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La banca es del legislador

Pablo Mieres

17.07.2017

En el marco de un rico debate sobre el ajuste de las normas de financiamiento de los partidos políticos, surgió la iniciativa de promover una norma que establezca que las bancas legislativas son de los partidos, por lo que, a juicio de esta postura, aquellos legisladores que abandonen un partido deberán renunciar a sus bancas.

Esta postura es contraria a toda la historia política de nuestro país. Desde los años veinte el Parlamento entendió que la banca pertenece al legislador y así lo ha asumido siempre, ante muy diversas situaciones políticas que han ocurrido durante casi un siglo.

Hay dos niveles del debate, uno es de carácter jurídico y el otro de carácter político.

Desde el punto de vista jurídico, la reflexión que realizó el Dr. Washington Salvo, Ministro de la Corte Electoral, a título personal, es particularmente contundente y sólida.

En efecto, el Dr. Salvo distinguió la normativa que rige las candidaturas de la normativa que regula el estatuto del legislador. Resulta evidente que, para ser candidato todo ciudadano debe ser candidato dentro de un partido porque la normativa así lo exige; pero una vez que el candidato se convierte en legislador, se rige por el estatuto que se define en la Constitución y esta prevé las causales que determinan que un legislador deje de serlo y entre esas causales no está la circunstancia de un cambio de partido.

En efecto, para que un legislador abandone su cargo existen causales específicas que son el fallecimiento, la renuncia y la destitución por la vía del juicio político o el proceso de desafuero que pueda culminar en un procesamiento por un delito que amerite la pérdida del cargo.

Por lo tanto, desde el punto de vista jurídico, el único camino es la reforma de la Constitución.

Ahora bien, desde el punto de vista político, ¿cuáles son los argumentos que defienden la idea de que las bancas son de los partidos? El principal es la búsqueda del fortalecimiento de los partidos políticos, lo que se evalúa como un valor para la solidez de la democracia.

Se sostiene que la migración de los legisladores con respecto a los partidos por los que fueron elegidos, debilita las estructuras partidarias y, por tanto, deben prohibirse.

Sin embargo, toda la historia de un siglo de democracia en nuestro país desmiente categóricamente esta afirmación. En efecto, en toda nuestra historia moderna se ha sostenido que la banca es del legislador y se han producido numerosos episodios de cambios de partidos a lo largo del tiempo y, sin embargo, nuestros partidos han permanecido fuertes y estables; al punto de ser referencias de estabilidad a nivel internacional.

Pero, por otra parte, la cuestión tiene que ver con el hecho de que un partido puede modificar sustancialmente sus posturas, posiciones o definiciones estratégicas durante un período de gobierno con respecto al momento de la elección y generar por ello significativas discrepancias internas que motiven el alejamiento de uno o varios representantes elegidos bajo otras condiciones y otros postulados.

De esta forma se produce un contencioso sobre quién representa mejor lo que los electores decidieron al votar por un partido.

En tal sentido, el debate sobre la representatividad de los legisladores es pertinente y, en una democracia, el único mecanismo que puede dirimir esa discusión es el voto popular; es decir la elección siguiente.

Por lo tanto, es sabio nuestro ordenamiento jurídico actual, porque permite que la polémica se resuelva de la mejor manera, es decir por el voto ciudadano en la elección siguiente.

La otra opción implica avanzar hacia posiciones ideológicas de carácter leninista, en la medida que la lógica de la "disciplina partidaria" se convierte en la regla para alinear y obligar a sus legisladores a defender cualquier posición que se resuelva por la vía de las mayorías en el seno de cada partido.

Por otra parte, en nuestra historia, de acuerdo al recuento que ha realizado Óscar Bottinelli, ha habido cuarenta casos de retiro de legisladores de los lemas por los que fueron electos y de ellos treinta y ocho mantuvieron sus bancas.

Uno de los casos más paradigmáticos fue la salida de sus respectivos lemas de legisladores que concurrieron a fundar el Frente Amplio en 1971. Estamos hablando de Zelmar Michelini, Francisco Rodríguez Camusso y Alba Roballo, ninguno de ellos renunció a sus bancas. Pero si recorremos la historia moderna, se observará que ha habido cambios que han afectado a todos los partidos ya sea ganando o perdiendo bancas en el Parlamento.

Ninguno de estos procesos determinó el deterioro o debilitamiento de los partidos. Sin embargo, un cambio en el sentido indicado representaría un deterioro en la libertad de los legisladores para representar de la mejor forma a los ciudadanos. Al final, siempre será el pueblo el que laudará quiénes efectivamente interpretaron mejor el sentimiento de los ciudadanos, no está bueno que sean los pares en el Parlamento quienes decidan tal cuestión.

Pablo Mieres



Pablo Mieres

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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