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La asamblea

Ismael Blanco

27.11.2017

La historia esa que termina siendo con mayúsculas.

Aquella en la que se resume siempre en letras gruesas, la de los libros, está compuesta de innumerables hechos,  de acaecimientos generalmente pequeñísimos, de gestas y hazañas casi siempre imperceptibles que anexadas,entrelazadas unas con otras a través de la energía que brota del pensamiento, del pulsar de la sangre y la acción del  músculo humano  son las bases del todo material que termina siendo contado a manera de gran síntesis.

Pues bien, aunque las cosas sean así, sea porque no haya una mejor forma de hacer posible el gran resumen,  cada vida es una existencia que merece ser contada  salvo opinión contraria fundamentada en alguna deshonrosa y lamentable universalidad.

 

Y todo esto viene a cuento, porque hace tan solo unos días partí rumbo a Colonia del Sacramento que una vez más la confirmo tan sacramental como atractiva y tan santísimamente fascinante.

Me llevaba hasta allí una invitación extendida por un compañero-amigo, que con el calor que nace de la fraternidad no podía obviar.

 

Por cierto lo he escuchado muchoantes que a mí se me ocurriera pensarlo, racionalizarlo y repetirlo, y aún así,  es que si vamos al caso,  cada uno de nosotros por una cuestión de aprecio y afectos puramente personales  legítimamente humanos y de individualidad indiscutida, supone que lo que nos pasa tiene una característica especial, única y singular. Sin embargo basta rascar un poco las mínimas historias para comprobar que desde que el mundo es mundo yporque así viene en nuestra naturaleza,las cosas pasan sin tener nada de únicas, exclusivas o excepcionales.

 

Pero vayamos a esta historia que quiero contar, es más que pretendo subrayar.

Pedro me había dicho que la reunión sería en uno de los clubes que se ubican en la avenida principal que desemboca en el río o naciente de estuario.

Llegué en plena asamblea. Yo sabía que eran una parte importante de aquellos que hace ya casi un año se habían mandado la patriada de que en pleno verano en unos pocos días habían reunido 30.000 firmas por un reclamo justo que por razones de subjetivas interpretaciones jurídicas se les birló en burocráticos escritorios lo que la voluntad colectiva se había manifestado de manera concluyente.

Me tocó el honor de que junto con otros compañeros -no muchos, suele pasar- a pedido de ellos los asesoré en mi calidad de abogado;rectifico en mi calidad de militante político de izquierda que además es abogado. 

 

En pleno enero de este año -sí de este espinoso 2017-en una casa sobre la costa, en lo que supo ser un monte densamente arbolado y cuando la mayoría de nosotros por acumulación de cansancio echábamos el bofe, un grupo de no más de 5 o 6 militantes se planteaban un imposible, un desafío que en la normalidad uruguaya podía ser un absurdo, un reto insensato que por  honor a la sinceridad que les debo,estaba completamente convencido de en otra parte del Uruguay del estío se trataba de algo absolutamente irrealizable.

Una vez más una hazaña sacudió el tino confirmando que todos los días se aprende algo, que lo que se da por supuesto, por indiscutible no lo es tanto, que vivir si vivees una oportunidad permanente de aprender y que en tiempos de incredulidades, de traiciones y banalidad, las ideas siguen modificando la realidad como la herramienta a la materia.

 

Quien no conoce esta historia seguramente piensa por como viene el relato, que el esfuerzo se coronó con victoria y sin embargo lo que se pretendía derogar no se pudo, que muchos propios se situaron  como ajenos, que miles de voluntades no cristalizaron su profunda aspiración de llevar adelante la consulta y la opinión ciudadana quedó trunca. Sin embargo ese puñado de militantes conformó un movimiento social profundo que dio una luz, en apariencia con una luminosidad que casi podría ser un detalle pero  que por menudaes relativa porque cuando la oscuridad es cerrada una luciérnaga se torna un faro.

 

Y fue entonces que hace un par de sábados atrás nuevamente volví a Colonia. Mientras recorría la carretera lo hacia tranquilo rodeado por un paisaje que me recordaba la Toscana. Había sol. Como otras tantas situaciones lejos quedaba lo gris del paisaje que me significaba ir hacia el oeste. Durante mucho tiempo esa dirección me recordaba siempre la huida, la salida clandestina con mi madre y mis hermanos, navegando desde Carmelo, surcando lo que me parecía un interminable viaje entre islas que me recordaban en mi imaginación de niño un paisaje de Indochina. 

 

Pero la vida siempre plantea revanchas, basta vivir pienso, y también me respondo que vivir no puede ser a cualquier precio.Vivir de verdad siempre necesita decencia y dignidad, algo que no se pierde aún en la más catastrófica derrota y porque depende de uno mismo no extraviarla. Observo que para vivir sólo basta con respirar y por los tiempos que corren no son muchos que llegada la hora se mueren dignos, modestos y decentes.

 

Y vuelvo a la asamblea. Cuando llegué Pedro hablaba, con vozarrón y con potencia que da la convicción profunda; lo hacia de pie, como un veterano boxeador en el centro ring dispuesto a llevar la pelea hasta el último round disimulando los golpes bajos que atentan la salud... También vi otros rostros de conocidos batalladores, el Chinotambién estaba.

 

Cuando escuche las voces,  el sonido se lleno de obreros de Juan Lacaze,de gestas, de historias de resistencia, de nombres propios de "los dueños decasa"donde funcionaban allá lejos en el tiempo las sedes políticas de la izquierda que lejos del gobierno, de cargos y de funcionariados en una sociedad hostil y llena de preconceptos ser de izquierda en el interior de la patria significaba algo más que coraje. Escuchaba voces de pescadores del sindicato del Suntmay a mi mente venía el "rata" Franco haciéndole "pininos" al fascismo entre las dos orillas del Plata. A mujeres que a día de hoy luchan por una vivienda digna con el derecho a reclamar la urgencia de solución porque nos basta haber hecho más si cuando no es suficiente.

Y como toda asamblea hubo algún cabreo, también hubo desazones, dolores y enfados normales y justificados.

Me fui contento. Concluí que la asamblea cumplió con el requisito de ser definitivamente imperfecta como corresponde a una digna asamblea. Quienes estaban allí cumplían con el requisito de estar cuando a muchos les cae el desgano ola irritación justificada pero paralizante. Porque no es poca cosa ellos estuvieran allí porque como dice Andrea Camilleri: "si se van todos esto se llenará de cosas malas".



Dr. Ismael Blanco



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