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Otras literaturas: Ana Lacoste

Lilián Hirigoyen

13.09.2017

En marzo comenzamos esta columna. La idea siempre ha sido divulgar la literatura uruguaya, dar a conocer a los escritores que todavía no han alcanzado el renombre que merecen.

 

Son, todas ellas, voces interesantes, lúcidas, sensibles, inteligentes, a las que vale la pena leer, porque el cosmos al que nos integran con sus cuentos o sus poemas posee los ingredientes necesarios para potenciar el disfrute, la reflexión, el asombro y la imaginación. Nunca se vuelve a ser el mismo después de leer a un autor que nos conmueve. Ese es el poder de la literatura: la transformación.

Entonces, ¿qué mejor que dejar en libertad esos mundos, ser parte de universos todavía desconocidos e ir descubriendo a través de la lectura el amplísimo abanico que componen los escritores uruguayos?

Hoy presentamos a Ana Lacoste.

Ana nació en Montevideo. Es profesora de Educación Física y ejerció la docencia hasta el año 2015. Egresada de QUIPUS (primer centro de formación de coordinadores de talleres literarios) coordina en la actualidad talleres con niños y adultos. En el año 2002 publicó el poemario "Trechos Movedizos". Ha participado con poemas y cuentos cortos en publicaciones colectivas: "La Sombra del Agua" "Voces en las Manos", "Pájaros en el espejo", "Como el girar del Molinete" y "Escalera D´Alba". El cuento "La Partida de las Estrellas" fue seleccionado para integrar la antología "Uruguay cuenta- Uruguay racconta", libro bilingüe ítalo - uruguayo de Rayuela Edizioni, de Milán, Italia.  

Lacoste es una excelente poeta, intensa, profunda, muchas veces extrema. Su preocupación por la desigualdad social y la injusticia marcan a fuego su poesía.

Sin embargo y a pesar de sus versos, hoy es la narrativa la que nos convoca con cuatro microcuentos. También ellos llevan la impronta de su particular estilo. En estos textos, como en muchos otros de su autoría, la violencia que subyace no se regodea en la crudeza de los hechos, es la potencia de lo sugerido lo que impacta y marca con una lectura ágil la sensibilidad de esta escritora. Porque Ana Lacoste no solo es poeta, también sabe narrar con pluma precisa y contundente.

 

LA PARTIDA DE LAS ESTRELLAS

Jorgito tenía pocos años y mucha inocencia. Creía que los muertos estaban en el cielo, por eso, en su cuarto había estrellas de distintos colores.

Tenía una estrella color lila, que había sido el color preferido de su abuela. Otra verde, para recordar al cuidador de la plaza y una color caramelo por el almacenero que siempre le regalaba golosinas. Habían muerto, pero Jorgito los recordaba por el color y el tamaño de sus astros.

Sus ojos siempre estaban alegres. Podía entrar en el cielo todas las veces que quisiera para hablar con las estrellas. El dolor de las ausencias lo había tocado respetándolo, sin marcarlo.

Jorgito tenía pocos años y no alcanzaba a sospechar el significado real de una guerra cercana, que erizaba las palabras de todos.

Un error estratégico, hizo que uno de los primeros blancos fuera el colegio al que iba el niño. A él lo rescataron ileso.

El cuarto de Jorgito ya no tiene estrellas color caramelo, lilas, verdes. Solo tiene balas de un mismo color, con nombres en diminutivo.

 

ADORACIÓN

Los antropólogos sintieron su sangre saltar de entusiasmo. Aquel movimiento de tierra, trajo a la superficie el más valioso pedazo de la historia del hombre y sus creencias. Las pruebas de Carbono 14 aumentaron su entusiasmo. Volvieron al lugar expectantes, sonrientes. Con extremo cuidado continuaron cepillando la tierra, exhalando con precaución sobre el polvo del altar, hasta que quedó al descubierto, la forma inconfundible de un revólver.

 

PASIÓN

La trampa se cerró como todas las trampas, inesperadamente.

Como siempre, cronológicamente se sucedieron el ruido de la trampa, el temblor de la presa, una lucha dignificante y la más dignificante entrega. El cazador, siempre queda con la decepción de no tener motivos para seguir desangrando y se ve entonces, cruda, realistamente reflejado en la saliva o en la sangre luminosa y viva. El olor acre lo penetra, lo invade involuntariamente y entonces responde. Con sus manos que aprietan, con su boca babeante de gozo nauseabundo, con el puntapié innecesario. Una mano se levanta y detiene la acción: tarjeta roja para el número 5.

 

NOCTURNOS

El día era el calor que crecía, atravesando la ropa, despertando la sangre. Pero la noche ¿cómo descubrir la noche?

Le dijeron que la luna era redonda y fría. Tomó en sus manos un copo de nieve hasta que se deshizo en insensibles gotas.

Le dijeron que las estrellas eran como chispas de las bengalas navideñas. Encendió una y expuso su mano a los alfilerazos del dolor.

La noche. ¿Cómo descubrir la noche?

Con sus manos extendidas hacia la nada, el ciego, buscaba inútilmente la magia nocturna.

 



Lilián Hirigoyen / Escritora



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