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Tozuda inoperancia

José Antonio Vera

03.07.2017

Conforme 28 años atrás, con la caída del General Alfredo Stroessner, luego de 35 años de encabezar una de las tiranías más duras de las muchas que ha sufrido Suramérica en el marco de la "Operación Cóndor", el pueblo paraguayo fue incapaz de capitalizar a su favor ese desequilibrio institucional.

Acaba de cumplirse un quinquenio del último Golpe de Estado y, de nuevo, los partidos, movimientos y organizaciones sociales, están perdiendo la oportunidad de encauzar políticas correctivas al marasmo estatal que padece el país.

Hace cinco años, el 22 de junio del 2012, una jauría de fuerzas locales, obedientes a consorcios norteamericanos del agronegocio y el extractivismo, condenaron al Presidente Fernando Lugo, en un juicio político desquiciado, sin un mínimo fundamento moral ni jurídico, poniendo fin al mejor y también más ingenuo gobierno que ha tenido Paraguay en las últimas siete u ocho décadas.

La entonces Embajadora de Estados Unidos en Asunción, Liliana Ayalde fue pieza clave en el montaje del plan golpista que, entre almuerzos y cenas, fue reclutando esbirros locales, entre ellos al Vicepresidente Federico Franco, del Partido Liberal, en una patraña que, en cierta medida, la hábil diplomática, hoy tercera en el mando del Comando Sur, urdió poco después en Brasil contra Dilma, pero que, en la Operación Paraguay provocó el asesinato de once campesinos y de seis policías, pretexto planificado para que, una semana después, el parlamento calificara a Lugo de inepto para el cargo y lo destituyera.

Al exObispo, nada izquierdista y mucho menos revolucionario, un enigmático personaje de pensamiento difícil de describir hasta hoy, cuando en un contubernio desacreditador, acaba de ser electo Presidente del Senado, la derecha golpista sólo debería agradecerle, porque la política del Ejecutivo en los cuatro años que duró el truncado mandato, para nada afectó las viejas estructuras del poder semifeudal imperante en el país y que, por el contrario, continuó permitiendo los abusos de la consuetudinaria conducta elitista e insensible frente a los problemas de la mayoría de la población.

Cuando Stroessner fue separado del sillón por sus más próximos vasallos, en un ejercicio habitual en la historia paraguaya que registra una larga sucesión de mandatarios que algunos no duraron más que una semana o pocos meses, la coyuntura fue capitalizada con inteligencia por la USAID y otras agencias norteamericanas que habían comprendido muy bien que la oposición al tiranosaurio era más emocional que revolucionaria.

La respuesta táctica, exitosa hasta hoy, fue llenar el país de ONG bien financiadas, más de mil, otorgando la gerencia a un buen número de los líderes jóvenes, lo cual desbarató el abanico de la resistencia que aún hoy continúa sin identificarse y menos articularse. La actividad política del país enmudeció y la transición hacia un sistema democrático se paralizó en una simple tranzación cuartelera-empresarial, con una figuración lastimosa de los aparatos partidarios y la desaparición de la militancia juvenil que, recién hace dos años se ha empezado a recomponer desde los colegios y ciertas facultades, protagonizando un capítulo opositor alentador y, junto a una sorpresiva, por numerosa, aparición de la mujer en reivindicaciones sociales, constituyen los hechos políticos más positivos de la actualidad, por encima del inocultable ninguneo partidario.

La división surca el mapa político paraguayo, exhibiendo una suma de emblemas y grupúsculos, en el que sólo aparece unida y disciplinada la Federación Nacional Campesina aunque  tocando techo, tras casi un cuarto de siglo reclamando tierra con sus marchas anuales sobre Asunción sin lograr sensibilizar a los poderes ni gran cosa a la ciudadanía. Empero, sus conductores sostienen con optimismo que contribuyen "a reforzar la conciencia ideológica de la gente, con el firme propósito de construir una Patria para todos", proclama pronunciada desde una postura de comandancia que, por falta de amplitud y generosidad, poco contribuye a construir una fuerza popular unitaria.

El Partido Colorado, que implosionó en el 2008 por la victoria de Lugo, y que continúa alquilado por Cartes, atraviesa un período de fuertes reproches internos en la disputa por cargos y, tras fungir de trampolín para que el empresario multimillonario se encumbrase, se ha quedado sin cabeza dirigente, fruto de su coautoría en el plan de prostituir aún más la actividad política. El dinero está instalado como el principal factor de las negociaciones.

No obstante, el aparato colorado mantiene la mayor adhesión popular, la cual arrancó cuando Brasil lo parió, hace más de un siglo, al terminar la Guerra de la Triple Alianza, "cuatriple" por la conducción del Banco de Londres, y cuyo origen es similar al del Partido Liberal, aunque éste, de hechura argentina, ha perdido hasta su viejo rol de furgón de cola. Del resto orgánico, duele hablar.

Ese vacío opositor ha permitido que las decisiones políticas estén condicionadas a una suerte de absolutismo cartista, que se ejerce en el control de la Corte Suprema, y la Fiscalía General, del Consejo de la magistratura, y del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, un abanico de avarientos y oportunistas que, bien remunerados, ocupan los altos cargos del poder, pariendo toda clase de trapacerías que habilita la impunidad institucionalizada, enriqueciendo a personas y grupos frente a dos millones de pobres, 60 por ciento desnutridos, según la FAO, entre los siete millones de habitantes.

En el informe anual de gestión, expuesto este primer día de julio ante el Parlamento, Cartes presentó un país de ficción, con números inventados de crecimiento y logros sociales que la realidad le desmiente a cada paso en los sectores de la salud con hospitales  sin mínimo de insumos, un infernal sistema privado de transporte de pasajeros, desempleo sin freno, una enseñanza paupérrima en lo edilicio, contenido y cuerpo docente. Habló de grandes avances en la construcción de la infraestructura nacional, cuando transitar por una ruta en buenas condiciones es una lotería. Omitió hablar del veto reciente que aplicó al proyecto de ley para gravar, en apenas 10 por ciento, la exportación de soja, que monta a unos cinco mil millones de dólares por año y sólo deja dos míseros puntos.

No obstante, y a diez meses de las elecciones nacionales y en medio de un clima político prostituido con profunda confusión ciudadana, el mandatario se deteriora. Acumula un descrédito social que acabó con su intento de operar una enmienda constitucional que le permitiera postularse para un segundo mandato el año próximo y, por el momento sólo ha conseguido candidatearse para el Senado,pero le está resultando muy difícil imponer al aparato partidario su candidato personal para la presidencia de la república, un joven que fue funcionario del FMI y su Ministro de Hacienda, renunciante para postularse, en medio de una inquietud generalizada a causa del peligroso endeudamiento externo, cercano hasta ahora a los ocho mil millones de dólares que, probablemente, el país será incapaz de saldar en los 40 o 50 años acordados.

Aunque conserva la lapicera, Cartes ha perdido el bastón y, alejado del pueblo, cultiva desconfianza  entre sus propios patrones, incluso de la Casa Blanca, como se desprende de la afanosa búsqueda de méritos que expresa al interior de la OEA su Canciller, el estronista Eladio Loizaga, recordado en Paraguay por su fundamentalismo anticomunista de loa años ochenta, fanatizado igualmente hoy por acompañar al Secretario General de la Organización continental, el uruguayo Luis Almagro en la cruzada imperial contra Venezuela.

Cartes, prometedor futbolista en su rutilante adolescencia, desde muy joven hábil piloto para todo servicio transfronterizo con nexos en la intimidad estronista, devino empresario exitoso luego de estafar en varios millones de dólares al Banco Central, por lo que, según crónicas de la época, terminó condenado a prisión. El dinero siempre ha sido su principal aliado y el motor de su vida, pero parece que habría entrado a traicionarlo en su aventura de aprendiz político.

 

José Antonio Vera



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