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imagen del contenido Ismael Blanco

Pongo mi vida en juego

Ismael Blanco

02.10.2017

Desde siempre he sentido una cierta curiosidad por lo que surge de lo onírico, digamos por decirlo de alguna manera. En realidad pensaba que más que sueños se trata de los guijos que surgen de nuestra propia vida.

De segmentos de la historiaque van con uno mismo, de esa que nunca  está en los libros que siempre recogen lo general,y que por más científico que se pretenda presentar,siempre son las líneas gruesas de los humanosescritas con la subjetividad de otros.

Yo en realidad acérrimamente he tenido debilidad por las pequeñas historias, que son pequeñas porque son de una en una.

Se me ocurre además, que las grandes enciclopedias o los extensísimos libros, en estos tiempos cibernéticos cómodamente se pueden meter enmenosdeun terabyte.  Me pongo a pensar que si bien estas herramientas donde uno puede llevar una biblioteca entera en la presilla de un pantalón, en ellas nunca aparecen aquellashistoriassencillasaún habiendo lugar sobrado para las mismas.

Me refiero a esas historiasúnicas, que son tan señeras e insignes, donde se acumulan las magnas proezas y donde se conquistaron las grandes libertades.

Las prefiero hasta para hacer valer mis propios defectos. Esos que más que por vanidad, necesito exponerlos y colocarlos en acción, porque amparan nuestro derecho a la individualidad, a esa tan necesaria que nada tienen de egolatría sino más bien de afirmación, de testimonio y de protesta.

Recomiendo este ejercicio, ya que tiene la propiedad de que hacemos constarpara empezar nuestra propia subjetividad, esa que es tan útily específica que está determinada con nuestra propia sangre, con nuestra propio aliento, con la respiración nerviosa de los peligros vividos o por los resuellos de nuestros amores.

Soy partidario de estashistoriasporque fueron percibidas por nuestros oídos. Son las tocadas por nuestra carne doliente y temblorosa. Fueron en las que posaron nuestras manos en espaldas fraternas,enlas pieles y tonos musculares eróticos y apasionados, esas que olieron los sudores del miedo.

Historiasque han tocado la materia inanimada: del garrotazo violento o la tierra de los paisajes terrenales;esas que sintieron con nuestra lengua la sal de la naturaleza  y que siempre se pueden escribir con nuestra pluma y que por nuestra boca saldrán en el idioma de nuestras palabras.

Todo esto pensaba mientras soñaba estas líneas, cuando depositaba el balasto en que se convierte la plataformaque recorremoscotidianamente con nuestros pasos y nos permiten a fuerza de porrazos vivir sin necesidad de profetas pero siempre con hambre de hermandad.

El que asevere y jure sobre el santo libro que prefiera, que nunca flaqueó, que nunca sintió que estaba a punto de hallarse derrotado, que nunca pensó en qué momento de piedad desde la esquina le tirabanla toalla a la ensangrentada lona; el que afirme y testifique bajo promesa de que en ninguna mañana le faltaron las fuerzas para levantarse a encontrarsecon el mundo que le ha tocado vivir; el que declare que anda holgado de ética, moral y buenas costumbres para juzgar a sus pares, que levante la mano y se arriesgue a que lo califique de insincero para empezar,cuando no de farsante y de hipócrita para seguir.

Cada día que pasa soy más incrédulo de que tengamos la capacidad humana para salvarnos.

Más asiduamente me cuestiono sobre cómo es posible volverse tan perverso,  tan jodidamente cínico yembustero con el prójimo, con el compañero y con el semejante y proclamarlo así como si nada sobreel Nuevo testamento, el Viejo o "El Capital".

Advierto la propagaciónde una nueva degeneración.Me animo a definirla como genética,seguro que producto de un ecosistema que se ha estado derruyendo y por tanto volviéndose peligroso al extremo.

Se trata de la degeneración genética de los discursos, de las palabras, de las prédicas y las arengas.

Nunca imaginé cuánto daño se puede hacer con las ideas; cómo es posible que los infames logren ahuecar, vaciar y destruir el contenido auténtico  y genuino de los conceptos.

Es que los juicios, las concepciones y las más nobles doctrinas no son un estandarte para que cualquiera pueda levantar, porque la bandera más hermosa,  se vuelve un trapo descolorido, raído y manoseado cuando quien la enarbola tiene ínfulas y soberbias de aurúspice o comendador.

Sé que no es nuevo.

Se trata de los mediocres de siempre.

Los enterradores de sueños y porvenires.

Traicionar siempre es jodido, pero si hubiera que hacer una gradación de traiciones, si eso fuera posible, la peor es cuando se traiciona por nada. Ni siquiera por treinta denarios. Los judas al costo.

Recordaba en estos días a Lena con su "Pobre Joaquín", cuando su versos dicen:"el no comer no mata; mata el odio y la envidia".

Decir que me he desayunado sería un disparate decirlo. No por vergüenza, de último uno se desayuna hasta el último momento de su vida. Y no repite un error dos veces sino mil.

Será una virtud o un defecto humano, pero siempre terminamos apostando a más, a seguir  otorgando créditos, a dar más fichas,  pero parece que  no hay caso, vacuna ni remedio.

Hace unos años, cuando era ingenuo o más que ahora,  me molestó porque no compartí -seguramente por incomprensión e idealismo- cuando Mastroianni,  el gran italiano, dijo que se había alejado de la política porque había mucha mierda,pero de la peor mierda, la de los propios y no de la esperablemente ajena.

Ahora bien, por si acaso aclaro no me doy por vencido, ni claudico de lo que fui, un joven rojo.

Hoy, un rojo entre muchos, de un patria desperdigada en el universo frenteamplista cuyos límites son mucho más que las paredes de "Colonia 1367".

Habito en las extensas planicies, en las llanuras donde reside el pueblo, ese que va sin distingo de oropeles y vanidades, ese en el que se deposita la esperanza de que se concreten los proyectos que aún están en mora.

Con respeto digo que nunca entendí a los que se declaran acabados, indignados, aburridos o vencidos.

Es que no son pasado, por favor créanme! Me los cruzo de tanto en tanto a las  anónimas heroínas y héroes.

Yo mismo ocupo un lugar que no me corresponde, estoy donde otro debería estar.

Y me quedo con ellos.

Me quedo con aquel que sin tener para darle de comer a sus hijos no tocó un peso de lo que debía venir para los familiares de los presos; me quedo con aquel que sin papeles y con documentos falsos se recorría decenas de kilómetros en una ciudad extraña y con forma de trampa mortal para acercar el material clandestino y era atendido con la puerta medio cerrada por una señora que anunciaba que el marido no podía recibirlo pues el señor se estaba bañando; me quedo con los que pasaron por el infierno sin preguntarles cómo lo sortearon o hasta dónde pudieron hacerlo; me quedo con el que le vino el síncope cardíaco en la colgada justo a tiempo como un siniestro alivio; me quedo con el que se quiso matar dándose la cabeza contra la pared antes que hablar; me quedo con la madre que resistió la más absoluta soledad cobijando a sus tres hijos; me quedo con la dignidad de los dignos frente a los indignos; me quedo con los que se van a morir con sed de justicia porque nunca la verán y me quedo también con el libro pendiente,  ese de las historias anónimas,  ese que se está por escribir.

Se me ocurre que es el mínimo homenaje para que aún sin vida muchos de ellos,  junto con otros con los huesos doloridos y con el lomo y el alma partida como Lázaro sigan andado.

"Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego vuelvo a empezar, sin vida, otra partida."  Ángel Gónzalez



Dr. Ismael Blanco



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