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Colombia: el exterminio hecho política

Vladimir Pais

04.07.2017

En Colombia hablar de Paz es sospechoso. Quien propone la paz puede estar preparando una emboscada. Quien acepta la paz es ingenuo o débil y es momento de asestarle el golpe. Quien trabaja por la paz está en peligro. Quien plebiscita la paz recibe dos derrotas, la de las urnas, y otra peor, la de los dos tercios de indiferentes. ¿Cambiará Colombia?

 

Santos y la esperanza de paz

La ruptura política que protagonizó Juan Manuel Santos para las elecciones de 2010 y que a la postre lo llevara a la presidencia fue una señal fuerte, una bocanada de ilusión de paz. Santos fue ministro de Defensa de Álvaro Uribe -enemigo declarado de la paz- de cuya línea política se apartó en 2009 para disputar la presidencia, pero no era un "recién llegado". En 1991 formó parte del gobierno de César Gaviria como ministro de Comercio Exterior y en 2000 participó como ministro de Hacienda en el gobierno de Andrés Pastrana.

Dicha ruptura es producto de cuarenta y cinco años de inmersión en el núcleo más duro de la política colombiana, de sopesar causas y efectos de decisiones propias y ajenas. Su convicción por la paz no es una pose, tiene la autenticidad de quien aplica políticas y evalúa resultados.

Cabe aclarar que Santos no fue el único "pacifista". Un investigador colombiano, Mario Ramírez-Orozco, contabiliza otros 10 intentos de paz en los últimos 69 años. Todos fracasaron y varios terminaron con masacre.

Tampoco Santos es una palomita, como ministro de defensa es recordado por la particular efectividad de su accionar contra la guerrilla, y debió responsabilizarse cuando saltó el escándalo de los llamados "Falsos Positivos", involucrando un sistema creado por su antecesor en Defensa que establecía un régimen de incentivos económicos por la información o entrega de miembros de grupos armados. Este régimen generó un esquema de corrupción criminal que armaba "casos" en complicidad con efectivos del ejército, asesinando civiles y disfrazándolos de guerrilleros para repartirse la recompensa.

Lo cierto es que ha sido el que más seriamente trabajó por la paz, pero al mismo tiempo su inmersión histórica en el problema le ha impedido generar una corriente política que rompa el empate con los que no quieren que la guerra termine.

 

Deseos y realidad

El Proceso de Paz promovido por Santos da tumbos. Luego de años de negociación entre las FARC y el gobierno, donde avanzaba un día y retrocedía otro, de bombardeo con provocaciones constantes que ponían en peligro todo el avance, de la derrota en las urnas y la tozudez de las partes en llevarlo adelante, el Proceso de Paz se desarrolla dificultosamente.

Entresacando en la prensa colombiana rescaté algunas notas que ilustran el "pantanoso camino" (tipo de titulación habitual para referirse al Proceso de Paz). Una de ellas es el "Informe del Observatorio de Restitución y Regulación de Derechos de Propiedad Agraria" reseñado hace unas semanas y presentado como "un informe detallado sobre las dinámicas del asesinato de líderes rurales en un periodo comprendido entre 2005 y 2015". Dicho informe contabiliza 500 asesinatos y hace hincapié en la "plena comprobación" de la sistematicidad de la práctica.

Otro se titula "Tumaco, entre el narcotráfico, las disidencias y una ilusión de paz" y analiza el asesinato de 5 personas en dicha ciudad la noche del pasado jueves 25 de mayo. Una de las víctimas era mediador y trabajaba para el gobierno nacional a través de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), atendiendo a 128 ex-guerrilleros que habían entregado sus armas y al mismo tiempo promoviendo la reinserción de jóvenes que responden aún a narcotraficantes. Un tercer artículo analiza con bastante escepticismo las probabilidades de éxito de la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz), sistema creado por el parlamento para realizar el engorroso proceso judicial de reinsertar a unos 15000 ex-guerrilleros y quién sabe cuántos paramilitares, peones de narcotráfico y todo tipo de complejidades.

La política colombiana no está cambiando. El asesinato como arma política sigue tan campante y la población no percibe esto como un gran problema. Y es que la Colombia urbana se las ha arreglado para vivir ciega y sorda a la realidad de las zonas rurales. Las víctimas de la violencia apenas tienen voz, pues son los marginados históricos.

 

Un poco de historia

Existe hoy la idea de que el Proceso de Paz viene a terminar con "más de cincuenta años" de conflicto armado, pues se considera la aparición de las FARC en 1964 como el inicio. Esta idea errónea es funcional a los partidarios del continuismo, quienes pintan a la guerrilla como bandas delictivas que han desafiado el poder del Estado durante 50 años y sus dos únicas alternativas son la cárcel o la muerte.

¿Por qué es erróneo adjudicarle 50 años al conflicto? Porque estas guerrillas, las FARC como también el ELN, el EPL y el M19 -aparecidos en el '65, '67 y '70 respectivamente- fueron respuesta de herederos de otras guerrillas, traicionadas una y otra vez por los gobiernos de turno. Rojas Pinilla, llegado en 1953 al gobierno por un golpe de Estado, atrajo con sus propuestas de paz a la mayoría de las guerrillas que resistían al gobierno central, pero en los años siguientes los líderes de dichas guerrillas desarmadas fueron asesinados sistemáticamente. Belisario Betancur hizo lo mismo en el '82 y quienes creyeron y se expusieron fueron asesinados en los siguientes diez años. ¿Patrón repetitivo?

Ahora, ¿de dónde venían estas guerrillas? Para contestar esa pregunta hay que ir al inicio, cuando lo que se llamaba Colombia todavía no era Colombia.

En 1811, al influjo de la oleada independentista americana, los "patriotas" del Virreinato de la Nueva Granada fundan las Provincias Unidas de la Nueva Granada, que comprendía los territorios de Panamá, Venezuela, Colombia y Ecuador. La experiencia duró 5 años y los historiadores la denominan "La Patria Boba", pues los independentistas -centralistas y federalistas- llevaban adelante una guerra triangular: entre sí y contra las fuerzas leales a España. El mismísimo Simón Bolívar, del bando centralista, informaba en sus cartas sobre cómo mataba "españoles y canarios" cumpliendo con un "Decreto de Guerra a Muerte" mientras en silencio federalistas y centralistas se diezmaban entre sí.

Así no era difícil prever que los Realistas (leales al Rey) retomaran el control y en 1816 derrotan a los independentistas y fusilan a la mayoría de sus líderes. A pesar de eso la posición de los realistas era débil y cuatro años después terminan rindiéndose y firmando un armisticio con los independentistas en ese entonces al mando de Bolívar y Francisco de Paula Santander, la conducción bicéfala centralista-federalista del movimiento. Este segundo ensayo institucional se llamó Gran Colombia -primera aparición del nombre- y duró 11 años, pero las guerras entre federalistas y centralistas no amainaron y minaron el proyecto.

El fin de la Gran Colombia produjo el desmembramiento de la vieja configuración heredada de la colonia, separándose Ecuador y Venezuela. Allí nace con sede en Bogotá la República de la Nueva Granada (nótese el tufillo restaurador de la denominación) con la participación de Panamá que merecería un capítulo aparte.

Panamá era la verdadera joya del conglomerado, codiciada por todos pero sujeta a la geopolítica global y por lo tanto inaccesible. Colombia intentó durante los siguientes 70 años subordinar a Panamá, dos guerras fueron llevadas adelante con ese propósito pero siempre fracasó. Desde el siglo XVII Panamá era ya un nudo logístico estratégico de la extracción de riquezas de la región y el comercio mundial y nenes más grandes se disputaban ese trompo.

Durante la República de la Nueva Granada se acuñaron los términos Conservadores (centralistas y eclesiásticos) y Liberales (federalistas), que se mantienen hasta hoy y explican buena parte de las guerras intestinas en Colombia.

En 1885 se funda la actual República de Colombia pero antes de eso, en el lapso de 27 años que arranca en 1858 con el fin de la República de la Nueva Granada, se sucedieron otros dos intentos de institucionalización política: 1) la Confederación Granadina de 1858 a 1863 y; 2) los Estados Unidos de Colombia entre 1863 y 1885. La lógica violenta de los cambios era constante, el vencedor de turno creaba un Estado nuevo y la guerra continuaba al día siguiente. Reseñar todos los conflictos de aquel período llevaría varios tomos, pero sólo contemos las guerras de los 71 años que van de 1832 hasta 1903, año bisagra por la separación definitiva de Panamá. En ese tiempo tuvieron lugar once guerras nacionales y cuarenta (¡sí, 40!) guerras regionales durante los 22 años que duró el fallido experimento descentralizador llamado Estados Unidos de Colombia.

La Guerra de los 1000 días, última del período, dejó a Colombia exhausta y obligada a ceder definitivamente Panamá a los Estados Unidos de América. Los norteamericanos habían tomado la construcción del canal en sus manos y la primera medida fue crear allí un Estado que asegurara la inversión. Además de quedarse con la zona del canal por 100 años Estados Unidos cerró el paquete con Colombia: ofreció pagarle 25 millones de dólares como resarcimiento, pero no soltó la plata hasta no asegurarse permisos y facilidades para el desembarco de inversiones en agricultura extensiva: banana, caucho, café y otros.

La intervención económica (y política) norteamericana generó un impasse en la violencia. De 1904 a 1930 Colombia vivió un período de estabilidad institucional y desarrollo económico no visto hasta ese momento, pero los gobiernos conservadores que hegemonizaron el poder no solucionaron la marginación y las condiciones infrahumanas de trabajo en el campo. En este escenario los liberales ganan las elecciones en el '30 -expresando el descontento de los asalariados y sectores medios- y gobiernan hasta 1946, el año del comienzo de La Violencia. Con este apelativo se refieren los colombianos al período de 12 años que se calcula dejó 300.000 muertos y que compone el sustrato de los problemas que debería subsanar el Proceso de Paz hoy para ser exitoso.

Este período contó con la irrupción en la escena política de un nuevo actor que complejizó el conflicto, la izquierda no enmarcada dentro de los tradicionales conservadores y liberales. Esa nueva izquierda, inspirada por los movimientos socialistas y comunistas europeos introdujo un nuevo factor de tensión e inscribió el conflicto en la lógica de la Guerra Fría. En esa Colombia convulsionada emergió de las filas liberales un líder carismático y moderno pero a su vez sospechoso de comunista para el establishment político de la época, Eliecer Gaitán, quien rápidamente comenzó a tomar fuerza en amplios sectores de la sociedad.

 

El Bogotazo

El año 1948 trajo un combo explosivo a Bogotá. En medio de la violencia política ya instalada Gaitán era candidato a la presidencia y se olfateaba en el ambiente su posible victoria. Por otro lado los países de la Unión Panamericana se reunían allí en abril para crear la OEA, con interés manifiesto de Estados Unidos de reforzar los lazos continentales y frenar la temida "marea comunista" luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial. El 9 de abril, con las delegaciones panamericanas presentes en Bogotá, asesinan a Gaitán en la calle. La reacción de sus partidarios y la represión y matanzas desatadas por ese hecho provocaron lo que se dio en llamar El Bogotazo. En Vivir para contarla García Márquez nos narra como testigo presencial el momento del asesinato y la violencia desatada después.

Con ese ambiente de fondo el 30 de abril los representantes de los países integrantes de la Unión Panamericana firman la Carta de la Organización de los Estados Americanos dejando instalada la OEA, no sin algún sobresalto producto de las condiciones de seguridad precarias.

Ese fatídico año'48 debería ser el punto de partida para contabilizar la duración del conflicto que el actual Proceso de Paz intenta cerrar, no el '64. Luego de La Violencia liberales y conservadores pactan en el '57 el fin del enfrentamiento centenario y forman el Frente Nacional acordando volver a la democracia electoral formal. Habiendo combinado adecuadas dosis de exterminio y magnicidio se unían para marginar de la política a los demás. Y allí, en la marginación geográfica, social y política volvió a crecer la resistencia armada, siete años después, de entre los escombros de las organizaciones descabezadas, sin mucho sentido estratégico pero con un resentimiento que los blindó para resistir.

 

En el camino

Y resistieron, acá están hoy.

Hasta el de Santos, los gobiernos que tuvo Colombia en los últimos 60 años han hablado de paz pero ninguno hizo algo efectivo. Quizá se salve un poco Belisario Betancur, que negoció con las guerrillas soluciones a problemas sociales largamente desatendidos. Pero el desenlace se parece tanto a una traición que es difícil calificarlo.

En los '80 la izquierda se ilusionó con la apertura política planteada en los diálogos de paz promovidos por Betancur. El proceso de reinserción política y social comenzó a tener expresión electoral en el año ´86 con la aparición de la Unión Patriótica -de inspiración marxista, que incluía a las FARC, al Partido Comunista y otra serie de partidos y movimientos-, y culminó en los '90 con el exterminio físico de la izquierda.

Jaime Pardo Leal, candidato a la presidencia por la novel UP en el '86, fue asesinado al año siguiente, cuando la cuenta de correligionarios asesinados desde 1985 ya llegaba a 500. Para las elecciones del '89 fueron asesinados los candidatos a la presidencia Bernardo Jaramillo Ossa de la UP, Luis Carlos Galán del Partido Liberal y Carlos Pizarro de Alianza Democrática M-19, la expresión electoral de dicha guerrilla luego de firmar la paz con el presidente Barco.

Estas personalidades representan los "picos de iceberg" de aquella campaña de exterminio. Solamente de la Unión Patriótica fueron asesinados 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales, 11 alcaldes y alrededor de 3500 de sus militantes.

A este respecto el presidente Santos ostenta otro galardón: durante su presidencia se investigó este exterminio y en 2014 la Fiscalía General de la Nación lo declaró Delito de Lesa Humanidad, es decir imprescriptible, responsabilizando a sectores políticos tradicionales de la maquinaria genocida armada de paramilitares, fuerzas del ejército, y un nuevo actor de la época, útil para toda ocasión: la narcoviolencia.

La paz es terca, avanza igual. Los anuncios de desmovilización de los últimos días abren un espacio de cauto optimismo. Colombia está llamada hoy a buscar la estabilidad política por fuera de la lógica de la guerra.

Los colombianos están en el camino.

 

 



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