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Más allá del matrimonio gay

David Malowany

24.10.2017

Estuve días atrás en el Teatro del Notariado deleitándome con la expresión teatral del argentino Claudio Tolcachir “El Viento en el Violín", dirigida por el multipremiado director compatriota Gerardo Begérez.

 

La obra, en el género comedia negra, narra las vicisitudes de tres (?) familias, que a la vez que ya estaban confundidas por la condición de explotador y explotado, se van a mezclar todavía más cuando entre ambas se conciba un hijo.

¿Cuál es el denominador común de la trama? La ausencia de figuras paternas. Solo hay dos protagonistas masculinos (¿o tres?), el procreador involuntario, un inmaduro hijo único y su sicólogo, que en algún pasaje de la obra parece que fuese gay.

Mucho amor y poca responsabilidad, como siempre propuso la pos-modernidad. La vinculación social entre una discapacitada, su amante de condición excluida y también femenina. Por otro lado, la familia pequeño burguesa de Pocitos donde se conjuga el monoparentalismo con el complejo del hijo único. Un sicólogo que debe remplazar al padre y termina manipulado tanto por el hijo como por la madre y en toda esta dramática comparsa de irresponsables y ausentes, un niño que viene al mundo. Cualquier parecido con la sociedad de nuestros días, no es mera coincidencia.

Hace pocos días, en la reunión mensual de Espacio Identidad, propuse como tema de reflexión la asunción, por primera vez en la historia, de un(a) senador(a) transexual, Michelle Suarez, nada menos que por el mítico y casi centenario Partido Comunista. Nuestro espacio no se caracteriza por ser de derechas, sin embargo, ninguno de los participantes vio en la asunción del jurista obrerista atrapado en un cuerpo de hombre, como un triunfo de una minoría a emanciparse. Alguno de nuestros prestigiosos sicólogos afirmó: evidentemente en la casa del abogado(a) faltó la presencia paterna.

¿Por qué los hombres se alejan de las familias? El investigador uruguayo Ruben Katzman sugiere que esta dramática decisión estaría influida por la sensación de que están perdiendo legitimidad en su rol de esposos y padres al no poder cumplir con la obligación de aportar buena parte de los ingresos del hogar. Sienten dañada su autoestima en el ámbito externo, por la dificultad de encontrar inserción laboral estable, y en el familiar, porque no están actuando según lo que se espera de su rol. A ello se suma un creciente nivel de expectativas de consumo en los hijos, incidido por el mensaje de los medios masivos de comunicación. El cónyuge se siente así muy exigido impotente para poder enfrentar las demandas y desacreditado.

Así, la casi totalidad de los países de América Latina tienen porcentajes de hogares con jefatura femenina superiores al 20 %, lo que contribuye fuertemente al fenómeno conocido como "la feminización de la pobreza". Los estudios de CEPAL dejan en evidencia la mayor pobreza relativa - muchas veces la indigencia- de los hogares a cargo de una mujer".

Las consecuencias de pertenecer a una familia en donde el progenitor masculino se halla ausente son muy considerables dice Bernardo Kliksberg, además de lo que significa afectivamente, los padres aportan a los hijos activos fundamentales para la vida. Citando a Katzman señala sobre el rol del padre: la presencia de este es clave para proveer o reforzar ciertos activos de los niños: i) como modelo forjador de identidades, especialmente para los varones, ii) como agente de contención, de creación de hábitos de disciplina y transmisor de experiencias de vida iii) como soporte material, ya que la falta de aporte del padre reduce considerablemente los ingresos del hogar, particularmente porque las mujeres ganan entre el 20 % y el 50 % menos que los hombres, iv) como capital social, en la medida que la ausencia del padre implica la pérdida de una línea de contacto con las redes masculinas, tanto en el mundo del trabajo como en el de la política, y, además, al cortarse el nexo con las redes de parientes que podría aportar el padre, disminuyen significativamente los vínculos familiares potenciales. La ausencia del padre va significar la inexistencia de todos esos activos. Las consecuencias pueden ser muy concretas. Va a afectar el rendimiento educacional ante el empobrecimiento del clima socioeducativo del hogar, va a pesar fuertemente sobre el desarrollo de la inteligencia emocional, golpea la salud, crea condiciones propicias para sensaciones de inferioridad, aislamiento, resentimiento, agresividad, resta una fuente fundamental de orientación en aspectos morales.

La debilidad del núcleo familiar que, entre otros aspectos, empobrece el rendimiento educativo del niño y su "capital social" (red de contactos, pertenencia a asociaciones, etc.) y la falta de preparación son dos factores que van a contribuir a que tenga limitadas posibilidades en un mercado de trabajo caracterizado por altas tasas de desocupación. Sus chances en él son limitadas.

La ausencia de la presencia paterna en los hogares parentales de nuestros jóvenes, total o parcial, ya que muchas veces es sustituido por la pareja de mamá, le va a suponer a nuestra orgullosa sociedad la debilitación del principio de autoridad en áreas impensadas como ser el trabajo, la educación y demás asociaciones.

Un psicólogo me acaba de comentar: cuando el padre queda afuera de la familia, también el respeto a la ley que este representa e introduce de manera simbólica, va a ser un ausente en la vida de esos confundidos muchachos. Abajo el patriarcado gritarán sin embargo las feministas.

David Malowany. Abogado

 




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