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Acatamiento en el siglo XXI: La hegemonía de la nada

José W. Legaspi

14.07.2017

En el siglo pasado, cuando éramos jóvenes, se solía decir (y refrendar por la vía de los hechos) que una vez agotada la discusión sobre cualquier tema, se votaba y la organización salía “al exterior” con una sola posición, la emanada de esa discusión resuelta por votación.

Ese era uno de los pilares del centralismo democrático, columna vertebral del partido de nuevo tipo, la vanguardia leninista. La minoría "aceptaba democráticamente" la derrota en el debate y todos unidos salíamos a la calle con una sola posición. Eso aseguraba la unidad de acción, "respetando" la libre expresión de todas las posiciones en la vida interna.

Los entrecomillados no son irónicos, simplemente demuestran, que hicimos, de una herramienta formidable para la lucha y cohesión ideológica en situaciones extremas (dictadura, clandestinidad) la forma "naturalizada" de actuar al regreso de la democracia. ¿Fue un error? Con el diario del lunes, sí, sin duda.

Pero entiendo y respeto que, quienes abrazan el leninismo como su teoría política, aún lo apliquen.

Sin embargo, desde el siglo pasado, también, se aplicó o impuso a las fuerzas políticas integrantes del Frente Amplio. No se le llamó "centralismo democrático", pero su formulación remitía, indudablemente, a él. Parece anacrónico que una alianza de fuerzas políticas de izquierda, de orígenes tan variados (desde el cristianismo progresista hasta el marxismo-leninismo, pasando por batllistas, nacionalistas democráticos, etc) aceptara esa forma de funcionamiento.

El argumento, no obstante, era válido. La emergente coalición había definido un programa común y debía mostrarse en la actividad política parlamentaria, pública y de masas, como un solo martillo golpeando en el yunque.

Fíjese, amable lector, que había un programa acordado, discutido, entre todas las fuerzas fundadoras, y que obligaría a todos aquellos que se sumaran en el futuro.

Había un programa.

Después, con el retorno a la democracia, seguía habiendo un programa y se estableció el acatamiento al mismo como una forma de garantizar la unidad de acción. Era fácil, el programa aceptado por todos era quién regía la acción política en cualquiera de sus niveles.

Sin embargo, avanzando la democracia, debió incorporarse un elemento. En aquellos temas, que el sector, partido o grupo político, se sintiera vulnerado en sus definiciones profundas, podía solicitar la libertad de acción, para no verse enfrentado a una cuestión de conciencia.

Todo esto, escrito así, parece maravilloso, no obstante, no lo fue tanto. Costaba mucho aceptar esa libertad de acción cuando "las papas quemaban" en el debate parlamentario y exigían la suma de todos los votos de izquierda.

Seguía habiendo, sin embargo, un programa.

Hoy, casi 30 años después, hay programa, pero no se discute su validez, ni su reforma, mucho menos, su "aggiornamento" a una realidad que cambia más rápido que los mecanismos que contemplan su elaboración, y por ende, su confrontación con la realidad. Esta supera a la burocracia en agilidad.

¿Qué significa hablar hoy, en pleno 2017, de acatamiento? Me viene a la memoria aquél twit de una diputada del FA, que vociferaba en mucho menos de 140 caracteres "¡acatar, acatar, acatar!". En un Frente Amplio que no discute ideológicamente, que no discute programa, la pregunta surge espontánea: ¿acatar qué?

¿Acaso acatar la defensa que realizó el Plenario del "compañero" vicepresidente, cuando hubo mayoritaria votación a favor y alguna tímida y vergonzante abstención?

¿Acaso acatar las "explicaciones" de que casi mil millones de dólares no se perdieron, sino que se invirtieron en mejorar Ancap? ¿O se tratará acaso de acatar que la operación política de promoción del futuro candidato a la presidencia salió mal?

¿Cómo se puede acatar algo si no hay discusión, si no hay crítica o autocrítica?

¿La coalición progresista va a acatar, tal vez, que se apruebe el artículo 9 de la rendición de cuentas que levanta, en base al "derecho de olvido", la prohibición de reingresar al Estado aquellos funcionarios públicos que fueron removidos por omisión o ineptitud?

¿Acaso se tratará de acatar que no se discuta la defensa de Sendic, hecha por el presidente Tabaré Vázquez, dándola por buena o adecuada?

¿Acaso se trata de acatar que en países gobernados por "amigos" o "socios", llámese Venezuela, Brasil, Nicaragua, El Salvador, Argentina o Ecuador, las acusaciones de corrupción son inventadas por la derecha, el imperialismo y los medios de comunicación?

El acatamiento, así planteado, no es más que la muerte de la democracia. El pasado reciente, y el "socialismo real" gobernando, nos demostraron, entre otras cosas, que la democracia tiene un valor cada vez más importante para la actividad política, en particular, y humana, en general.

Plantear el "acatamiento", sin debate de nada, sin discusión, no reviste más que un intento por disciplinar la tropa.

¿Y para qué esa disciplina? Para mantenerse cerca del poder. Para alcanzar un "cuarto gobierno", para seguir manteniendo los cargos de confianza, los "corchos" que flotan en todo el amplio abanico del Estado. Para mantener, en definitiva, la nueva casta de funcionarios, dóciles o afines, a no discutir.

Mientras no se discuta aquello que más divide, es decir, el programa, los temas ideológicos que impone la realidad (robotización de la producción y los servicios, el futuro productivo a treinta o cuarenta años, políticas de estado que garanticen la viabilidad de este país), no tiene sentido preocuparse por la "unidad de acción".

Mientras no haya discusión, el acatamiento no será otra cosa que asegurarse la hegemonía de algo que cada día está más vacío, más necrosado, más muerto.

Se asegurarán la hegemonía, sin duda, pero la hegemonía de la nada.    



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