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Otras Literaturas: Enrique Umbre

Lilián Hirigoyen

14.06.2017

La literatura ha tenido siempre un lugar de destaque en Uruguay. Nuestra tradición es de larga data, con plumas que supieron ser guía y referencia para autores lejanos en el tiempo y el espacio.

La imaginación, llevada a la palabra a través de historias que simulan ser verídicas o la fantasía desdibujando el límite impreciso de la realidad y sus reglas, es el denominador común que entrelaza la finísima trama de esta selección.

Si bien han publicado en antologías y ediciones de autor, a pesar de la agilidad de pulso en su mayoría carecen de renombre, pero son poetas y narradores uruguayos dignos de conocerse porque cada uno y a su manera apunta al disfrute y al pensamiento del lector que le es afín. Por eso es importante saber de ellos, leer su prosa o su poesía, identificarse o no con el mundo que desarrollan y confirmar así que también integran el universo literario uruguayo.

A modo de introducción sirvan estas palabras, para el placer y el goce demos paso a la lectura.

Hoy presentamos en esta columna a Enrique Umbre.

Enrique nació en Montevideo en el año 1943. Su infancia y juventud transcurrieron en el barrio Jacinto Vera, hecho que marcó en gran medida su escritura y la temática de sus cuentos. Su primer libro "Jacinto Vera, historias verdaderas" (Editorial Botella al Mar, 2009)), edición hoy agotada y publicado bajo un seudónimo, Julián Pionti, en el que plasmó crónicas de vida referidas a este barrio, fue declarado de Interés Cultural por el Centro Comunal Zonal N°3 y fue incluido en la terna postulante al Premio Bartolomé Hidalgo, categoría Revelación.

En el año 2012 publica su segundo libro "Algunas historias extrañas", Editorial Botella al Mar. Desde entonces, ha concurrido como invitado a encuentros internacionales de escritores realizados en nuestro país así como en el exterior, además de integrar numerosas antologías. Ha recibido Mención de Honor en varios concursos. Fue electo Secretario de la Casa de los Escritores del Uruguay en el bienio 2014-2015 y actualmente es delegado titular de dicha Institución para el sector Letras del CONAEF (Consejo Nacional de Evaluación y Fomento de proyectos artístico culturales), dependiente del MEC.

El cuento que hoy elegimos sintetiza en gran medida su narrativa, donde el humor, la ironía y la exageración se encuentran presentes, pero siempre en función de una naturalidad que vuelve cotidiana hasta la anécdota más inverosímil.

 

PASEO A COLONIA, UNA EXPERIENCIA TRAUMÁTICA

Una Semana Santa, imbuido de ese espíritu cristiano que a uno lo llena en esa fecha, decidí mostrar a mi amigo Carlos algo más de este mundo que no fuera su barrio -lo único que él conocía- y lo invité a viajar a Colonia conmigo y mis amigos del trabajo.

Partimos hacia una estancia en Rosario, invitados por un amigo del gordo Fuentes, sin sospechar cuán negativamente iba a influir en el resto de nuestras vidas esta decisión, puesto que en la expedición fue incluido (infelizmente, irreflexivamente) Goyena, sujeto recién ingresado a la empresa y en nuestra sección. La primera impresión que de él recibió su jefe, no fue precisamente agradable, ya que al segundo día de trabajo lo encontró leyendo el diario, instalado cómodamente en el escritorio, sumamente interesado en las noticias y descansando sus extremidades inferiores sobre el mismo. El ingreso del superior al despacho no produjo mayor desasosiego en su espíritu, ya que no ofreció señal alguna de largar el periódico, incluso le comentó alguna de las noticias.

Bien, la llegada mostraba perspectivas alentadoras, pues era un bello lugar, con muchas comodidades y espacio para disfrutar de la naturaleza. Todo eso si no hubiéramos llevado a Goyena. No voy a hacer una descripción de la estancia ni de las actividades que pensábamos desarrollar. Solo describiré los hechos delictivos practicados por eso que habíamos llevado.

Durante un buen rato jugamos con un cachorrito muy alegre, travieso y tierno, hasta que cometió el error de ir a la cocina, junto con ¿quién? Si, con Goyena. Al rato oímos un fuerte disparo de escopeta y corrimos hacia el lugar, viendo salir tembloroso y asustado al perrito, que desde ese momento se convirtió en una bestia huraña, agresiva y malhumorada para siempre. Dentro estaba el victimario aun con el caño humeante del arma que había tomado de un aparador y observando intrigado el enorme agujero que había logrado crear en la pared con los perdigones. Se le había escapado un tiro, lamentablemente sin consecuencias para su persona.

Si bien la cara del dueño del establecimiento (y nuestro anfitrión) no era de agrado, se tomó la situación como una imprudencia, un hecho desgraciado, aunque no tanto como el haber invitado a Goyena. Y pronto lo olvidamos

Nos fuimos a sentar en el pasto, recostándonos sobre un precioso nogal, disfrutando de su sombre y la paz del lugar. Paz que pronto se vio interrumpida por un ruido seco, continuo, que golpeaba el noble vegetal a nuestras espaldas. Era rítmico: toc, toc, toc. Cuando nos dimos vuelta para indagar de dónde provenía, constatamos que lo provocaba una enorme cuchilla lanzada por las inexpertas manos de nuestro inquieto amigo, hacia el tronco del árbol que escasamente cubría nuestras espaldas.

Siendo su segunda molestia a tan poco tiempo de transcurrida nuestra llegada, fue reprendido con dureza por todos sus compañeros. No por mí, que solo deseaba su muerte. Esta advertencia no fue acogida con sabiduría de su parte, pues la consideró una agresión al libre ejercicio de su experiencia cuchillera, por lo que desapareció de nuestra vista por un rato. Tanto fue su desagrado que, cuando acudimos al tanque de agua del molino, alertados por unos gritos, constatamos in situ que Goyena no podía salir del mismo, trancado en la boca del tanque por toda la ropa que se había puesto encima y que era ni más ni menos que nuestras camperas y buzos, remojándose con ella en venganza por nuestras reprimendas. En realidad -justo es decirlo- reconocimos los gritos y fuimos cansinamente hasta el recipiente, esperanzados en encontrarlo ahogado por propia voluntad y si no era así, ayudándolo en su intento.

A esta altura, el dueño se ocupaba de revisar en un libro de matreros algo que lo orientara en el campo del crimen para ultimar con sufrimiento a ese bicho.

Dicho objetivo fue opacado por una inesperada y vertiginosa salida del Ford A de colección -chiche del dueño- desde el garaje. Ya deben saber quién lo manejaba.

Después de pisar algunas gallinas que paseaban despreocupadamente con sus pollitos, desconociendo imprudentemente la amenaza que había caído sobre el lugar y ser esquivado por unos chanchos despavoridos, el coche se detuvo contra un montículo. Cuando fue reducido y sacado del auto, huyó hacia el establo y lo vimos salir montado a pelo en un percherón de carro. No era el medio de transporte más adecuado y además el engendro nunca había tenido en sus escasos conocimientos adquiridos, eso de cabalgar. El resultado fue el razonablemente esperado, pero desgraciadamente sin otras consecuencias que un chichón provocado al caerse de cabeza, metros después de haber iniciado su raid.

Motivados por la actitud asumida por el estanciero, quien en un gesto simbólico tiró nuestras mochilas más allá del alambrado de la entrada, comprendimos que lo mejor era abandonar ese hospicio. Cuando nos retiramos, percibimos que nuestro anfitrión y todos los habitantes de la zona suspiraron aliviados al verse liberados de esa maldición. Ellos sí, pero nosotros y la pobre gente que se iba a encontrar con la plaga en el ómnibus, no.

Subimos al bus y como todo interdepartamental, este tenía ventilador y llave de luces personales en el techo sobre cada asiento. Pues bien, durante casi noventa kilómetros, él se empeñó en mantener una didáctica clase sobre cómo se debía prender y apagar la luz, moviendo constantemente la perilla.

No comprendimos en ese momento que recién había descubierto un ingenioso sistema que ya habían aprendido a usar hace años los chimpancés en los experimentos de laboratorio. Cuando se aburrió de ello, su cuerpo le proporcionó otro feroz recurso para atormentarnos y continuar haciendo nuestra vida infeliz.

El bus transportaba casi 50 personas. A cualquiera de ellas le podría haber ocurrido y no lo hubiéramos tomado a mal, sino con calma. Pero no, tuvo que ser a él. Le vino diarrea. Esto hubiera sido una dulce venganza si le hubiese pasado al llegar a destino, pues lo habríamos abandonado. Pues no, el bus se detuvo no menos de seis veces durante el viaje para que nuestro amigo aliviara su intestino, subiendo luego tranquilamente, sin notar lo que su molesta presencia provocaba.

Es que en su cerebro no existía la malicia (ni ninguna otra cosa).

Durante los meses posteriores, hube de recluirme varias veces en un sanatorio y medicarme continuamente para olvidar esta experiencia que me atormentaba con sus recuerdos. Pero en realidad cuando llegamos a Montevideo no sentimos odio o rencor hacia el compañero. No, tan solo temor. Temor de encontrarnos con él nuevamente en alguna oportunidad.

Fue para nosotros una de esas personas a las que uno desea que se case con alguna mujer que nos haya rechazado, para hacerla infeliz de por vida. Tan infeliz como nos hizo en aquella nefasta excursión.

 



Lilián Hirigoyen / Escritora



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