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Palabras que sobran, palabras que faltan

Adriana Marrero

31.10.2017

El hartazgo venía subiéndome por la garganta desde hace semanas. Allí donde iba, donde miraba, donde leía, donde escribía o hablaba, la misma cosa nauseabunda, estúpida, cobarde, de gente mínima.

Aparece en empujes, como las epidemias; enferma y contagia, después se aletarga, pero al parecer, no va a morir nunca: la misoginia, el machismo, la violencia, el miedo a la mujer.

Para mí, la última ola de grosería empezó con una fotografía que ví en Facebook: Topolansky asumía como vicepresidente de la República y posaba junto con las Ministras del gobierno. Era una linda foto, que expresaba alegría. El autor del posteo se burlaba de ellas por mujeres, por viejas, por geriátricas. Poco después, colgué esa foto en mi muro y me quejé de las críticas que no tenían que ver ni con las políticas, ni con la actuación pública, ni con la competencia como gobernantes, sino con el solo hecho de que eran mujeres. La violencia de las reacciones me sobrepasó.Copio algunas, con faltas de ortografía y todo.

 

"Viejas de mierda"

"Quien dijo que no tenemos lobas, y de las buenas ja"

"Hay que susto...... Por suerte no tenemos que exponer en el prado... Ni depende nuestra economía de las carnes exportación. sino estamos en el horno"

"ahora el nuevo malo del mundo somos los hombres eterosexuales"

"Hola rubia, aunque estoy seguro de que estas bastante fuerte, tambien se nota que estas jugando para las veteranas??????????"

"Concha de tu madre trola foca"

"LA VAGINA NO ES IGUAL AL PENE, NI SE LE PARECE, NI LO SERA...."

"la vagina no es igual al pene, ni lo sera, la diferencia puede ser cerebral...."

 

Sólo por probar, incluí una foto de tres hombres viejos charlando juntos: Mujica, Lacalle y Sanguinetti. Nadie hizo comentario alguno; ni por su edad, ni por su aspecto, ni por su posible valor en la exposición del Prado. Ellos son personas; no sólo carne. Pedí a quienes insultaban que borraran sus insultos, o de lo contrario, los bloqueaba, como es ya una política explícita en mi muro. Nadie, que yo sepa, lo hizo. Pero no bloqueé. Quería escribir esta columna y dejarlo todo allí, como testimonio. Quien quiera, que entre y mire. Puede llevarse alguna sorpresa también: algunos de los más groseros insultos vienen de gente más o menos "ilustre".

En esos días, y hasta hace bien poco, he sido testigo de no pocos de estos gestos y dichos incómodos, violentos, irrespetuosos, de la vida diaria: es ese ex Ministro que en una reunión pública escucha respetuosamente a todos los hombres, pero cuando toma la palabra una mujer se pone a hablar ostensiblemente con el más troglodita de los asistentes, como si hubiera necesidad de subrayar el desprecio por la opinión femenina; es ese sujeto al que creemos más o menos inteligente y dice, sin inmutarse, que las mujeres no tienen derecho a ocupar cargos sólo por  ser mujeres, como si los hombres no los hayan estado ocupado sólo por ser hombres; es ese conocido de la política que cuando una mujer llega a una reunión social aprovecha a festejar por lo alto y entre risas que al fin llegó la "que está buena", como si fuera la única cualidad que puede tener una mujer; es ese periodista de la TV argentina que tras meterle, desde atrás, la mano en la entrepierna a una colaboradora, y ella lo denuncia, le dice que si quiere ser famosa, use otro sistema, y son esos periodistas uruguayos que, en televisión, se horrorizan porque ese "pobre" hombre había perdido el trabajo "por la queja de la mujer"; es ese otro sujeto que si se le discute en Facebook con argumentos, no responde pero insulta, vuelve a insultar y copia al argentino en el argumento de la fama; y es, por terminar con alguna cosa, esos actos públicos donde sólo los hombres tienen alguna voz.

También en Facebook, una amiga de la vida real, mucho más joven, se enojaba con cosas más crudas: la violación, las masturbaciones que algunos hombres practican en los ómnibus, la exhibición de genitales, el manoseo en plena calle. Recordé entonces aquel primer día en que, a mis once años, de vuelta de las clases de inglés, sentada en el ómnibus del lado del pasillo, me di cuenta de que un hombre viejo, de pie, refregaba su entrepierna endurecida contra mi hombro.Aprendí entonces, y tuve que hacerlo muchas veces, a resignar mi asiento, a ponerme de pie, a exponerme otro tipo de esas vejaciones que casi todas las niñas y las jovencitas sufren a diario, y que nadie ve porque nadie quiere ver. Por ejemplo, ¿seremos capaces, las mujeres, todas aquellas mujeres que hemos sido violadas, de decirlo en voz alta? ¿O ganará, una vez más, el miedo a la segunda violación del descrédito, la sorna, o la indiferencia? 

De esto, las mujeres sólo podemos hablar, libremente, entre nosotras. Sólo cuando esas violencias llegan a lo máximo imaginable, sólo cuando las mujeres mueren, y sólo cuando mueren violentamente en manos de un hombre despechado, es posible poner en palabras la bronca, el cansancio, el hartazgo de la violencia, y el "ni una más". Y, aun así, ya saldrá algún frustrado, resentido o violento, a violar, ya que estamos, a las reglas de la estadística misma, para negar que las mujeres son asesinadas por hombres. O ya saldrán algunos más, a explicar que la marcha del ocho del marzo, aquella que reunió a 300.000 mujeres sólo en Montevideo, no fue realmente por lo que las mujeres dicen que fue, sino que fue por otra razón que, claro está, los hombres conocen mejor que las mujeres mismas. Si no fuera patético, sería gracioso. Eso, caballeros, también tiene un nombre: se llama mansplaining, y es otra de las tonterías masculinas que las mujeres nos tenemos que fumar.

Y nos seguiremos fumando a riesgo, claro está, de que, lloviendo sobre mojado, nos insulten por el enojo, por el tedio, porque esto no se termina más.

 

Adriana Marrero

Adrianauypress@gmail.com



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