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La arenga

Pablo de los Reyes

23.08.2017

Hay momentos, en los que los seres humanos logramos sobreponernos a la adversidad. Esos actos heroicos, gloriosos, están precedidos de una inyección de adrenalina, de un instante en donde todo se condensa, el cansancio, la fatiga, la razón, pero también el corazón, el honor, la rebeldía.

 

Es ese instante, previo a la batalla. Donde es necesario apelar a lo que el historiador Phillip Taylor llama "la munición de la mente", aquella que "seduce las almas y las mentes de los hombres, explotando su naturaleza agresiva para dirigirlos periódicamente al campo de batalla". Convencer a alguien de que lo mejor que puede hacer con su vida es perderla, no es tarea fácil.

Por eso las arengas, los discursos previos al enfrentamiento son tan recordados, tan enaltecidos por los historiadores, pero también son donde los escritores, guionistas, cineastas, ponen un énfasis especial.

Es un momento donde está permitido pensar en la aniquilación del otro como único medio de sobrevivir. Esos momentos son catalizadores de la ira acumulada, y son una expresión legítima de la negación del otro.

En un rápido recorrido podemos encontrar varios motivos, móviles, y apelaciones que están contenidos en esos discursos, que son comunes, que se han repetido a lo largo de la historia:

Manifestación de la lealtad: Agamenón a sus tropas, antes de tomar Troya. Homero, en La Ilíada, nos comparte el discurso de Agamenón y vemos ahí que el rey, antes de comenzar el gran asedio a troya y para comprobar la lealtad de sus hombres los invita a huir, eso sí, recordando lo innoble del acto, "Vergonzoso será para nosotros (si huimos) que lleguen a saberlo los hombres del mañana", y más adelante le hace caer todo el peso de la culpa, "Y aquel que se quede voluntariamente las corvas naves, lejos de la batalla, como yo lo vea, no se librará de los perros y las aves de rapiña". El honor para los griegos era una virtud, por lo tanto, el solo hecho de verse en la humillación de no pelear por la gloria ya era suficiente motivador para involucrarse en la batalla.

La apelación a que no hay mañana: "Desayunen fuerte y abundante porque ésta noche cenaremos con Hades" una frase hoy muy conocida, que es parte del último discurso del rey Leónidas antes de la batalla decisiva en el paso de termópilas. La película 300 retrata de forma caricaturesca un episodio real. Pero en ese episodio Leónidas hace también una referencia a que el ejército persa tenía una superioridad relativa. "Son miles de hombres, pero ningún soldado", dejando en claro las cualidades de los espartanos como las superiores a todos los demás para afrontar ese desafío.

La igualdad de los hombres: Unos cuantos siglos después en 1415 Enrique V en su huída nuevamente a Londres, tras fracasar en la reconquista de los ducados del norte de Francia, es alcanzado por el ejército francés. Allí rescatamos el discurso que Shakespeare imaginó para ese instante: Un lugarteniente le dice al rey "Ojalá tuviéramos aquí ahora aunque fuera diez mil de aquellos hombres que hoy están ociosos en Inglaterra". Enrique V le responde "Dios quiera te ruego no desees ni uno solo de esos hombres. Por Júpiter no codicio el oro ni me importa quién se alimente a mi costa, no me angustia si los hombres visten mis ropas, esos asuntos externos no ocupan mis deseos, pero si es pecado codiciar el honor, soy la más pecadora de las almas vivientes" y más aún, "El que no tenga estómago para esta batalla, que se le redacte pasaporte y se le de viático para su ida. No quisiéramos morir en compañía de un hombre que teme morir en la nuestra. Los gentileshombres que están ahora en cama en Inglaterra se considerarán malditos por no haber estado aquí y tendrán su virilidad en poco cuando hable alguno que luchara con nosotros este día. En este discurso es que se popularizó la frase Band of Brothers. "El que hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano".

Y podríamos seguir enumerando ejemplos en la historia. Pero las sociedades han evolucionado, un poco al menos y los enfrentamientos por el honor y la gloria, por la superación del otro, se trasladaron a los deportes. El deporte es un gran contador de hazañas, y el fútbol quizás sea el máximo exponente de esa práctica.

Maracaná, para los uruguayos es sin dudas la gesta heroica y gloriosa. La superación del más fuerte a manos del más débil.

Y también las arengas previas a los partidos importantes, son ese instante donde el líder trata de armonizar el sentir de todas y todos, y apelando también en la mayoría de los casos a los tópicos que antes vimos en ejemplos históricos.

Hoy las encontramos en las redes, a por cientos, pero han estado ahí siempre. Don Gregorio, Paolo, el Tony, Eguren, El Loco Abreu, Scotti, Lugano, Godín, Verón, Bielsa, Caruso Lombardi, siempre hay uno que es el que nos convoca. Esos están también en los equipos amateurs, y son el alma, la carne, y el aliento de todos sus compañeros.

Sin dudas las arengas, las charlas motivadoras, esas, en los instantes previos, son fabulosas cuando las vemos en una película, o cuando las conocemos en el fútbol.

Pero tan allá hemos ido los seres humanos en nuestro afán de lograr la gloria y ser recordados, que mucho de estos aspectos los hemos transferido a espacios donde no encajan, donde si los ponemos le cambian el sentido a todo.

Y con el devenir de los años hemos "deportivisado" la política. La hemos convertido en códigos de fútbol. Donde la cohesión del equipo y la unidad del mismo, se basan, en la negación del otro. Y la política es una construcción colectiva no un enfrentamiento. Nos hemos acostumbrado a ser arengados, a que para involucrarnos debemos esperar el mandato casi olímpico del líder. Y éste, con el fin de conseguir la mayor adhesión cuando se acerca la justa, elimina de un plumazo todo lo negativo y enaltece todo lo sublime.

Luego de la batalla no serían iguales el rey y sus súbditos, el rey seguiría siendo el rey, no cenarían en el infierno, porque el infierno, no existe.

Por lo tanto, es importante, que en política, lo que está mal, lo que daña, lo que hiere, se corrija, se explicite, y por la acción democrática, deje de existir.

Mientras no logremos erradicar el "barrabravismo", o la "deportivización" en la política, síntomas evidentes del desprecio y el desdén por el sistema democrático y republicano de gobierno, seguiremos estando sometidos a la manija, el "ponchazo", en definitiva, a la arenga. Y cuando termine la justa electoral, cuando se apaguen las luces de la campaña, y algunos hayan conseguido alcanzar su gloria, la pregunta instalada, seguirá siendo la misma...

¿A qué precio, y cuántos, de los que arengamos para compartir la gloria, una vez alcanzada, logramos que participen?

 

Columna emitida domingo 20 de agosto, "Música al ángulo", M24. 97.9 FM



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