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Los primeros cien días de Trump: lo único previsible es su imprevisibilidad

Carlos Garramón

04.05.2017

En sus primeros cien días de gobierno Trump ha sufrido serias derrotas. Los golpes han sido duros. Pero ha tomado nota y se percibe que está mudando de piel. El discurso populista tiene un recorrido corto y se resquebraja cuando se enfrenta a la institucionalidad que ignora, o descubre los límites que le impone.

Los primeros cien días de la presidencia de Donald Trump se han caracterizado por tres rasgos  preocupantes: improvisación, imprevisibilidad e incertidumbre. Pero sin duda uno de los elementos más desequilibrantes de su gestión es la incertidumbre sobre el proceso de toma de decisiones. Tras éste periodo en la Casa Blanca la mayoría de los gobiernos -aliados, indiferentes y enemigos- siguen estando a ciegas sobre qué significa lo que dice y sobre quién lo dice.

La realidad le está ganando la partida a Donald Trump. En cien días de mandato, el presidente que llegó para refundar Estados Unidos ha descubierto que quien realmente tiene que cambiar es él. Vertiginoso e incontenible, se ha enfrentado a un sistema mucho más poderoso que la Casa Blanca y, empujado por sus propios errores, ha sufrido derrotas que hipotecan seriamente  su gestión. Pero no ha caído.

Desde que asumió la presidencia de los EE.UU., ha visto como varias de sus  anunciadas propuestas no han podido ser ejecutadas, en gran parte debido a la falta de preparación y realismo para convertir altisonantes promesas electorales en efectivas medidas de su administración. Como todo populismo, enfrentó una institucionalidad que desconoció y negó durante su desaforada campaña e incluso en su discurso inaugural. Concibió un país sin Constitución, sin Parlamento y sin Justicia. Los ha descubierto en estos cien días. Con dificultad va internalizando que las políticas y las leyes no son el producto de las decisiones del Presidente y sus colaboradores, sino que tienen que ser aprobadas por el Parlamento y pueden ser objetadas por la Justicia.

También descubrió que la mayoría republicana en ambas cámaras es relativa, ya que muchas leyes requieren del 60% de los votos para ser aprobadas, además de que no todos los republicanos están alineados en todas sus iniciativas. Un ejemplo de alto costo político lo constituyó el intento de aprobar el nuevo Plan Sanitario para demoler el Obamacare, el cual colapsó por la resistencia del Tea Party, el ala más dura del Partido Republicano, que se opuso al esquema alternativo gubernamental. Ese fracaso incluye otra dimensión. De los recortes de este sistema que cubre a los menos favorecidos de la sociedad norteamericana se hubiera generado un ahorro multimillonario capaz de brindar un cierto fondeo que alivie la reducción de impuestos que anuncia y aún no implementa. Pero el Obamacare no pudo ser derogado.

Dos decretos ejecutivos para frenar el ingreso de ciudadanos de países musulmanes, consistentes con su antislamismo de campaña, fueron rechazados por la Justicia. Un dibujo del presupuesto nacional, muy poco preciso en su formulación, que preveía formidables recortes, excepto un aumento del 10% en el gasto militar, se perdió en los pasillos del Congreso. El muro en la frontera mexicana, que desde la campaña simbolizó la xenofobia y el aislamiento, no ha superado la instancia retórica sencillamente porque no ha logrado que le autoricen el dinero para construirlo. También zozobró en el palabrerío el desmantelamiento del NAFTA entre EE.UU. Canadá y México que opera desde 1994. Ahora, que ha descubierto la profundidad comercial del acuerdo, se discuten reformas al tratado en un clima de negociación. Pero el NAFTA, considerado en la campaña como "el peor acuerdo comercial jamas firmado por EE.UU." sigue y seguirá vigente. Sencillamente porque en sus veintidós años de vigencia ha construido un tejido comercial y empresarial que no admite la frivolidad trumpista de su inmediata descontrucción. En estos cien primeros días tampoco ha conseguido la aprobación de un presupuesto para construir el polémico muro con México, ni los recursos para iniciar el plan de infraestructura, infinidad de veces mencionado como el eje de la reactivación económica y la generación de nuevos empleos. Este caballito de batalla de la narrativa electoral, consiste en una extendida construcción de puertos, rutas, aeropuertos y otras infraestructuras con un costo de US$ 500 mil millones a un billón. Ese esfuerzo fiscal indudablemente estimularía la economía, pero el dilema aún es su financiación.

Los golpes han sido muy duros. Trump ha tomado nota. Ha prometido mucho pero no ha conseguido casi ningún éxito que pueda exhibir con claridad, salvo la elección del conservador Neil Gorsuch como miembro del Tribunal Supremo.

El discurso populista, sea de derecha o de izquierda tiene recorrido corto. No es extraño que Trump tenga el grado más bajo en décadas -43%- en aceptación de la gestión presidencial en los primeros cien días de gobierno.

El empresario que a lo largo de su vida se reconstruyó tantas veces como fue necesario está mudando de piel. No es un giro radical, pero sí un cambio dirigido a asegurarse la supervivencia política y concurrir a un segundo mandato. Él mismo ha reconocido en entrevistas que gobernar no es como creía. "Pensé que sería más fácil. Es diferente a llevar una empresa, aquí se necesita corazón, en los negocios no", ha confesado. Y en más de una oportunidad ha sorprendido a un visitante preguntándole sobre la idoneidad de sus colaboradores y la imagen de su Gobierno.

Creíble o no, la mutación ha tenido efectos. El hombre que abominó el islam, humilló a los mexicanos y dio alas al aislacionismo más feroz ha bajado el tono. Mantiene sus promesas, algunas en carne viva, como las deportaciones y el muro, pero en muchos frentes ha disminuido la belicosidad. Ha dejado atrás sus posiciones más controvertidas pero aún no sabemos bien a dónde se dirige. No tenemos idea de  cuál es su visión global ni su visión país, aunque podemos visualizar algunas pistas. La salida de Steve Bannon del Consejo de Seguridad marca una ruptura con un enfoque ultraderechista, xenófobo y particularmente antisemita de la política internacional.

Despojado de una carga ideológica pesada, la nueva narrativa ha incorporado un elemento que Trump desechó en su campaña: la realidad. La OTAN ha dejado de ser obsoleta, para convertirse en un instrumento necesario. China ya no es el enemigo a abatir ni un manipulador de moneda sino un socio que puede ayudar a resolver la crisis de Corea del Norte. El régimen sirio, antes intocable, ha sido bombardeado por primera vez en seis años de conflicto. Esta semana incluso declaró que estaba dispuesto a mantener un diálogo con Kim Jong-un.

Esta aparente moderación en sus irreductibles posiciones de campaña, es el producto de la creciente influencia de una cúpula asesora conformada por el Vicepresidente Mike Pence, el Canciller Rex Tillerson, el jefe del Pentágono James Mattis y el Asesor de Seguridad Nacional, Herbert McMaster, y su yerno Jared Kushner.

En estos cien días, y a fuerza de serias derrotas, Trump se ha transformado de un populista subversivo a un populista corporativista. Bajo el lema de "compra americano, contrata americano" intenta trasladar una imagen de prosperidad a su electorado. A la vez, su administración comunica  una imagen de gobierno "pro business", eliminando regulaciones y proponiendo (aún en un esquema muy rudimentario) una gran disminución de impuestos corporativos y personales. Una nueva batalla se espera en el Congreso.

 

Carlos Garramón - PHD(C) en Economía Agraria de la Universidad de California, Campus Berkeley. Master en Economía Agraria de la Universidad Católica de Chile, Ingeniero Agrónomo de la Universidad de la República Oriental del Uruguay, Funcionario y consultor en OEA, ONU, FAO, FIDA, BID y Banco Mundial.



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