hacer una denuncia anónima. Y eso que ahora se puede hacer hasta por mensaje de texto, que lo parió. Aunque no es necesaria tanta tecnología. Basta con llamar desde el teléfono público de la plaza y sanseacabó, no te pueden rastrear.

-No puede ser.

¿Estoy loco o gritaron eso? ¿no puede ser? ¿recién lo vieron? El viento lleva los murmullos, las palabras se ahogan entre los ruidos. La lluvia está peor, ahora caen como sábanas espesas de lluvia contra el acantilado. Contra nosotros, ellos abajo, yo acá. Ahora sí que la lancha se ve bien, gris, metalizada, hasta la ametralladora se ve, y de pronto se escuchan más gritos. Se dieron cuenta, los muy boludos por fin se dieron cuenta. Ya está.

Ya es tarde para el desbarajuste, de acá no se pueden ver, pero seguro que largaron todo y salen corriendo como locos hacia la camioneta. Pobres, no deben entender nada. Y cuando vean las ruedas pinchadas, van a entender mucho menos.

Para quienes deseen profundizar la literatura de Pablo Silva Olazábal, pueden ingresar aquí

 

(*) Lilián Hirigoyen. Escritora. Expresidenta de la Casa de los Escritores del Uruguay

 




Lilián Hirigoyen / Escritora



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