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Carles Puigdemont

Opinión

Cataluña viaja hacia lo desconocido

11.10.2017

BARCELONA (OTHER NEWS/Por Agus Morales — New York Times en español) — En un debate tan apasionado como el de Cataluña, es curioso que un acrónimo y un número dominen la conversación: la declaración unilateral de independencia (DUI) y el 155, artículo de la Constitución española cuya aplicación suspendería la autonomía catalana.

 

La DUI y el 155 son las dos armas de mayor calibre de las que disponen el presidente catalán, Carles Puigdemont, y el español, Mariano Rajoy, que estos días se miran de reojo para ver quién pulsa antes el botón. A su alrededor, unos les piden que lo pulsen ya; otros que desactiven la crisis, al menos a corto plazo.

"Su aplicación profundizaría el conflicto", dice Jordi Muñoz, politólogo e investigador de la Universidad de Barcelona. "El artículo 155 probablemente sería la consecuencia de la DUI y haría más difícil encontrar una solución".

Puigdemont comparecerá este martes 10 de octubre ante el Parlamento catalán. Es una fecha clave. Estaba previsto que se celebrara un pleno el lunes 9, pero antes de que se convocara -y ante la posibilidad de que se hiciera una DUI- el Tribunal Constitucional español lo prohibió preventivamente. La comparecencia de Puigdemont, sin una orden del día que haga referencia explícita al referéndum, fue la fórmula que encontró el gobierno catalán para sortear al tribunal.

Las leyes por las cuales el Parlamento catalán convocó el referéndum del 1 de octubre dicen que dos días después del anuncio oficial de los resultados se deben aplicar. En este caso, que se debe proclamar la independencia. Politólogos y observadores ven poco probable que Cataluña declare de forma unilateral la independencia a corto plazo, pero no lo descartan. ¿Qué pasará mañana?

Un referéndum, muchos escenarios

"Voté que sí pero no soy independentista convencido", dice Pedro Martínez, un administrativo de 36 años que vive en El Prat de Llobregat. "Mucha gente es independentista ahora como reacción. España ha conseguido que mucha gente prefiera ir a peor que quedarse".

El independentismo sabe que lugares como El Prat, una ciudad de más de 60.000 habitantes que forma parte del llamado cinturón rojo de Barcelona, de clase trabajadora, son esenciales para consolidar su proyecto.

"Yo no voté porque era un referéndum sin ninguna garantía", dice José Manuel Rodríguez, profesor de Educación Física. "Pero votaría que no. Estoy defraudado con la política. Ya sentía que era un juego, pero ahora... Unos hacen una cosa que no es legal y los otros defienden su legalidad a palos. Los dos han olvidado el significado de la democracia".

La Generalidad contó 2.286.217 votos (43 por ciento del censo) en el referéndum. El 90,1 por ciento votó sí a la independencia, pero una parte de la población no se sintió llamada a una consulta que la justicia española declaró ilegal desde el principio. Según el gobierno catalán, 893 personas resultaron heridas a causa de las cargas de la policía española y la Guardia Civil, que intentaron desbaratar la votación. Las imágenes de violencia policial dieron la vuelta al mundo e indignaron a buena parte de la población catalana.

Las dudas del gobierno catalán para aplicar la DUI, que incluso se han hecho públicas con un artículo de uno de sus miembros, partidario de dar una última oportunidad al diálogo, se deben sobre todo a dos motivos: la legitimidad de un referéndum lastrado por la violencia policial y del que mucha gente se borró, y la previsible reacción de España: el artículo 155.

La DUI y el artículo 155 son territorio desconocido. Las vías intermedias también. En Barcelona, que se está convirtiendo en capital mundial de la imaginación política, se especula con una "DUI diferida" o con alguna otra fórmula que deje la puerta abierta al diálogo sin renunciar al objetivo final: la independencia.

"Hay muchos escenarios posibles. Todo dependerá de si hay posibilidades de diálogo entre las partes", dice el politólogo Muñoz. "El gobierno español, de momento, no ha dado ninguna señal de querer dialogar, pero hay alternativas: un diálogo interno en Cataluña entre partidarios y contrarios a la independencia o un diálogo con actores internacionales".

"En la cultura política española, pactar está visto como una señal de debilidad", dice Sonia Andolz, profesora de Análisis de Conflictos. "Es algo típico del sur de Europa. La única manera de parar esta escalada de tensión son medidas de creación de confianza. Calmar, parar y repensar. Eso solo lo puede hacer un actor externo que cuente con la confianza de ambas partes".

Andolz explica que es habitual que la parte que está en una teórica posición inicial de fuerza -en este caso España- se niegue a negociar.

"Es un error, porque el gobierno español tiene mucho que perder", dice Andolz. "Suele ser más fácil convencer a las partes si hay dos Estados, por ejemplo, porque el conflicto es simétrico. En todo caso, ambas partes deben entender que esto no se haría para ceder, sino para detener esta escalada de tensión".

La voz de las calles

En Cataluña no se habla de otra cosa: la conversación está en las calles, en los edificios públicos, en los bancos.

En la Plaza Mayor de Vic, capital de Osona, una de las comarcas con mayor tradición independentista de Cataluña, las estelades y las pancartas de colores con el sí a la independencia cuelgan de los balcones como sábanas. Por las calles hay papeletas con el sí marcado y pegatinas en las sucursales bancarias españolas. Una cabina de la principal compañía telefónica española está empapelada con el póster Vota sí, viure vol dir prendre partit (Vota sí, vivir quiere decir tomar partido).

"Estamos muy dolidos, nos han hecho muchas cosas que no nos merecemos", dice Pilar, una vecina de Vic que trabaja como cocinera. Pilar fue a votar en el referéndum. Hizo tres horas de cola.

"Es un momento histórico y muchos estamos nerviosos, con angustia. Los europeos no nos han apoyado demasiado. Supongo que lo tendremos que hacer nosotros. Esto costará", dice Pilar. "Los españoles no actuaron bien. Podían vigilar, pero no tenían por qué hacer daño. No íbamos con mala fe ni con mala leche".

Las cargas policiales del 1-O empujaron a la gente a las calles dos días después, en una huelga secundada por el gobierno catalán. Una jornada que no puede interpretarse aislada, sino entrelazada con todas las manifestaciones independentistas de las últimas semanas, con aroma a revolución, a cambio, a voluntad de hacer historia. Los turistas lo han advertido y por eso muchos de ellos pasaron de fotografiar las obras de Gaudí a las protestas.

Aunque se mire tanto a los despachos, el relato se construye en las calles, manifestación a manifestación. Ha habido banderas, muchas banderas. Pero también tambores, bailes, tractores, pakistaníes vendiendo estelades a los manifestantes, jóvenes en la Plaza Universidad de Barcelona apurando los macarrones de su tupper, latas de cerveza, bocadillos envueltos en papel de aluminio: las mejores metáforas de una movilización permanente y lúdica, no exenta de momentos de tensión.

La liturgia es densa. Tras el referéndum, muchos colegios electorales en los que hubo cargas policiales fueron engalanados, como el Instituto Pau Claris, cerca del Arco de Triunfo, con los barrotes de la entrada repletos de dibujos y flores. Todo se recuerda y se conmemora.

No solo el independentismo ha salido a la calle. Bajo el lema Parlem-Hablemos, el sábado 7, manifestaciones engalanadas de blanco y sin banderas recorrieron diferentes puntos de España suplicando diálogo. Este domingo hubo otra manifestación en Barcelona a favor de la unidad de España (esta sí, con muchas banderas). A su cierre, el premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa leyó un manifiesto.

Economía ficción

"Estoy muy agradecido a Cataluña", dice José Luis Cano, un jubilado que vive en Santa Coloma de Gramanet, en el extrarradio obrero de Barcelona.

El otoño ya está aquí, pero toda la semana ha hecho calor. En esta calle bulliciosa de Santa Coloma, se suceden las terrazas con gente tomando una cerveza. José Luis comparte una con José Antonio Pérez, otro jubilado que trabajaba como albañil.

"Todo el mundo está agradecido. Aquí luchaste, te compraste tu coche, te compraste tu pisito...", le responde José Antonio.

Ambos nacieron en el sur de España: uno en Granada, otro en Badajoz. Pero llevan toda la vida aquí, como muchos de los que llegaron y poblaron el cinturón obrero de Barcelona décadas atrás.

"¿Qué va a pasar con los 4 euros que tengo en el banco?", dice José Luis. "¿Tú me puedes contestar a eso?".

El bolsillo preocupa. El traslado de sede fuera de Cataluña de los dos principales bancos catalanes, CaixaBank y Banco Sabadell, ha sido una de las noticias más comentadas de la semana posreferéndum.

"Es una respuesta al nerviosismo que se ha vivido", dice Josep Soler, director del Instituto de Estudios Financieros (IEF) en Barcelona. "Si es temporal, no tendrá efectos. De hecho, podría frenar el nerviosismo de los agentes económicos. Si esto se alarga, será obviamente negativo, como siempre que una empresa se va de un país a otro".

Estos días se ha hecho política ficción. También economía ficción: sobre las consecuencias a corto y mediano plazo, sobre el euro, sobre la viabilidad económica de un Estado catalán, incluso sobre un hipotético corralito... Hay pocas certidumbres y muchas incógnitas.

"Si Cataluña fuera independiente, el problema más grave que veo es cómo se resuelve la garantía de depósitos", dice Soler. "El Estado catalán sería heredero de la Generalidad, que está en una situación financiera muy mala, con un solo prestamista, que es el Estado español. La recuperación de la solvencia requerirá probablemente un año, durante el cual deberá recaudar impuestos y volver a ser solvente".

"Durante esos meses, mientras se demuestra si Cataluña es solvente, ¿la gente movería los depósitos? No lo sé. Es un punto clave. El gobierno catalán debería convencer a la gente de que no lo hiciera", dice Soler.

DUI, banderas, DUI diferida, banderas, artículo 155, banderas, mediación, banderas, manifestaciones, banderas, peticiones desesperadas de diálogo, banderas, gritos de independencia y de unidad de España, banderas, bancos que trasladan su sede, más banderas... Una semana después del referéndum, no hay resaca en Cataluña. Todos saben que esta es solo la primera copa.

 

ANEXO  1 :Cataluña: todos pierden

Editorial - La Jornada

La declaración de independencia en suspenso, formulada ayer por el presidente de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, y su intento de última hora de forzar por esa vía un proceso de diálogo con el gobierno español, tuvo un doble efecto negativo y ninguno positivo: por una parte, resultó un suceso anticlimático y desesperanzador para los partidarios de la secesión de Cataluña que acudieron en cifra superior a 2 millones a votar por el sí en el referendo independentista del pasado primero de octubre; por la otra, generó una inmediata respuesta negativa de las autoridades de Madrid, las cuales rechazaron el posicionamiento y lo calificaron de chantaje, por cuanto constituyó la presentación de un hecho consumado pero de aplicación diferida.

Para colmo, la ambigüedad de Puigdemont no logró detener el éxodo alarmante de consorcios que están abandonando sus sedes en Cataluña para trasladarlas a otros lugares de España, fenómeno que amenaza con afectar de manera dramática la economía de la todavía comunidad autónoma. De alguna manera, pues, el gobernante catalán, ya situado fuera de la legalidad española, se colocó también fuera de las reglas establecidas en la catalana, según las cuales la independencia debía ser promulgada, sin más, 48 horas después de darse a conocer los resultados oficiales del referendo.

Tienen razón los ciudadanos que se sintieron defraudados ayer con esa suerte de independencia trunca, cuya consumación quedó supeditada a una negociación a la que, como era previsible, Madrid no iba a abrir la puerta. Tiene razón, a su manera, el gobierno de España, el cual fue conminado a dialogar bajo una premisa que le resulta inaceptable -la de que Cataluña es ya un Estado independiente- y no encontró más salida que refrendar la rigidez, la intolerancia y la insensibilidad que lo ha caracterizado en lo que respecta a los anhelos de autodeterminación de los catalanes. Y puede entenderse incluso la lógica de los capitales que se trasladan fuera de la comunidad autónoma a la espera de tiempos menos inciertos y convulsionados, toda vez que el proceso hacia la separación de España los deja sin certeza jurídica y hasta sin una noción clara de a quién deberán pagar impuestos.

En suma, con este paso a medias, el gobierno catalán quedó mal con todos los bandos y, a menos que recorra hasta sus últimas consecuencias el camino que inició, resulta previsible que su respaldo político y social tienda a mermar y que, con ello, el independentismo pierda buena parte del impulso que había adquirido. En lo inmediato, la declaración de independencia diferida provocó ya la exasperación de la Candidatura de Unidad Popular (CUP), una de las formaciones comprometidas con el proceso separatista, la cual emplazó a Puigdemont a poner un plazo para agotar la negociación con Madrid -un mes, más o menos-, aunque está claro de antemano que semejante negociación no ocurrirá.

Pase lo que pase en la esfera política, en la económica las cosas no pintan nada bien para Cataluña: al retiro de CaixaBank, Criteria, Sabadell y Gas Natural Fenosa, entre las más importantes, se sumó ayer el de Grupo Editorial Planeta, y no parece que la emigración corporativa vaya a menguar.

Ciertamente, el pueblo catalán tiene, como cualquier otro, derecho a la autodeterminación, y es innegable que la clase política y los medios españolistas han hecho cuanto han podido para escamoteársela. Pero es claro también que la hoja de ruta diseñada por el actual gobierno de Barcelona para conseguirlo padeció desde el inicio de debilidades e inconsistencias que ahora colocan el nacimiento de un Estado catalán en la perspectiva de un empantanamiento, y ello tendrá consecuencias lamentables para las sociedades, las autoridades y las economías de Cataluña y de España.

 

 

ANEXO 2 : La represión mediática de 'El País'

Por Vicenç Navarro*

Bajo la dirección de Antonio Caño, El País está alcanzando un nivel de sectarismo, manipulación y promoción de falsedades que está convirtiendo a tal rotativo en un mero instrumento de propaganda en defensa del status quo, especialmente hostil a las nuevas formaciones progresistas que lo cuestionan, utilizando todos los medios para destruir a los que la dirección de tal rotativo considera sus adversarios.

Ya denuncié en su día tal comportamiento, que alcanzó su máxima expresión cuando presentó la ovación que recibió el ex alcalde Pasqual Maragall en el estadio de la Vall d'Hebrón (totalmente abarrotado de gente -3.500 personas- para escuchar a Pablo Iglesias) como un abucheo. El gran aplauso que el popular ex alcalde de Barcelona recibió al entrar en el estadio se convirtió en un abucheo en el informe escrito al día siguiente por el corresponsal de tal rotativo, el Sr. Francesco Manetto. Y, como era de esperar, esta noticia fue reproducida en muchas otras contribuciones en tal diario, como en la columna del intelectual orgánico del pujolismo, el Sr. Joan B. Culla, que se refirió a tal supuesto abucheo como un claro indicador del supuesto anticatalanismo de Podemos. Escribí al rotativo pidiendo que corrigieran dicha información, sin recibir respuesta alguna. Jamás hicieron la corrección (ver mi artículo Manipulaciones y Mentiras en El 'País'. 30.12.14). Yo he sido víctima de insultos y falsedades frecuentemente, sin que nunca hayan publicado mis respuestas.

La última manipulación y falsificación de El País: la cobertura de lo que pasa en Catalunya

Pero voy a referirme solo a una noticia en la que soy, una vez más, víctima de una manipulación grosera, carente de la más mínima ética periodística cuando se refieren a mi persona como uno de los "intelectuales que lleva años defendiendo con vehemencia la secesión de Catalunya de España". Tengo que decir que incluso para los estándares de mentira y manipulación a los que nos tiene acostumbrados El País bajo Antonio Caño, esta mentira y manipulación consigue ser un récord. Me tuve que leer el artículo dos veces, pues la osadía (en lenguaje popular, la cara dura) alcanzó un récord. Pero miremos primero lo que se dice y cómo se dice. En un artículo que se titula "Los profesores activistas del independentismo", subtitulado "Un grupo de docentes catalanes en Estados Unidos lleva años defendiendo la secesión" (09.10.17), aparece mi nombre como uno de tales secesionistas, junto con nada menos que el economista más ultraliberal, más independentista y que aparece con más frecuencia en los medios de información del gobierno de Junts Pel Sí, el Sr. Sala i Martín, que es precisamente una de las personas que más he criticado en Catalunya y en España por su neoliberalismo extremista y por la escasa credibilidad y rigor que presenta en sus argumentos, incluyendo falacias económicas a favor de la secesión. El grado de ignorancia de mi postura y de mi trabajo que muestra el corresponsal de tal rotativo, Joan Faus, que escribe el artículo, es enorme, pues mi crítica e incluso denuncia de tal economista y sus falsificaciones en su campaña independentista es bien conocida y ha sido publicada extensamente, tanto en Catalunya y en España como en EEUU.

Pero, por si fuera poco, la prueba de que el Sr. Joan Faus muestra como ejemplo de mi sensibilidad supuestamente secesionista es que firmé una "Carta abierta sobre la represión política en Catalunya" junto con mi amigo Noam Chomsky y otros 47 profesores. Dicha carta, sin embargo, no habla nada de la secesión. Lo que hace es denunciar la represión que el Estado español está imponiendo a la población y a las autoridades catalanas, represión que alcanzó su máxima expresión en la brutal agresión que las instituciones públicas de la Generalitat, incluyendo las Universidades públicas catalanas, recibieron, hechos denunciados por la prensa y por la comunidad internacional, en el 1 de Octubre. Tal represión, y más tarde brutalidad policial del 1 de octubre, tenían elementos comunes a la represión policial del régimen dictatorial que yo viví en los años cincuenta en Barcelona, cuando participé en la resistencia antifasicsta. Es, además, conocido que soy miembro del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos y de la Ejecutiva de Catalunya en Comú, ambos críticos con el referéndum, aun cuando defienden el derecho de la ciudadanía de Catalunya a decidir su articulación con el Estado español, lo que les ha llevado a apoyar tal movilización como acto de afirmación de ese derecho, sin con ello reconocer tal movilización como un referéndum.

El referéndum es un instrumento para ejercer el derecho a decidir pero tal derecho incluye el derecho a escoger entre varias alternativas, una de las cuales es la secesión, alternativa que ni yo ni ninguna de estas formaciones política favorece. Además fuera el que fuera el resultado del referéndum del 1 de Octubre (que no podría definirse como tal, pues no estaba pactado con el Estado central, no teniendo, por lo tanto, las garantías que requiere un referéndum), tal resultado debería negociarse con el gobierno central. Estar a favor del derecho a decidir -soberanismo- no es sinónimo de pedir la secesión de Catalunya. Existe una diferencia entre el soberanismo y el independentismo, distinción  que parece demasiado compleja y difícil de entender para un rotativo de carácter tan propagandista a favor del status quo (que nos ha llevado a la situación actual) como es El País.

Una última observación. Tengo que pedir a mis lectores que me ayuden a difundir este artículo que intenta corregir las mentiras y falsedades que aparecen constantemente en El País, y que denuncien tal comportamiento; y si comparten mi enojo, escriban al director de El País criticándolo, como yo mismo he hecho. Aquí reproduzco la nota que le envié a El País:

En su artículo de hoy, "Los académicos activistas del independentismo"; (9/10/2017, p.26), me sorprende enormemente ver mi nombre en dicha lista, pues yo no soy secesionista. La carta que firmé, a la que el artículo hace referencia, no pedía la secesión, sino que protestaba por la represión del Estado, impidiendo el desarrollo de un referéndum, represión que alcanzó su máxima expresión el 1 de octubre. El artículo confunde la demanda de un referéndum, que apoya la mayoría de la población en Catalunya, con la demanda de secesión. En realidad, creo haber sido uno de los profesores más críticos de los autores independentistas que ustedes citan. Su corresponsal tendría que haberse informado mejor de mi trabajo.

Vicenç Navarro
10 de octubre de 2017 - Barcelona 

Espero (aunque con cierto escepticismo) que El País rectifiqué estas falsedades por dignidad y  ética periodística.

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*Vicenç Navarro ha sido Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona. Actualmente es Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España). Ha sido también profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University (Baltimore, EEUU). Fuente: Público.es

 




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