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Manzanita se hace a la mar

Daniel Feldman

28.08.2017

Rodolfo Mario Conte Castelli tiene 68 años y hace 50 que está ligado al mar. Manzanita – que así es como todos lo conocen en su puesto de venta de pescado en Punta Carretas, en la Rambla casi frente al Museo Zorrilla- va desgranando recuerdos de ese medio siglo que de una u otra manera lo ha tenido ligado a centenares de hogares montevideanos.

¿Se la hago filete? pregunta, después de que la anchoa ha sido seleccionada y el cliente ya se imagina paladeándola.  Rodolfo Mario Conte Castelli tiene 68 años y hace 50 que está ligado al mar. Con el ruido de las olas rompiendo al fondo y las gaviotas sobrevolando en espera de una apetecible refección, Manzanita - que así es como todos lo conocen en su puesto de venta de pescado en Punta Carretas, en la Rambla casi frente al Museo Zorrilla- va desgranando recuerdos de ese medio siglo que de una u otra manera lo ha tenido ligado a centenares de hogares montevideanos.

Cuenta que no tuvieron hijos con su esposa, pero sí tiene muchos sobrinos, "aunque a ninguno se le ha dado" por eso de la pesca, por lo que, muy factiblemente -a menos que alguien repita su historia- con él se vaya una tradición de décadas.

La conversación va siendo, en muchos aspectos, un descubrimiento para alguien que su relación con el pescado comienza cuando termina la del propio Manzanita.

Su apodo data de sus inicios en estas artes, cuando joven y casi imberbe manifestaba su timidez poniéndose colorado con bastante frecuencia ante comentarios y chanzas de sus primeros colegas.

Nos enteramos que la apetitosa brótola es más cara porque no se la pesca con red, ya que entra muy poco en ella "porque es muy resbaladiza y tiene dos bigotes grandes, por lo que toca la malla y pega la vuelta". Para agarrarla se usan las brazoladas, una línea provista de anzuelo unida a otra línea madre. La brótola "es un pescado de hábito tranquilo; no es atropellada como la corvina o la anchoa", cuenta Manzanita, trasluciendo en el relato su pasión por la profesión. "Además, no anda 'cardumada', sino suelta, de a cinco o seis". Otro elemento que la encarece es que para su pesca son necesarias por lo menos dos personas, y a veces tres, con lo que "hay dos partes más para repartir".


Testigo silencioso de la "piqueta fatal del progreso"-tomado la letra de Víctor Soliño, que a manera de homenaje tiene su nombre en una calle en medio del modernismo de Punta Carretas Shopping, a pocas cuadras del puesto de Manzanita-  , parece tener cuerda para rato. "¿Qué voy a hacer?" pregunta, y él mismo responde inmediatamente: "Es bravo; el que viene a la costa es muy difícil que la deje".

 Dejemos entonces que Manzanita nos cuente su historia.

 

 

¿Cuánto hace que está en las pesca?

Acá estoy desde 1967, hace 50 años.  El 23 de julio se cumplieron 50 años que vine a esta zona.

¿Siempre estuvo en la pesca o hizo otras cosas?

No, hice algunas otras cosas. Uno de mis abuelos -por parte paterna- tenía barca de pesca. Pero mi madre no quería que yo saliera al mar. Dos de mis tíos se habían perdido en el mar, y por eso mi madre no quería. Ella falleció joven. Yo fui a la escuela, pero después no quise estudiar más, y mi padre me dijo que tenía que trabajar. Mi primer trabajo no tuvo nada que ver con esto.

¿En qué fue?

En una zapatería. Empecé a los 13 años, y estuve hasta los 18, cuando el hombre cerró y se fue. Un día andaba por acá, por la costa, y había un español que tenía una chalana. Justo estaba por salir a pescar. Ahí, en el muelle chico (y señala la ubicación, al fondo de la construcción que alberga su comercio). Me preguntó si sabía algo de pesca, y le dije que sí, "algo sé, algo conozco". Me invitó a pescar. Pero el tipo iba a pescar con los anzuelos, deportivamente. Era un jubilado. Resulta que salimos ese día de invierno, y agarramos como dos cajas de brótola. Bueno, antes no existían los cajones, recién empezaban a aparecer los primeros del SOYP, pero esa tarde agarramos el equivalente a eso. Yo pensaba qué iba a hacer con esa cantidad de pescado, y le dije: "mire, ahí abrió un Disco, en la calle Scoseria, ¿no lo querrán?". Fui hasta ahí, pero me dijeron que lo tenía que llevar eviscerado. Yo estaba con el pescado conmigo. Lo había llevado en un carrito que tenía el hombre.

Y ¿cómo se las arregló?

En frente había un bar, y pedí un cuchillo. Ahí mismo le saqué todas las tripas y las tiré en la boca de tormenta, y se los terminé vendiendo. Nosotros no teníamos puesto, no había nada acá. Como me había quedado sin trabajo, empecé a salir con el hombre. Al día siguiente fui de nuevo, y volvimos a salir con los anzuelos, porque no tenía redes, nada.

¿A qué hora salían?

De tarde, después del mediodía. Estábamos en pleno invierno, cuando esos inviernos eran salados, salados. Un día me dice: "usted, ¿qué piensa hacer?". "Y, si le parece, seguir en esto", le dije. Entonces me planteó hacer una sociedad. Nos dimos la mano y quedó hecho el acuerdo.

¿Era muy veterano el socio?

Sí, ya tenía la edad que yo tengo ahora. Como no teníamos redes ni nada, le planteé que en lugar de que la sociedad tuviera dos partes, la hiciéramos de tres, y que esta última quedara para hacer un fondo para comprar hilo, cuerda, boya y plomo para armar las redes. Él no sabía hacer redes, pero le dije que se quedara tranquilo que yo sabía. Había aprendido con mi abuelo. Acá al lado ya había otros pescadores -la Virazón- que yo a veces los ayudaba y salía con ellos. Así fue que empezamos. Juntamos unos pesos y compramos hilo; recién había empezado a venir el hilo de FUNSA, de las cubiertas.

Hasta ahí seguían pescando con anzuelo.

Con anzuelo, nada más.

¿Cuántas horas estaban en el agua?

Cinco, seis horas. Allá por los primeros días de octubre compramos el hilo y la cuerda. Yo me puse a tejer la red de corvina, ya estábamos en zafra de corvina en esa época. En unos veinte días la hice. Doscientos metros. Armada y todo. El primer día que salimos agarramos como 18 cajones. Unas corvinas rubias espectaculares. Ahí empezamos. Después que pasaron unos cuatro años, mi socio me dijo que ya estaba veterano. Ya habíamos pedido los permisos acá, pero no teníamos el puesto.

¿Qué hacían con el pescado?

Lo vendíamos todo a granel, al frigorífico. Llamábamos y se lo llevaban. Cuando mi socio me dijo que quería retirarse, le pagué la parte de él. Hicimos un recuento de todo lo que habíamos hecho, pasé la chalana a mi nombre y le pagué la mitad y quedé como único dueño. Igual él seguía viniendo, y me ayudaba con las redes... se entretenía. Yo me quedé acá.

¿Cuándo abrió el puesto?

Allá por 1997. Empezó a mermar la captura. Tenía que salir más lejos y comerme como ocho o diez horas de pesca. Entonces decidí salir más cerca, agarro una caja, una caja y media, y me va a servir más, pensé.

¿Cuánto se adentraba en el mar?

Al principio íbamos cerca de la isla.

Siempre en chalana.

Sí, sí. Teníamos un motor. Pero la cosa empezó a mermar bastante. Y así no me servía. Me comía la nafta. Entonces me decidí a vender yo el pescado, y cuando me sobrara lo revendería. Además, acá enfrente había una cervecería, Los Alemanes, a la cual le trabajé de mozo durante nueve años. Cuando no tenía el puesto, un día faltó un mozo, le hice una suplencia, y después estuve como nueve años, desde 1972 a 1981, cuando cerró.

Después no tuvo más socios.

No, seguí solo. Había algún tripulante que venía, yo le daba la parte igual -se hacían tres partes: una chalana, una tripulante y una yo-. La parte de la chalana no se puede tocar, porque es para arreglarla, para las redes, esto se rompe siempre.

¿Sale solo?

A veces salía, sí, pero ahora no permiten más. Tengo que tener tripulante.

¿No es difícil tirar la red solo?

No, puf, es una pasada. Después que uno le agarra la mano y se acostumbra, es como cualquier trabajo. Lo que pasa que el que lo ve de afuera, piensa en el mar y agranda todo. Pero todo se reduce a tener cierto conocimiento de las cosas. Nada más. Es riesgoso... como cualquier cosa.

¿Alguna vez le tocó una de esas bravas, de pensar que estaba difícil salir?

Me acuerdo de una, en 1980. Menos mal que estábamos acá cerquita. Ese día había salido con el finado de mi viejo, que a veces me acompañaba. Fue el 13 de junio. El mar parecía un plato. No me diga de dónde salió esa ola, pero nos tumbó. Por suerte fue acá, a unos doscientos metros. Ya veníamos entrando. Después pudimos rescatar la chalana. Fue la única vez que estuvimos embromados. Se levantó como una montaña de agua, nunca había visto algo así. El mar estaba plano, como esta mesa. Había caído helada. De repente mi padre atina a gritar "¡guarda!", y estábamos en el agua.

¿Nada bien?

Sé nadar, me defiendo. Más o menos llegamos a la costa, y no me podía desabrochar los botones de la camisa. Había quedado con los dedos duros.

Ahora sale más bien de madrugada.

Habitualmente a eso de las cinco, cinco y media.

¿Le lleva mucho la preparación?

En esta época no, porque mayormente se deja calada la red. Se va a levantar, se retira el pescado y uno se viene. Y los días que hay mal tiempo, no se sale.

Si hay buen tiempo, sale todos los días.

Pudiendo, sí. ¿Qué pasa? Agarra mal tiempo y se pasa tres o cuatro días sin salir... y así no hay comestible. Hay que ser muy precavido en nuestro trabajo, en el sentido de que hay que tener mucha conducta en lo que gasta. Si no, la queda. Me han tocado inviernos de tener que ir a trabajar en otra cosa.

¿Vive acá?

No. A veces, cuando salgo muy temprano, en verano, me quedo. Pero vivo por La Comercial. Soy casado, tengo mi familia. Trato de llegar bien temprano, a las cuatro. Si dejo calado, vengo un poco más tarde, a eso de las seis. Las redes quedan ancladas en el mar, con las boyas para marcar dónde están. Eso cuando el tiempo está bueno, porque si no es un engorro. Se junta una mugre, y hay que tirar todo. El pescado se ahoga.

¿Se ahoga?

Sí, porque no puede respirar por las agallas. Queda apretado y no puede respirar. Al ahogarse, se pudre más rápido que en tierra. Hay que tirar todo. Y para peor después hay que lavar todas las redes.

Eso lo hace todo usted.

Sí. También hay que remendar las redes, y lo hago yo. A veces, cuando estamos en zafra y no tengo tiempo, compro un paño nuevo.

¿Qué es el paño?

Es la red entera, la malla. Saco esto, lo corto todo, y dejo el corcho y el plomo, y la vuelvo a armar con un paño nuevo. Lo entrallo y la red queda nueva, no tengo que estar remendando. Si hay pesca, no vale la pena remendar, por el tiempo que se pierde. Antes sí, porque las redes las teníamos que hacer nosotros. Esto no existía. Cuando empecé, la primera red que teníamos era de chaura. Y había que entintarla, porque si no se pudría con el agua. Cuando volvíamos de pescar teníamos que lavarla con agua del pozo, dulce, para sacarle el salitre y tenderla a la sombra en los varales, para que no se pudriera. Si no, iba a tirar la red y se quedaba con toda la cuerda en la mano, se deshacía toda.

¿Le da para vivir de la pesca?

Arañamos a veces, no se vaya a creer que es una mina de oro. Es distinto a otros lados donde tienen barcos y es todo un negocio... esto es un trabajo. No solo está el tema de pescar. A veces, hay días que no viene nadie. Usted tiene el pescado, pero nadie viene a comprar. Donde esté feo acá en la costa, no viene nadie.

Pero usted tiene su clientela.

Sí, pero mire que la gente le dispara a la costa. Este año el clima ha sido bastante benévolo, pero el año pasado no había ni autos en julio y agosto. Entonces, ahí hay que revender o malvender el pescado.

¿Qué hace si le sobra pescado?

Llamo a algún feriante y se lo llevo. Y si hay cantidad, llamo al frigorífico.

¿Paga bien el frigorífico?

Ahora no tan mal, porque están exportando, y precisan pescado, no pueden dejar que se interrumpa la cadena. La caja de corvina la están pagando 700 pesos.

¿Cuánto es una caja?

23 quilos. Esa plata depende de dónde tengan que ir a levantarla. Ese precio es acá; si tienen que ir muy lejos, le bajan el precio. Pero, vivir de esto es todo un tema. Además, no hay pescado en la cantidad que había antes. Cuando yo empecé, había días que no se salía a pescar de la cantidad que se tenía. No había a quién vendérselo, y el frigorífico no quería porque no había exportación. El primer empuje de venta de pescado fue entre 1970 y 1976, cuando las famosas vedas de venta de carne. ¿Se acuerda? La gente iba a Canelones a comprar carne, y tenía que meterla de contrabando en Montevideo.

De todas maneras, acá no hay mucha costumbre de comer pescado.

No. Nuestra población no tiene cultura del pescado. Este es el país de la carne, y siempre va a serlo. Vaya a cualquier lado donde haya una carnicería y una pescadería y observe: en la pescadería hay un cliente y en la carnicería hay diez. Y no hay tu tía. Igual ha aumentado el consumo, y la gente come, porque los médicos han recomendado, es más sano, pero a la larga... consumen un día o dos, y después se aburren y pasan un mes sin comer pescado.

Usted come bastante.

Sí, yo como bastante porque me crié en esto, y además me gusta. Por lo menos cuatro veces a la semana. Y a veces, toda la semana. Me gusta comerlo hervido, con un mojito con pimentón, ajo, aceite, cebolla y una papa hervida para acompañar, y nada más. Estoy pronto. También, a veces lo hacemos al horno, a la cacerola e incluso frito. Una vez a la semana, como frito. Sobre todo cuando hay pescadilla de red. En verano hago mucha ensalada. Hiervo una corvina, la desmenuzo y la hago con papa, huevo duro, cebolla, tomate, aceitunas. La ventaja del pescado es que es liviano y se digiere fácil. Lo que es rico es el marisco, pero acá no hay.

Los mejillones.

¡Pah! Hay un muchacho que a veces me trae de Piriápolis, en verano.

Cuando tiene que trabajar en otra cosa, ¿qué hace?

Depende. A veces hay para ayudar en alguna cosa de pintura, albañilería.

¿Se da maña?

Sí, sí. Todo esto de acá está hecho por mí.

Cuando se embarcan tienen que avisar a Prefectura, ¿no?

Sí. Estamos conectados a través de un Handy y tenemos un canal.

¿Son muchos los que salen a pescar?

Acá salgo yo, y después están los muchachos del Buceo, que salen en cuatro o cinco barcas. A veces viene alguna barca flotante de Pajas Blancas o San Luis, que se queda un mes ahí.

En San Luis hay bastante pesca.

Había... había.

Hay bastantes barcazas.

Hay como 60. Pero muchos eran de Pajas Blancas que se fueron para allá.

¿Qué pasó en Pajas Blancas?

Hay pescado, pero no como antes.

Y a usted, ¿le gusta pescar así por deporte, con caña?

Sí, claro que me gusta. Acá tengo el equipo, y muchas veces voy ahí, a las rocas. Para despuntar el vicio. A veces hacíamos competencias con algún amigo. Íbamos para afuera, y nos comíamos cada de virazón, porque al este se levanta el viento de tarde. Yo no podía ir hasta después del mediodía.

Por ahora piensa seguir trabajando.

Y sí. ¿Qué voy a hacer? Es bravo; el que viene a la costa es muy difícil que la deje. A mí me atrae sobremanera. Los días que está lindo, a veces me siento acá atrás, un rato, después de trabajar y miro el mar. Alguno puede pensar que estoy loco; lo único que hago es mirar el mar, pero tiene un magnetismo especial. No me pregunte por qué, pero me atrae de una manera especial. Para la mente es algo impresionante. Uno puede pensar: "este está todo el día trabajando en eso, y encima después se sienta a mirar el mar". Pero es lindo mirar también del otro lado del mostrador. Es lindo. Y ahora no tanto, que la ciudad ha crecido de una manera impresionante. Antes no había nada. Cuando vine acá, había un solo edificio. Todo chalets; estaba la cervecería acá enfrente y nada más. Autos no pasaban. Este desfile de vehículos que ve ahora ni se conocía. Tampoco existía eso de la gente caminando por la Rambla. Nosotros poníamos las redes a secar en la vereda... no pasaba nadie, salvo algún vecino de acá del barrio que venía a tomar sol.

Estaba la cárcel.

Claro; no venía nadie para este lado. No lo quería nadie. Pocitos sí, era el boom. En el año que yo vine para acá ya estaban empezando a levantar edificios en Pocitos.

¿Qué pescado es el que más compra la gente?

Es muy variado. En verano funciona mucho la corvina. Además, es lo que hay; tenemos que vender lo que hay. La brótola es flor de pescado, pero no hay todo el año, como en el Este. Acá tiene su época, por el agua. El lenguado también es exquisito, pero no agarro siempre. Pero el pescado más común es la corvina. En cierta época la corvina negra, palometa: en invierno la anchoa, lisa. Pero ya después de agosto no lo agarramos. La gente a veces se queja, pero yo no tengo un barco para ir más adentro, tengo una chalana; pescamos lo que viene.

Así, con el aroma de la caldeirada invadiendo el ambiente, vecinos saludando y preguntando si quedaba algo de la pesca del día, y la temperatura en aumento de este invierno medio atípico, tomamos nuestro paquete -no nos íbamos a ir sin pescado- y dejamos a Manzanita con sus historias y su mar.




Daniel Feldman | Periodista


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