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El clavo en el sillón o el silencio de los inocentes

Alfredo Correa Reissig

22.11.2017

Es evidente que es algo voluntario el que uno siga el camino de la virtud o del vicio. Aristóteles (384 — 322 A.C.)

Una vez alguien dijo que toda historia es historia contemporánea. Eso podría con gran asombro comprobarse en un salto hacia atrás de 25 siglos.

Para ello tomaremos prestado un texto de Oscar Diego Bautista, integrante del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades (CICSyH) de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM).

"En Oriente, cinco siglos antes de Cristo, el sabio Confucio se dedicó a defender y enseñar principios éticos para un buen gobierno. En Occidente, fueron los antiguos griegos los primeros en hablar y escribir de ética en el siglo IV a. c. Sócrates, Platón, Aristóteles son sólo algunos ejemplos de grandes pensadores en estos temas. Posteriormente, en la Roma Clásica, aparecerán Epicteto, Cicerón, Séneca y Marco Aurelio, pertenecientes a la escuela estoica, que también desarrollaron y dejaron obra escrita sobre aspectos éticos.

La ética era el instrumento fundamental desde antaño para formar a los hombres de gobierno. En la antigüedad, aquel que quería participar en los asuntos públicos tenía que pasar por esta disciplina la cual era considerada como una rama de la política; era el filtro para conseguir que los hombres que llegaran a ocupar los cargos públicos obraran bien. En las antiguas civilizaciones se encuentran referencias sobre la formación en valores para los gobernantes antes de que estos tomaran posesión del cargo. Estas culturas contaban con tratados sobre el tema, códigos para la función pública y maestros que impartían este saber".

 

Entre los grandes maestros de la antigüedad clásica, destaca Aristóteles por ser el primero que sistematizó los conocimientos de la ética, vinculándolos a los conocimientos de política, presentando no una ética aislada sino una ética-política.

¿Interesante, no? Ideas-fuerza en estado cataléptico, en un sueño de 2500 años que de pronto, en un salto cuántico, aparecen en la superficie de nuestra realidad, como lava ardiente que nos interpela ante hechos de pública y triste notoriedad.

La primera reflexión que viene a la mente es, ¿qué pasó con la aventura humana que elevó al sapiens a alturas inimaginables en la tecnología y dominio de la naturaleza y lo dejó tan rezagado en los territorios de ética y moral? Y me refiero a ética y moral aplicadas a la función pública, que es de carácter sagrado y la mayor distinción y responsabilidad que le puede caber a un ser humano: administrar los sueños colectivos.

 

Una de las posibles respuestas es que tal vez debimos leer a Aristóteles antes que a Marx.

Es decir, descuidamos principios fundamentales, inmutables y permanentes, deslumbrados por ideologías que eran sistemas cerrados que sostenían verdades que se bastaban a sí mismas, que no requerían (ni pedían) la devolución de la realidad. Nos volvimos fundamentalistas. Hicimos una religión de la política. Y terminamos mimetizándonos con todo lo que supuestamente estaba en nuestras antípodas.

 

"Si la teoría y la realidad entran en contradicción, peor para la realidad. La teoría es perfecta, la realidad no".

 Esto, que fue dicho por Ramón Díaz, economista y catedrático, recordado por su concepción neoliberal a ultranza, hoy podría suscribirlo cualquier integrante del tercer gobierno frenteamplista.

El eximio genio musical del país del norte, Cazuza, en una canción llamada "Ideología" dice "yo quiero una para vivir". Apenas nos olvidamos de eso, de que la ideología es para la vida.

Nos comimos el verso de que "si es de izquierda no es corrupto, si es corrupto no es de izquierda".

Parecería entonces que (llamemos las cosas por su nombre) la CORRUPCIÓN en inherente a la naturaleza humana y que deberemos per sécula seculorum convivir con ella. Que las vacunas que fueron inventadas hace 25 siglos no generan anticuerpos en la sociedad.

¿Será así? ¿Debemos resignarnos a que siempre fue, es y será así? ¿Qué al final Discépolo tenía razón?

Para tratar de responder esas preguntas hay que formular otra: ¿Qué mecanismos perversos hacen el terreno fértil a la corrupción?

Pensemos en "nuestra comarca del mundo que hoy llamamos América Latina", al decir de Galeano y el advenimiento de todas las fuerzas de izquierda al poder, con su alto costo en miles de valiosas vidas de tantos luchadores sociales. Proyectos que perdieron la gran oportunidad de entrar por la puerta grande de la Historia para ser corroídos desde sus cimientos por la corrupción.

Pensemos en nuestro (no sé si todavía "nuestro") Frente Amplio y los tristes sucesos que venimos de vivir. Y que estamos viviendo, porque esta historia no ha visto todavía su final.

Aquí necesariamente debo pasar la narración de la primera persona del plural a la primera del singular.

Y decir que con uno de esos mecanismos perversos que le dan el pasaporte a la corrupción me topé de bruces, por causas y azares de la vida. Y se llama

 

EL SILENCIO

Porque, veamos, ninguna fuerza política está libre de que en su seno anide el huevo de tal serpiente. La forman seres humanos, con sus caídas, sus falencias, sus tentaciones.

Pero hagamos números, que son fríos y tozudos. ¿Cuántos fueron quienes con su voto en la última elección llevaron en la segunda vuelta al Dr. Tabaré Vázquez a la Presidencia? Fueron 1.226.105 voluntades. ¿Cuántos de esos son adherentes? ¿Cuántos militantes? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es cuántos dirigentes de primera línea tiene nuestra (insisto con el pronombre posesivo) fuerza política.

¿Y cuántos corruptos tenemos? Ahh... ¡perdón! no debí usar ese adjetivo/sustantivo tan políticamente incorrecto, perdón... perdón...

Digamos entonces cuántos compañeros que tuvieron "un proceder inaceptable en la utilización de los dineros públicos" (Tribunal de Conducta Política del FA) que sin embargo luego terminan siendo "compañeros que cumplieron a cabalidad...la función que les dio el pueblo uruguayo... trabajaron con honestidad...etc..etc." (Tabaré dixit)

Entonces, esos "compañeros", ¿cuántos son? ¿Qué porcentaje de los dirigentes, diputados, senadores, gremialistas, militantes de base de nuestro (sí, "nuestro") Frente Amplio?

¿Cuántos? ¿Diez, veinte, treinta? Yo puedo, con todas las credenciales, hablar de UNO.  Uno emblemático, uno que los representa a todos. "Uno" con quien me vi enfrente en un juzgado penal, acusado de "calumnia y simulación de delito"  (Penal 17º, Ficha 2-15255-2014).

No necesito nombrarlo, ¿verdad?

Pues ese "uno", ¿cómo pudo llegar a dónde llegó? ¿Dejó un agujero de 800 millones de dólares de un día para otro? ¿Nadie lo vio?

Pudo porque todos, TODOS, callaron. Peor aún, hablaron en voz baja y miraron para el costado. Barrieron bajo la alfombra. Barrieron tanto que un día saltó de golpe la mugre y nos ensució a todos. Y lo sabían, todos los sabían.

Si hasta aquí llegó el lector que viene siguiendo estas líneas es prueba de ser poseedor de una gran paciencia. Si además tiene componentes masoquistas, lo invito a ver mi columna anterior en Uypress en el siguiente link:

http://www.uypress.net/auc.aspx?80326,67

O sea que tenemos dos categorías, dos vertientes que culminan en un mismo destino: EL SILENCIO. Por un lado los "compañeros de un proceder inaceptable" y por otro los silentes, los impolutos, los del "yo no fui" al mejor estilo de Bart Simpson. Los de la mirada estrábica que desvía los ojos a un costado. Los del SILENCIO DE LOS INOCENTES.

Lo triste es que dentro de esas tantas bocas cosidas hay, como dije una vez, compañeros muy valiosos que pagaron un duro precio el mantener los principios en alto.

El silencio puede ser una herramienta valiosa. Lo fue en los oscuros años de la dictadura, donde tuvimos que aprender a decir entre líneas, a usar parábolas para elípticamente denunciar atrocidades, a usar la imaginación para burlar obtusas mentes castrenses, cuyo número de neuronas no alcanzaba a decodificar el mensaje de poetas, cantores, dramaturgos.

A veces el silencio grita, como dijera Griselda Gambaro, en su obra de teatro "La mala sangre". Pero a veces el silencio calla.

¡Paradoja! (copyright Esteban)

 

-          El silencio grita en dictadura

-          El silencio calla en democracia

 

Por suerte no todos callan. Están los que conservan alguna sensibilidad en las nalgas como para sentir el pinchazo de "El clavo en el sillón".

Dije que valiosos compañeros callan. Hay que decir también que por suerte valiosos compañeros hablan. Los que no tienen miedo de pedir perdón, ni suficiente miopía para no ver "el clavo en el sillón", los que no temen la guillotina de la disciplina partidaria.

Dije también que no necesitaba nombrar al "uno", tampoco necesito nombrar a estos compañeros que les ha tocado en suerte mantener en alto las viejas banderas del Frente.

Pero sí es necesario nombrar a los "Santos Inocentes". Los que con su silencio han abonado el camino de la vergüenza.

A eso nos abocaremos en próximas entregas de esta novela, con la tolerancia de Uypress y con base en nuestra historia personal. Quizás encontremos algunas de las claves de cómo llegamos a dónde llegamos.

Y como no haríamos honor a este reducto de libertad que hoy por hoy viene siendo Uypress, estas humildes reflexiones no deberían quedar en un compartimento estanco. Para ello mi mail surinox@gmail.com, donde aguardo comentarios y si lo desean también diatribas. Lo importante es sacudir el manto de silencio.

De hecho, de interrogantes de mi columna anterior, quedé esperando respuestas de dos de esos valiosos compañeros que han preferido la herramienta del silencio. Se los conoce como Pepe y Mónica

No importa. El silencio pasará, el "clavo en el sillón" se sentirá, la vergüenza pasará, el Frente quedará.

 

Alfredo Correa Reissig



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