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Otras literaturas: Dina Díaz

Lilián Hirigoyen

17.05.2017

La literatura ha tenido siempre un lugar de destaque en Uruguay. Nuestra tradición es de larga data, con plumas que supieron ser guía y referencia para autores lejanos en el tiempo y el espacio.

La imaginación, llevada a la palabra a través de historias que simulan ser verídicas o la fantasía desdibujando el límite impreciso de la realidad y sus reglas, es el denominador común que entrelaza la finísima trama de esta selección.

Si bien han publicado en antologías y ediciones de autor, a pesar de la agilidad de pulso en su mayoría carecen de renombre, pero son poetas y narradores uruguayos dignos de conocerse porque cada uno y a su manera apunta al disfrute y al pensamiento del lector que le es afín. Por eso es importante saber de ellos, leer su prosa o su poesía, identificarse o no con el mundo que desarrollan y confirmar así que también integran el universo literario uruguayo.

A modo de introducción sirvan estas palabras, para el placer y el goce demos paso a la lectura.

Hoy traemos a esta página a Dina Díaz.

Dina escribe, coordina talleres y da clases desde hace muchos años. Ingresó a la docencia a través de un amplio concurso libre de oposición, por lo que logró trasmitir los vastos conocimientos adquiridos sin necesidad de haber cursado el IPA.

También incursionó en la crítica, fundamentalmente sobre Juan Carlos Onetti y Felisberto Hernández.

Ha integrado diferentes tribunales relacionados con la literatura y ocupó la presidencia de la Casa de los Escritores del Uruguay en el período 2008-2009.

Su obra poética incluye: "De los modos de morir", Ediciones El lagrimal trifurca, Rosario, Argentina, 1986; "Desde este lugar otro", Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1991; "Sospechas y silencios", Ático ediciones, Montevideo, 2006.

Obra narrativa: "Una ventana para el pájaro", Ediciones letradura, Montevideo, 2005; "No cambies nada de lugar", Ediciones letradura, Montevideo, 2010; "Hombrecillos hombrecillos comportarse" Ediciones letradura, Montevideo, 2012; "La ballena de Jonás", Ediciones letradura, Montevideo, 2014.

Artículos críticos y relatos de su autoría han sido publicados en numerosas antologías y revistas.

Dina, dueña de una narrativa sólida, precisa y también de un crudo lirismo, trasmite en el cuento hoy elegido toda la emoción, el dolor y también la evasión que los ojos y la imaginación de una niña desencadenan para liberarse de la opresión de un hogar donde la violencia -no necesariamente física- se respira en cada encuentro familiar y cotidiano.

  

El ojo del abuelo

Lo ve a través de la mesa pero en realidad le ve solo un ojo, un ojo azul y penetrante, el otro permanece tapado por el botellón verde del agua. Entonces la cara del abuelo queda un poco verde como las piedras bajo el mar cuando el mar está casi transparente y los pensamientos del abuelo le pasan al lado, vienen por el aire y la rozan y el aire tiembla porque ya no es aire, es agua casi transparente. Hay pensamientos levísimos y algunos poderosos y es necesario quedarse quieta para no ser vista. Cuando algún pensamiento pasa por la silla vacía de la abuela se vuelve carnoso, es un pulpo que a veces roza el pan y el pan se hace poroso, se abre, se desmigaja y no es posible comer aquel pan tan verde. Son pensamientos silenciosos como peces, por eso el ojo del abuelo se llena de olas y cuando ellos hablan así como hoy están hablando con esas voces de cuchillo y cortan tajadas finitas todo empieza a partirse, el mantel, los platos, las pobres cucharas con la panza rota, esas dos voces que son las voces que más conoce que cree que nunca ha dejado de oír, pero que quizás alguna vez no hayan sido cuchillos y trata de quitarles el filo, de mellárselo contra una piedra y quedarse con la voces solas. Las voces solas así como antes eran, se han perdido, intenta alejar éstas de ahora, quiere ponerlas en la playa con mucho sol pero tampoco puede y entonces lleva una voz, la de ella, a las noches y le da a leer un cuento, no hay caso la voz no quiere, se queda muda, a cualquier cuento que le proponga no responde y entonces lleva la otra voz al parque para que le diga el nombre de los árboles y la voz no va a ningún lado. Las voces quieren quedarse en el comedor, atacan por un lado y por el otro lado de la mesa, oye la de él, "¿dónde está el salero?", y la de ella, "aquí", y la de él, "no se puede ni tocar, todo pegoteado", -el salero era blanco, ahora no es más que un poco blanco porque tiene una marca de cuando lo manchó con el dedo rojo de remolacha pero también otras como hilitos oscuros que trepan hasta la tapa y algunas hasta los agujeritos brillantes de cristalitos blancos, pero no sabe quién las ha hecho,- la voz de ella vuelve, "en la cocina hay jabón", la de él, "también tendré que lavarlo entonces", y ella dice, "tiempo te das para otras cosas", y él, "ya empezamos de nuevo", y ella "yo no empiezo, yo veo", y él "no puede verse lo que no existe", no puede verse lo que no existe, ella dice que sí puede ver lo que no existe y él no, que no puede verse, pero el ojo del abuelo es callado y lo ve todo, lo que existe y lo que no existe porque el ojo del abuelo es así y ahora está grandísimo y en vez de ser azul como siempre, parece negro, como un pozo que no tuviera fondo, como un gran resumidero que dando vueltas sobre sí mismo absorbiera todo, el aire y todas las cosas que se ven. Y las que no se ven.

                                                                   II

Nunca hubiera creído que lloviera. Por la mañana había despertado con el resplandor invadiendo su dormitorio, un temblor de puntitos luminosos en donde había quedado suspendida, una espesura de la luz, abrigándola. En qué momento la manta de sol se ha desprendido, no lo sabe. Por qué las cosas que son, se hacen otras, es algo que suele plantearse pero no tiene respuesta.

Ahora llueve. Están sentados a la mesa y de pronto el cielo todo comienza a perder el azul y a intensificar la oscuridad como si le estuvieran echando tinta negra. Los tallarines son viboritas pardas que se enroscan en el plato. Nadie dice, "miren, comienza a llover", como se decía siempre que intempestivamente una lluvia se iniciaba. Nadie dice "hay que prender la luz", y nadie se levanta a encenderla y continúan comiendo a oscuras. El ojo del abuelo que puede vislumbrar, el otro está tapado por el florero, es un lago celeste pálido. Cuando comienza la lluvia, se desvía levemente hacia la ventana, pero ya ha vuelto a dirigirse hacia adelante al lugar donde la niña está frente a él en la larga mesa, y la mirada la atraviesa como si fuera de vidrio y se ubica en un sitio que ella no ve.

No son flores lo que han puesto en el florero, son unas ramas muy finas que se despeinan hacia los costados, una garúa de hojas que ensombrece la frente del abuelo.

La oye pero no la reconoce, es un hueco que habla, es la voz olvidada por alguien que ha partido y suena así sola sin el cuerpo que había sido su dueño, pero es ella y pregunta algo que quizás la niña preguntaría también si la oscuridad no fuera tan grande, "ese teléfono en la noche, ¿quién era?". La voz interroga sin curiosidad, como si estuviera sumida en un gran aburrimiento y no importara la respuesta. Nadie contesta y no vuelve a preguntar.

Los rumores de esa noche vuelven a la niña y la invaden. Se había despertado sobresaltada por el timbre insistente, rabioso, y después los pies descalzos apresurados y la palabra de él, un susurro apaciguador, durante largo rato, hasta que el sueño pudo más que el desconcierto.

Golpean las gotas contra el vidrio y los tenedores en los platos. Llueven las ramas en el rostro del abuelo pero el agua está llenando el lago quieto que es su ojo, casi blanco en medio de tantas sombras y da miedo que en algún momento se desborde.

                                                                      III

El frutero alto y arriba una montaña de fruta no deja casi nada de la imagen del abuelo, ni siquiera un ojo completo, quizás si comiera dos de esas manzanas tan rojas y una o dos naranjas, podría verlo, pero ella no es capaz de comer tanto.

Esa vez no se oirán las voces porque por todas partes arena mojada la apresa, la pega contra la silla, impide cualquier sonido.

Pero sí, se escuchan, es la voz de ella, tan fuerte que trepidan los objetos sobre la mesa. Quizás en un comienzo la voz haya estado diciendo cosas sin abrir la boca porque el aire que se había vuelto espeso no dejaba a los pensamientos salir de los labios, pero de pronto quiebran todos los obstáculos e irrumpen con tal ímpetu que teme ser volteada. Se aferra al asiento y tiene deseos de taparse los oídos, de huir, pero no puede hacerle eso a esa voz que quiere hablar y necesita que la escuchen. Permanece entonces y oye. "Desde hace dos años lo sé, lo sé y digo que no lo sé, todas las mañanas me levanto y digo que no lo sé pero lo sé y ahora lo sé y lo digo y quiero que lo oigan que todos lo oigan, desde hace dos años desde el día en que los vi caminando por la calle tomados de la mano, tú acariciándole los dedos en los lugares más oscuros, o ella aferrándose a tu brazo en cualquier lado y tú nervioso apartándote y mirando para los costados, pero yo iba atrás y los veía." Las manzanas saltan corren por el mantel, golpean las botellas, las manzanas pintan de rojo las fuentes, los vasos, las servilletas, hasta la mitad del ojo del abuelo se tiñe de fuego, un incendio, una gran hoguera lo quema todo. "Sé dónde vive, dónde trabaja, le he visto la cara frente a frente, le he visto su cara de asustada, su tonta cara ante mí, porque ella sí me conoce pero no sabe si yo la conozco", ahora es una naranja que avanza hacia la niña, la naranja se pasea de la sala al comedor, no me mates con cuchillo, mátame con tenedor, que no, que basta, que no, que basta y mira al ojo que en este momento sí puede ver, pero ahora está casi clausurado y cuando oyen el golpe tan fuerte de la puerta, cuando escuchan el portazo que el padre da al irse, el ojo del abuelo está bien cerrado, apretados los párpados, por temor a los cuchillos y tenedores que atraviesan el aire.

 

(*) Lilián Hirigoyen - Escritora / Expresidenta de la Casa de los Escritores del Uruguay

 




Lilián Hirigoyen / Escritora



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