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Algunas cosas que viví con Daniel Viglietti

Héctor Musto

03.11.2017

A inicios de los '60s, vivíamos en Piriápolis. Pueblo chico en ese entonces, lindo para ser gurí. Y a mi vieja se le había ocurrido que yo estudiase guitarra.

Entonces la vieja habló con un tío suyo, Raúl Mancebo (que era presidente del que creo recordar que se llamaba Centro Guitarrístico Conrado P. Koch), para ver qué podía hacer. Y mi tío abuelo le recomendó a un tipo joven, alumno de Carlevaro, pero claro, para que le valiese la pena ir, había que juntar a varios alumnos.

Y la vieja, perseverante, juntó a varios. Al Carozo Lidner (o Liedner, no recuerdo), a los hermanos Invernizzi (Mario y Claudio), mi hermana Margarita y yo. No recuerdo si vino alguno más. Pero el tipo recomendado por mi tío abuelo, empezó a venir. Las clases las daba en casa, en Freire esquina Buenos Aires. Era un tipo flaco, alto, con el pelo largo. Se venía cada 15 días. Tomaba la ONDA y caminaba las tres cuadras hasta llegar a casa. Se llamaba Daniel Viglietti. Y nos enseñaba. Ibamos desfilando de a uno. Y de cada uno, iba sacando lo mejor. Eso duró varios años. Recuerdo que en el '63, sobre fin de año, nos regaló un disco suyo. Hombres de nuestra tierra. Con una dedicatoria, que nunca olvidaré: "A Héctor y Margarita, niños del mar". Nos daba clase, conversaba con los viejos, y de noche se iba a cenar con Don Leonard, un catalán amante de la guitarra.

Una vuelta en la escuela me pidieron que tocara en una fiesta, no recuerdo cuál era. Y le pregunté qué podía tocar. "Algo nuevo", dijo. Y sacó una hoja con pentagramas, y con sus biromes de colores (roja, azul y negra) en unos minutos se inventó un cielito. Y me dijo "dale, tocate esto"... cosa que hice. Lamentablemente, perdí ese "manuscrito". Solo recuerdo que no era fácil. Pero tengo el orgullo de haber tocado algo inédito compuesto por Viglietti.

Luego, en el '65, nos vinimos a Montevideo. Y naturalmente, empecé a ir a su apartamento de la calle Andes a seguir tomando clases de guitarra... de música. Y fue un tipo sorprendente. Por ejemplo, un día decidió no darme clase y me llevó al auditorio del Sodre a escuchar un concierto. Otro día, tiene que haber sido en el '66, me dijo "hoy vamos a escuchar música en serio". Y puso Revólver, de los Beatles. Y mientras los Beatles cantaban, me decía: "ves, eso es un ejemplo de armonía", o, lo recuerdo, "fijate en ese corno".

Seguí recibiendo clases con él hasta el '69 o '70. Se fue de viaje. Y ahí largué la guitarra. Pero aprendí cómo hay que tocar (por eso no toco más).

Y luego del exilio, nos vimos varias veces. Siempre de casualidad. La mayoría, en Piriápolis. Siempre con cariño. Una de esas veces, fue en la playa. Yo estaba paseando con mi nieto Pipo al hombro. El estaba paseando con Henry Engler. Y cuando me reconoció me preguntó: "¿Quién es este hombrecito nuevo?" Mi nieto, le dije. Lo acarició y me dijo: "cuidalo". Y Engler, por cierto, me dio una lección sobre los rayos UV...

Otra vuelta lo vi con Coriún. También en Piriápolis. Charlamos sobre política y el FA. Y sobre todo, sobre las lindas épocas de Freire esquina Buenos Aires. Y varias veces nos cruzamos en Picasso, de Carlitos, el mejor restaurante de Piriápolis.

Y la última vez que charlamos fue en la ex Impasa. Los dos esperando. Ahí le conté que había estado en su apartamento de París, y varias cosas de mi vida. Cuando me preguntó qué hacía, le dije "soy profesor de algo así como genómica en la Facultad de Ciencias". Y me dice, sonriendo... "nunca pensé que un alumno mío llegase a ser científico... no fracasé tanto contigo".

Y claro. Se murió. No voy a decir que todo lo que compuso lo compartí. No. No es así. Pero fue un gigante. Coherente. Demoré en escribir esto porque antes quise escuchar de nuevo sus canciones. Apelando a lo que me enseñó. Y cuando, desde lo que me enseñó lo escucho de nuevo, me doy cuenta de que fue un innovador. Escuchar sus canciones pensando en lo que se hacía hace 40 o 50 años, fue un revolucionario musical. Un tipo que apelando a lo difícil, igual fue popular, acá y en todas partes. Y dejó escuela. Y más allá, mucho más allá de lo que yo comparta o no de algunos de sus textos, lo admiro. Por su coherencia musical, sin dudas. Pero sobre todo por su coherencia de vida. Vivió para lo que creyó correcto. Y no dejó de jugarse. Estuvo siempre en todas las causas que entendió justas. Sin pedir nada a cambio. Más allá de matices que yo pueda tener, siempre estuvo del lado correcto. Siempre. Siempre. No son muchos de los que se pueda decir esto. Fue un hombre justo. Que jamás claudicó. Y por eso Daniel, te admiro. Desde Freire esquina Buenos Aires del viejo Piriápolis, hasta mis nietos, hombrecitos y mujercitas nuevas. Salud, maestro! Con todo el amor de alguien que no le dio para ser guitarrista pero igual tu alumno de vida, te saludo,

Héctor Musto



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