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El Jacobinismo en América

Luis C. Turiansky

09.06.2017

En un tiempo se creía que criticar a un régimen revolucionario era favorecer a sus enemigos. Después fue legítimo preguntarse hasta qué punto el silencio no ayudaba también al desprestigio del sistema que se quería defender. Esto no significa que criticar sea lo mismo que renegar.

Esteban Valenti formula algunas "preguntas necesarias" en relación con la crisis venezolana (Uypress/Columnas, 7.6.2017) y él mismo las responde. Tiene toda la razón: tanto él como yo hemos conocido ese dilema al que hago alusión en el encabezamiento. Puede ser que yo sería más prudente en los términos utilizados y, por ejemplo, no compararía al régimen de Nicolás Maduro con cualquier dictadura anterior y, al mismo tiempo, tampoco soslayaría el papel criminal de la oposición "guarimbera" y los nuevos métodos de desestabilización de los gobiernos que no se doblegan ante los dictados de EE.UU. Y también recordaría que fue la oposición principalmente la que saboteó el diálogo con el gobierno. Pero Esteban en el fondo tiene razón. ¿Por qué? Porque el camino "madurista" no es el que nosotros propiciamos para nuestro país.

Los sandinistas de Daniel Ortega y flia. en Nicaragua tienen menos suerte que los chavistas de Nicolás Maduro porque ya en 1990 perdieron no solamente las elecciones sino también el apoyo de Cuba, precisamente por haber aceptado el juego electoral y convertirse en el primer gobierno revolucionario latinoamericano que voluntariamente abandona el poder como resultado de unas elecciones. Esto y no otra cosa es lo que explica que parte de nuestra izquierda, fiel a la tradición cubana, se anima hoy con Ortega y no con Maduro. La "dinastía Ortega", está bien, pero no deberíamos ser demasiado severos con alguien que, en su momento, rompió con un mito tan fundamental de las dictaduras revolucionarias.

La concepción de la Asamblea Constituyente en Venezuela, designada en gran medida por el propio Presidente, va más allá de una puesta al día del texto constitucional. Es el germen de un nuevo poder enfrentado al parlamento, ya bloqueado por el Tribunal Supremo, fiel este a Maduro. En cualquier momento, mientras se proceda con todo lujo al debate "democrático" de las nuevas disposiciones constitucionales, seguramente surgirá la necesidad, como órgano del poder popular, de asumir funciones parlamentarias ante el receso obligado de la Asamblea Nacional. "Todo el poder a la Asamblea Constituyente" se dirá en multitudinarias manifestaciones, como en otro momento histórico y en otro lugar del mundo se clamó "Todo el poder a los soviets". Este es el objetivo estratégico y no los cambios que puedan operarse en la Constitución de Hugo Chávez.

Por cierto, ya ésta contiene la semilla del mal: para evitar cualquier malentendido, su artículo 342 aclara: "La Reforma Constitucional tiene por objeto una revisión parcial de esta Constitución y la sustitución de una o varias de sus normas que no modifiquen la estructura y principios fundamentales del texto Constitucional". Dichos "principios fundamentales" figuran en el Título I, artículos 1 a 9, y definen el carácter del Estado y la orientación de la sociedad. En consecuencia, nada de imaginar otro tipo de Estado, aunque no les guste, lo demás es puro cuento.

Una disyuntiva semejante a la del chavismo la vivieron los jacobinos en la Revolución Francesa a partir de 1792. Mientras pretendían hacer "tabla rasa" del pasado y crear una sociedad de "libertad, igualdad y fraternidad", por la ventana se les metían los nuevos ricos, la burguesía, crecía el descontento en el campesinado, había hambre, los girondinos saboteaban la Convención y la reacción europea preparaba la intervención. Fue entonces que algunos revolucionarios, entre ellos Danton, después decapitado por sus compañeros, crearon el "Comité de Salvación Pública", con el objeto de defender la revolución.

Su papel fundamental fue la represión, la denuncia, el terror, los juicios escandalosos y el uso indiscriminado del nuevo aparato de muerte, la guillotina. Con el tiempo, naturalmente, se convirtió en un poder paralelo y, por último, antagónico a la Convención. Como sabemos, sin embargo, nada de esto sirvió. Ni siquiera la condena de Danton y el ingreso de Maximilien Robespierre, "el incorruptible", al Comité y a la presidencia de la Convención. El  9 de Termidor del Año III (27 de julio de 1794), la reacción terminó con la vida de los jefes y con la etapa radical de la revolución.

¿Los sufrimientos del pueblo francés de entonces, como los del pueblo venezolano hoy, podían evitarse?

Difícil responder a esta pregunta. En todo caso, el pasado histórico no puede alterarse, salvo la historia escrita. Pero  una cosa es segura: no será la salida termidoriana la que traiga la paz al pueblo de Simón Bolívar.

Luis C. Turiansky



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