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Otras literaturas: Jorge Chagas

Lilián Hirigoyen

12.07.2017

La literatura ha tenido siempre un lugar de destaque en Uruguay. Nuestra tradición es de larga data, con plumas que supieron ser guía y referencia para autores lejanos en el tiempo y el espacio.

 

La imaginación, llevada a la palabra a través de historias que simulan ser verídicas o la fantasía desdibujando el límite impreciso de la realidad y sus reglas, es el denominador común que entrelaza la finísima trama de esta selección.

Si bien han publicado en antologías y ediciones de autor, a pesar de la agilidad de pulso en su mayoría carecen de renombre, pero son poetas y narradores uruguayos dignos de conocerse porque cada uno y a su manera apunta al disfrute y al pensamiento del lector que le es afín. Por eso es importante saber de ellos, leer su prosa o su poesía, identificarse o no con el mundo que desarrollan y confirmar así que también integran el universo literario uruguayo.

A modo de introducción sirvan estas palabras, para el placer y el goce demos paso a la lectura.

Hoy presentamos en esta columna a Jorge Chagas.

Jorge nació en Montevideo en 1957. Es licenciado en Ciencia Política, escritor, historiador y periodista. Integra desde el año 1997 el Taller Literario "Ruben D´Alba".

Fue cinco veces ganador de los Premios Nacionales de Literatura en diferentes instancias. En el año 2016, en los reconocimientos otorgados anualmente por la Fundación Lolita Rubial a destacadas personalidades de la cultura uruguaya, recibió el Morosoli de Plata de Narrativa.

En breve, Jorge Chagas presentará su próxima novela "La diosa y la noche. La novela de Rosa Luna"

Afrodescendiente y descendiente de esclavos, con una narrativa particularmente rica en la temática de sus ancestros, Jorge despliega en este cuento, que ingresa en lo fantástico, toda la riqueza de su lenguaje, su sensibilidad y mágica comprensión de un mundo que a pesar de su proximidad emocional y geográfica (hablamos de nuestro país y de no hace tantos años), todavía nos resulta inextricable y con la capacidad intacta de envolvernos con el misterioso sabor de lo desconocido.

 

FIESTA DE BODAS

Cuando el  Coronel Francisco Ubal y Martínez cruzó la verja y entró en la casa quinta, los murmullos, las risas y la dulce melodía de los violines y las arpas le hicieron recordar, sin saber porqué, una pícara copla de su niñez.

                              A los  buenos huevitos de triquitaque

                              pa´ las niñas que usan miriñaque 

Faltaban pocos minutos para la medianoche  y pudo adivinar en los ojos almendrados de la dueña de casa, Misia Alejandra, la serena felicidad por la boda de su única hija. Aunque ella nada dijo, supo enseguida que se alegraba de que él hubiese, al fin, llegado.

Observó  su andar majestuoso, como una altiva reina criolla, entre los invitados que olían a almidón y agua de jazmines. El tiempo no había mellado su porte. Un abanico con diminutas pinturas de bailarines chinos danzaba inquieto entre sus finos dedos y el candelabro donde ardían cinco  velas de estearina en sus brazos de oro y bronce, parecía iluminar sólo su figura. 

La pálida luz de la luna se colaba en hebras blanquecinas a través de las ventanas y por un breve, fugaz instante, el Coronel Ubal y Martínez sintió un temor, tan inusual como involuntario, al descubrir que las sombras de los presentes se alargaban hacia el techo y un color sepia mortecino comenzaba a prevalecer en sus trajes de gala. Los muebles y las largas mesas de pino atiborradas de regalos - los libros de misa con tapas de carey, las carteritas de nácar, los aros de marfil, las enaguas - adquirían un tono especial, casi evanescente. Pero las notas musicales, cada vez más agudas, lo envolvieron suavemente y poco a poco, calmaron su espíritu. Entonces miró nuevamente a Misia Alejandra y cada ademán, cada mueca, cada mohín que se dibujaba en su cara apenas retocada por los polvos de albayalde, lo obligaron a reconocer que todavía amaba, con pasión, a esa mujer.

Todo en aquel clásico salón lucía igual que ayer. Ahí estaban los sofás de cerda con armazón de caoba, las sillas de esterilla, el piano de cola aún virgen, el espejo cóncavo en cuyo marco sobresalían un ejército de querubines que soplaban trompetas y batían tambores y, cerca de la chimenea, el omnipresente reloj de péndulo cuyas aguja doradas creyó ver detenidas. 

También estaba - en alguna parte, en algún lugar- Robustiana, la sirvienta negra que imaginaba de edad indescifrable y gigantescas tetas. Como de costumbre, no podía verla. Ni siquiera podía oír su ronca voz. Suponía que iba por la fiesta de aquí a allá, infatigable y sinuosa, como la noche que caía afuera.

Acaso la torta de crema y frutilla con la pareja de muñequitos de azúcar y merengue en su cúspide que simulaban tomarse de la mano y besarse -sus deditos apenas se tocaban, los labios de la damita, que parecía brevemente inclinada hacia delante, tenían una extraña, inquietante sensualidad- revelase su delicado toque, la maestría que desplegaba mientras amasaba y tarareaba en su jamás conquistado reino: la cocina  

O tal vez, los suaves y finos pliegues de la tiara, el velo y la cola del vestido de la novia, esa novia a la cual el Coronel Ubal y Martínez  no se atrevía a acercarse, permitiese sospechar que estuvo horas y horas sentada en la rueca y cuando terminó, su rostro de azabache se transfiguró, alzó orgullosa su obra como un tributo a sus dioses milenarios y lanzó una sonora carcajada que debió haber retumbado en toda la casa.

Robustiana, había oído decir a los pregoneros y lavanderas, podía hacerlo todo. Menos sanar las llagas del amor. Apagar esos fuegos le era, sencillamente imposible.

Mientras la música acompañaba sus pasos y bebía a pequeños sorbos una copa de oporto rememoró, no sin nostalgia, que había conocido a Misia Alejandra en los días de locura, cuando Mandinga ordenó a las ratas salir de sus madrigueras y la peste se esparció por toda la ciudad. Al despuntar el alba salía del fuerte al mando de su batallón de mulatos y cuarterones para ayudar a los vecinos en las quemas y las matanzas de los perros cimarrones. La primera vez que la vio caminaba, aparentemente sola, tras un cortejo de plañideras y era asediada por una turba de mozos alzados vestidos con sombríos disfraces mortuorios. Estaba a punto de intervenir y de pronto, se desató un inesperado aguacero, seguido de una fuerte ventisca que hizo rodar por el suelo capuchas, máscaras y guadañas de hojalata, y los mozos - atónitos y casi desnudos - corrieron a guarecerse bajo los balcones enlutados con crespones negros.

Se acercó a Misia Alejandra, que parecía distraída, y el temporal cesó abruptamente. La ventisca se convirtió en una cálida brisa que formaba remolinos con hojas caídas, los acariciaba y sus ropas lentamente se secaron. Tras presentarse caminó a su lado, casi sin darse cuenta, por una avenida de cipreses y plátanos mientras pasaban, raudos, carretones tirados por caballos percherones que cargaban cadáveres y flores silvestres.

Poco hablaron esa mañana y súbitamente todo se oscureció. En un abrir y cerrar de ojos estaban en una lejana playa, lejos de la ciudad corrompida por el hedor salvaje y el fuego, solos frente al mar calmo desde donde podían mirar las densas columnas de humo que convertían al cielo en un inmenso campo de hollín. Fue en aquella playa desierta que soñaron juntos por primera vez. En ese sueño sin nombre ambos se amaban desnudos sobre arenas rojizas y nadaban en un agua de espuma   y camalotes bañados por un sol pegajoso hasta llegar a la orilla donde eran bendecidos por una sombra borrosa que parecía una silueta de mujer que abría los brazos en cruz         

Después de la peste la campiña yerma se pobló de vacas flacas y moribundas y cosechas magras. El Coronel Ubal y Martínez no podía olvidar que Misia Alejandra recorría en una calesa los barrios bajos con canastas repletas de panes y verduras frescas y por la noche, cuando dormía a su lado, soñaba con una sombra que iba de casa en casa, montada en un alazán con una enorme bolsa de la que sacaba sin cesar panes y era rodeada por niños famélicos y descalzos, que ante un soplo de esa sombra se transformaban en azahares, los azahares se volvían cisnes que al agitar sus plumas se elevaban en el aire para trocarse en mariposas que descendían sobre unas manos negras y regordetas de mujer. Al despertar sabía por el penetrante olor a incienso, por los cebos que aspiraban junto al lecho y por el silencio y el rubor de Misia Alejandra, ajena y desvelada, que nada debía decir porque las palabras nada dirían.

Luego llegó la guerra. En los oídos del Coronel Ubal y Martínez aún resonaban los sones marciales de las dianas y redoblantes que se mezclaban con los ásperos vozarrones de sus soldados al azotar las mulas que arrastraban manchadas de sangre el cañón de tres bocas herrumbrosas a cuyo paso titánico temblaban las calles de piedras, dejando una estela de pólvora y grasa. Unas horas antes de la partida de los regimientos soñó por última vez junto a Misia Alejandra en ese mismo salón que ahora ¡tanto tiempo después! él recorría con aire ausente, sin que ninguno de los invitados diera muestras de percatarse de su presencia.  En la vigilia, antes de partir a la guerra, había podido ver - recuerda, ahora tan luego -  confusamente una sombra que se deslizaba, con blancas alas sobre los sofás de cerda con armazón de caoba, las sillas de esterilla y apenas rozaba, como si no quisiera romper ningún antiguo tabú, el intocado piano de cola. Cuando se levantó y se miró en el espejo cóncavo, no vio su imagen sino los cuerpos de dos amantes que se dormían  en una lejana  playa de arenas rojizas. Cubiertos tan sólo por una sombra- una sombra tal vez de una mujer negra - que reía y reía, sobre la cual volaba un ejército de querubines que tocaban trompetas y abrían tambores.   

De pronto, el reloj de péndulo dio las doce y los recuerdos del Coronel Ubal y Martínez se desvanecieron. No abruptamente sino que cada campanada que sonaba borraba trozos de su pasado, ahora convertido en sueño. Sintió que quedaban muy atrás el dolor, la fatiga, la sangre derramada en aquella guerra a la cual había marchado sin dudar  pese a los sollozos de Misia Alejandra y un largo beso de adiós, entre uniformes relucientes, charreteras y estandartes, que aún sentía en sus labios marchitos.

En ese momento la música se acalló y advirtió que Misia Alejandra estaba frente a él.

-Bailemos, Francisco - le dijo simplemente, mientras la copa de oporto se desprendía de su mano, caía al piso y se rompía sin ruido alguno, en mil cristales. 

Se oyeron los acordes de un vals y ambos ocuparon el centro del salón, rodeados de sombras que giraban al compás de la música que volvía a sonar con más fuerza y la pareja de muñequitos que coronaba   la torta, ahora se besaba apasionadamente. Al bailar el Coronel Ubal y Martínez deseó no haberse ido nunca, no haber peleado ninguna guerra y haberse quedado a soñar por siempre con aquella mujer que volvía a estar entre sus brazos.

-He regresado, Alejandra - le dijo con voz ahogada - Nunca más me iré de tu lado.  

Ella sonrió con infinita dulzura.

-No - le respondió - Robustiana te invocó en su sueño sólo por esta noche, para que asistieras a la boda de nuestra única hija. En realidad, nunca regresaste.

 



Lilián Hirigoyen / Escritora



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