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imagen del contenido Ismael Blanco

¿Dónde está la rebeldía?

Ismael Blanco

02.05.2017

Seguro que fue porque las noches más tristes que vivió fueron en otoño, que nunca le sentó bien esta estación. Su aire le resultaba demasiado nostálgico. El color de sus días cuando ya avanzaba abril era afligido, como los “desconsolados” de Darnauchans.

Buscó en su mente, en sus casilleros de la memoria y lo confirmó: el otoño suena a tango tocado con acordeón y organillo.

Si bien para nada se consideraba un dogmático, recién hasta bien entrada su juventud no supo entender que los pobres aunque nazcan y se mueran pobres no necesariamente viven en la tristeza y la desdicha. La vida por más simple materialmente que sea no tiene porqué ser solamente llena de acordes y bemoles que suenen a desgracia o fatalidad.

Sin embargo desde niño a esta estación la recuerda con melancolía.  Se sigue viendo sentado, como lo hacía habitualmente por las tardes en ese banco de piedra en la puerta de la casa de sus abuelos, que con los años descubrió que encubría un caño de desagüe.

Piensa que hay cierta postura con apariencia taciturna en los niños pobres de corta edad que generalmente se trasluce en los ojos.

Su padre le hablaba de conciencia, de lucha de clases, de lo que significaba "clase en sí y clase para sí", de que "allá en Europa los viejos anarcos...", que en Chicago había ocurrido un crimen infame y hasta la presunción de que el Sacco de su familia era "algo" del camarada de Vanzetti.

Cuando escuchaba a su viejo, las pupilas se le agrandaban hasta que sus ojos castaños, que algunas veces se le veían verdosos como los de su madre,  se tornaban redondos y negros como el café, por la fascinación y el asombro.

Llegó a la conclusión de que cierta monomanía no es locura ni extravagancia sino que se trata de una forma de macerar el pensamiento con la paciencia de un campesino, de esculpirlo con detalle y esmero,  porque los hijos de los trabajadores cuando se vuelven hombres llevan consigo un volcán de rebeldía.

Comprendió con los años que los niños en general no suelen ser escuchados con la seriedad que les corresponde, que el mundo es de los adultos que con la fatalidad de los años han perdido el encanto de la inocencia. Pensaba que son niños metamorfoseados pero al revés, ya que observando la crueldad de los hombres, la falta de solidaridad, de mariposas, muchos de ellos se convierten en gusanos.

El otoño le sonaba a retirada, a repliegue forzoso, decía que simplemente bastaba observarlo en la naturaleza... al menos en este lugar del mundo.

Hacía unos días, como si fuera una paradoja, le dijo a su hermano que se detuviera a atender que hay hechos terribles que comienzan a suceder cuando se aproxima el mal tiempo, sin percatarse de que su hermano había venido a este mundo en pleno julio invernal.

Muy supersticioso para su vocación de ateo, mas dice y se justifica señalando que son sus raíces italianas.

En realidad sus planteos se referían a determinados hechos históricos que a él y a sus contemporáneos lo habían marcado,  ya que uno no puede ser tan ridículo de pensar que las circunstancias esperan a una estación para que sucedan.

A veces más que un irreverente impío o un vulgar pagano  se veía como un complicado metafísico con esos pensamientos, aunque lo cierto no le  incomodaba presentarse de esa forma.

Cuando Albert Camus murió en el accidente automovilístico en las afueras de París, "su niñez" fue encontraba tirada junto a un árbol dentro de su maletín de cuero negro. En éste iba su pasado vivido, "El primer hombre"...

"... Decía si tal vez no había que remontar el tiempo a través de una memoria en sombras, nada era seguro. La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio puesto que rara vez dejan el lugar donde viven y también menos puntos de referencia en el tiempo de una vida uniforme y gris. Tienen, claro está, la memoria del corazón, que es la más segura, dicen, pero el corazón se gasta con la pena y el trabajo olvida más rápido con el peso de la fatiga. El tiempo perdido solo lo recuperan los ricos. Para los pobres el tiempo solo marca los vagos rastros del camino de la muerte. Y además para poder soportar no hay que recordar demasiado, hay que estar pegado a los días, hora tras hora, como lo hacía mi madre....."

A aquel "otro Primer Hombre", cuando este libro le llegó a sus manos pensó en cómo agradecerle a la hija del francés argelino de madre menorquina, mujer fuerte y de armas tomar según dicen, que la fatalidad hizo viuda joven.

Recuerda esa tarde en la librería cuando encontró el libro y supo que la decisión de que el mundo lo conociera fue de su hija. Y se dijo asimismo:  "tenía  que ser mujer". Ella decidió no desechar una historia inconclusa,  escrita complejamente tal cual un borrador, ilegible, con palabras cifradas, signos que sólo podía comprender quien las escribió. Y se le ocurrió pensar que fueron escritas de manera rápida y sin pausas ya que prácticamente no tenían puntuación, como si Camus lo hubiese hecho a la velocidad de quien supiese le esperaba un terrible destino.

Como él también es padre comprendió lo que significaba un "inclaudicable" amor de hija. Con esa historia se vio a sí mismo y concluyó que todos los niños pobres son parecidos.

Ayer, cuando me iba para el acto del "1 de Mayo" pensaba que en esta época donde a muchos parece reinarle la confusión, con razones o sin ellas, cayendo atrapados en el nihilismo, la decepción y la contrariedad, me preguntaba: ¿Dónde está la rebeldía? 

Que cada uno conteste la pregunta, que cada cual la rellene como quiera y prefiera, ahora sí, yo estoy con Camus de que "de los resistentes es la última palabra".



Dr. Ismael Blanco



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