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Ríos sin cauce

Luis C. Turiansky

10.07.2017

Los disturbios que acompañaron las jornadas de protesta durante la cumbre de Hamburgo de las 20 economías mayores del mundo fueron de una violencia inusitada, trayendo sobre el tapete las debilidades de las posmodernas formas no organizadas de lucha.

Se estiman en unos 100 mil los participantes en las acciones callejeras de la semana que culminó los días 7 y 8 de julio en curso en Hamburgo, Alemania, sembrando preocupación entre los Jefes de Estado allí reunidos. De esta masa, probablemente varios cientos se dedicaron a demoler comercios, incendiar vehículos y otros objetivos que consideran otros tantos símbolos del enemigo de clase, y a enfrentar el despliegue policial, con un saldo de varios heridos (sobre todo entre los policías) e incontables daños materiales.

Estas frías cifras dan que pensar. Por un lado, es evidente que lo que animó a la inmensa mayoría de los manifestantes es el descontento general que producen los efectos devastadores de las políticas neoliberales, la claudicación de la izquierda socialdemócrata y la deshumanización generalizada de las sociedades bajo el capitalismo global. Por el otro, que ciertos grupos exaltados (o de provocadores, una posibilidad que no se puede excluir) aprovecharon este escenario para desplegar toda la panoplia consabida de acción violenta y destrucción indiscriminada. Qué buena ayuda para los manifestantes: los medios de prensa en manos de los dueños de la economía mundial no hacen la distinción que yo me tomo el trabajo de presentar, para ellos la violencia es imputable a todos los que salieron a protestar, y punto. De ahí la receta es, naturalmente, más control policial, cierre de fronteras, detenciones preventivas, juicios, disolución de organizaciones, ¿no estamos todos involucrados en la lucha contra el terrorismo?

Es muy fácil infiltrarse en este tipo de movilizaciones. Para empezar, no poseen un centro de organización ni un aparato de seguridad. La propia convocación carece de remitente, todo tiene lugar a través de las "redes sociales" y los contactos personales en el espacio virtual, en que el método "de oreja a oreja" sustituye a las formas clásicas de organización y propaganda de manifestaciones. Cualquiera, en cualquier lugar del mundo, puede decidir sumarse. Individualmente o en grupos, harán el viaje a donde las papas quemen, los que tienen se lo pagarán solos, a los demás alguien proporcionará los recursos, cada cual con su propio programa, sus consignas y sus métodos.

¡Qué no se ha dicho para elogiar a este estilo espontáneo y fresco de expresión de la indignación! Lamentablemente, como se ve, es un río sin cauce que, como tal, solo conduce a bañados y pantanos, pero no a la libre vastedad del mar.

Un señor de nombre Vladímir Uliánov, más conocido como Lenin, postuló en su tiempo que el tema cardinal de las revoluciones era el partido revolucionario, la organización consciente de la voluntad de cambio. Más tarde, su degeneración en máquina burocrática al servicio de una dictadura que actuó en nombre de un proletariado totalmente ajeno a ella, llevó a pensar que el dirigente ruso se había equivocado. O bien, que el haber soslayado ese peligro le hacía compartir la responsabilidad por los crímenes que luego se cometieron en su nombre.

Y sin embargo, ¡qué falta hace hoy una idea rectora capaz de unificar las aspiraciones de todos los que se distinguen de los que acumulan riquezas inconmensurables apropiándose del producto del trabajo humano y de la especulación financiera, es decir, la gran mayoría de la humanidad!

Es una tarea urgente, puesto que su no realización tan solo aumentará los desórdenes y la inseguridad. Hamburgo lo ha demostrado.

Luis C. Turiansky



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