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Cataluña: pasión o sensatez

Carlos Garramón

10.10.2017

Cataluña se debate entre continuar siendo la capital cultural de España o un Estado independiente. Todo depende de si cumple la amenaza de su Presidente de declarar la independencia unilateral esta semana y de la reacción del Gobierno Central, el cual amenaza con la utilización de todos los instrumentos legales y constitucionales para impedirla.

Hace un mes atrás confieso que no hubiese interpretado el anhelo de los catalanes y su lucha por la independencia de España como lo interpreto hoy. Mi espíritu libertario, esa vieja creencia anidada desde décadas de que Cataluña no es España, que tienen su propia historia, su propia cultura, su propio idioma y sus maravillosos artistas: Miro, Gaudí, Dalí, Tápies, Serrat, entre tantos otros de igual relevancia, reforzaron esa distinción. Incluso que el Barca no es un equipo español sino catalán y que cuando se enfrenta al Real Madrid es un enfrentamiento casi internacional.

Así fue creciendo en nuestro imaginario que Cataluña no era España, incluso viajábamos a España, Barcelona e Italia. Crecimos y envejecimos con esa noción "borrosa" de que Cataluña no era un país pero era una región que se asimilaba a un país. Que no era correcto asimilarla ni compararla con el resto de España. Incluso sentirse identificado con Cataluña en sus reclamos de independencia fue siempre un código de progresismo y cultura. Con estas estructuras de ideas y emociones llegué hasta el día del referéndum. La brutal represión que el Gobierno Central descargó sobre Cataluña profundizó mis sentimientos, confirmando mi creencia de que el anhelo de independencia de Cataluña era legítimo.

El discurso del Rey reforzó mi solidaridad con la pasión independentista catalana. Me hizo tomar conciencia de que España, además de un Estado de Derecho democrático, es una Monarquía y que las disputas territoriales no solo pasan por la relación entre el Gobierno Central y los gobiernos locales, sino que hay un tercer poder representado por el Rey, al cual se lo percibe como garantía final del unionismo español. Si ese es el rol, el discurso del Rey fue descalificante. Un discurso sencillamente grosero, propio de un dirigente político y no de un Rey que como tal debería haber llamado a la calma, la reflexión y la negociación.

Sin embargo, a medida que han transcurrido estos treinta y dos días, la pasión ha ido dando lugar a la razón y, expuesto a la posibilidad de una declaración unilateral de independencia como la prometida por Puigdemont para el martes, apuesto a que prevalezca la sensatez tanto en Madrid como en Barcelona, dando inicio a un proceso de negociación que contemple el Estado de Derecho, que reconozca viejas reivindicaciones que Cataluña hace décadas viene exigiendo al Gobierno Central, las cuales sistemáticamente han sido negadas en el marco de un centralismo inflexible, encubierto en el temor independentista. Por ejemplo, no hay razones por las cuales Cataluña no pueda ser autónoma en el manejo de su infraestructura, fundamentalmente portuaria y aeroportuaria, así como retener ciertos recursos que equilibren los desiguales flujos fiscales que hoy caracterizan la relación económica entre el Gobierno Central y Cataluña.

Hoy las posiciones se han endurecido. Puigdemont reafirma la validez del referéndum, a pesar de que solo votó menos del 50% de la población y amenaza con concurrir al Parlamento para en ese ámbito declarar la independencia unilateral de Cataluña el martes. Rajoy, con el apoyo del Socialismo y Ciudadanos según él lo expresa, responde que el Gobierno Central está dispuesto a echar mano a todos los instrumentos legales y constitucionales para impedir la independencia de Cataluña.

Confrontado con esta rigidez de posiciones y después de haber tenido acceso a las imágenes y los discursos de la multitudinaria manifestación del domingo en Barcelona a favor de la "unidad", creo que es sensato dejar de lado la pasión y el fanatismo y alinearse con la posición de la Unión Europea y de la mayoría de los gobiernos que la conforman, en favor de iniciar lo antes posible un proceso de negociación. Si esta fuese la intención final de todos los actores, cabría preguntarse si tácticamente dicho proceso debe iniciarse antes o después de declarada la independencia unilateralmente. Yo pienso ahora, dejando la pasión de lado, que debería iniciarse previamente. Los daños pueden ser irreversibles si ambos actores cumplen con el rol político al que se consideran obligados y la representatividad de su electorado al que no desean contrariar.

Finalmente, hoy me sumo a quienes advierten que el nacionalismo como concepto es altamente riesgoso para la construcción europea. Cada vez son más los que lo proclaman desde posiciones populistas y de extrema derecha. El Brexit inició un proceso de separatismo que puede continuar con otros territorios. No es un momento adecuado para alentarlo. Nuevamente, ojalá que prevalezca la razón y hoy nos encontremos ante las amenazas y rigideces que comúnmente anteceden un proceso de negociación en el cual la autonomía catalana tiene mucho que reivindicar.

Carlos Garramón. PHD(C) en Economía Agraria de la Universidad de California, Campus Berkeley. Master en Economía Agraria de la Universidad Católica de Chile, Ingeniero Agrónomo de la Universidad de la República Oriental del Uruguay, Funcionario y consultor en OEA, ONU, FAO, FIDA, BID y Banco Mundial.



Carlos Garramón

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