El Partido Colorado, que gobierna Paraguay con absolutismo prebendario desde la década del cuarenta.

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Entre Dios y la Casa Blanca

José Antonio Vera

15.12.2017

El Partido Colorado, que gobierna Paraguay con absolutismo prebendario desde la década del cuarenta.

Con cortos paréntesis en la administración de la presidencia pero sin soltar jamás el poder del Estado en más de un siglo, de nuevo protagoniza la política nacional, en medio de una disputa electoral que lleva un año entre dos bandos intestinos que han logrado convulsionar la atención ciudadana en vísperas de las elecciones internas de este domingo 17, de la que saldrán los candidatos para las nacionales de abril próximo.

La jerarquía Católica, servicial junto con la Nunciatura Apostólica con el gobierno de Horacio Cartes en los cuatro años que lleva, expresó un notable viraje el viernes 8 en la homilía por la Virgen de Caacupé, a unos cincuenta kilómetros de Asunción, donde todos los años, en esa fecha, miles de peregrinos llegan de todos los rincones del país, centenas a pie, algunos de rodillas, otros en motos, en bicicletas y de a caballo, familias enteras en carretas con bueyes, y en cientos de buses y vehículos particulares.

"Con profunda preocupación vemos que las autoridades, por dar prioridad a sus ambiciones personales y de sus grupos, no pudieron o no quisieron superar el atraso... en los pobres centros educativos sin techo, en los abandonados hospitales sin remedios, en los precarios puentes y caminos, y en la zozobra permanente que sufre la población por falta de seguridad, angustiada por la banda EPP, que tiene cinco compatriotas secuestrados", denunció el Obispo Ricardo Valenzuela en presencia de Cartes y su equipo.

En las imágenes difundidas por la televisión, pudo observarse al mandatario, sentado en primera fila con gestos de ostensible malestar, al comprobar que, al cabo de poco más de un año de la llegada a Paraguay del Papa Francisco y de cinco visitas al Vaticano,  pierde un importante aliado en un influyente sector eclesial que aparenta desprenderse de la languidente jerarquía católica, desde largo tiempo cómplice, por mutismo, en la represión de las luchas populares y, en particular, contra pueblos indígenas y campesinos.

Política criminal de un Estado asociado al paramilitarismo montado por el narcotráfico y el contrabando de todo tipo de mercadería, en especial de cigarrillos, del que Cartes es el principal fabricante, que utiliza como rentable pretexto al Ejército del Pueblo Paraguayo, ese EPP mediatizado hasta en la homilía como invisible guerrilla, autora sin pruebas fehacientes de diversos actos de extorsión, con cinco personas secuestradas, una hace más de tres años, en un territorio deforestado que sólo podría tener infraestructura para la clandestinidad en las inmensas estancias con pistas privadas de aterrizaje.

Numerosos campesinos están presos, condenados a muchos años de cárcel, sin ninguna prueba de haber incursionado en delitos punibles y otro tanto de jóvenes aparecen en los noticiosos y en la oficinas policiales y del Ministerio Públicos como enemigos de la sociedad, por los cuales el Estado ofrece millones de guaraníes de recompensa a quienes los delaten, logrando conformar lapidarios juicios contra ellos entre la ciudadanía.

Toda la superestructura del país, los tres poderes del Estado, la iglesia católica, los centros evangélicos, la masonería, el empresariado y los partidos políticos de todos los colores, tienen responsabilidad, por complacencia, en el acoso constante de los hogares más humildes del campo, donde militares y policías abusan, atropellan e incendian rancheríos, tras robar las pocas pertenencias de los labriegos, expulsados a las plazas de las ciudades donde sobreviven de la limosna, en carpas miserables, dejando sus tierras a merced de las transnacionales del agronegocio, y del tráfico de toda laya.

Si bien el Partido Colorado, en la mayor parte de sus 130 años de existencia,  siempre ha operado electoralmente montando sainetes de lucha intestina que, a poco andar revelan aburridas tácticas demagógicas, en estas internas hilarantes, sin ninguna propuesta de política social, pero motorizada por una millonaria circulación de dólares,  hay elementos que evidencian que esta vez la pelea es real, aunque sólo sea por mantener u ocupar los cargos de privilegio, con total ausencia de disputa ideológica.

A juzgar por algunas encuestas, se produciría un final cabeza a cabeza entre el candidato oficialista, Santiago Peña, economista formado en Estados Unidos y exfuncionario del FMI, converso liberal impuesto, por encima de todas las normas internas, por orden de Cartes y probables poderes fácticos, contra Mario Abdo Benítez, otro cincuentón, que promete rescatar los principios agraristas fúndanles del coloradismo paraguayo. Su padre fue uno de los más estrechos servidores del General Alfredo Stroessner en sus 35 años de satrapía.

Como está la puja entre ambos, se necesita la magia de Irineo Leguisamo en el manejo de la fusta, para lograr una victoria por un hocico, sin que el resultado pueda afectar la opción por la política irradiada desde Washington, con el castigo a los trabajadores, la privatización de las empresas públicas, por ahora mediante la tercerización de los servicios y la precariedad del empleo, aplicando la línea impuesta en Argentina y Brasil, con honda corrupción estatal, endeudamiento externo acelerado y haciendo de la mentira en las cifras económicas y de la seguridad nacional, la primera inspiración de los informes oficiales, base para merecer un lugar en las firmas del Acuerdo Mercosur-Unión Europea.  

El Partido Liberal Radical Auténtico, cuyos dos últimos adjetivos calificativos va dejando en el camino su decadencia orgánica, también incursiona en las internas pero lejos del fervor de la tradicional familia adversaria, casi convencido de que su pelea está en el Parlamento y, en especial en el Senado, cruzando votos entre 15 nóminas, como jamás ocurrió.

Efraín Alegre, un anodino funcionario y fugaz Ministro de Obras Públicas en el Gobierno de Fernando Lugo (2008/12), desprolijo en su función y privatista al igual que los demás contendientes, aparece sin rival porque su oponente, Mateo Balmelli, también con recetas monetaristas, ha sido derrotado antes de la carrera, por el bochornoso comportamiento de su jefe político, el Senador Blas Llano, de estrechos vínculos con Cartes.

En abril, si se realizan las elecciones a todos los cargos del Estado, como está previsto, excepto el geriátrico Judicial, cuyos miembros se reeligen entre ellos, la disputa mayor estaría entre el candidato colorado y Alegre, en representación de GANAR, una alianza del oficialismo liberal con el Frente Guasu, el Partido Avanzar y otras fuerzas minúsculas. La Federación Nacional Campesina, su partido Pyahurá y otras banderas no se han sumado.

Un cúmulo de cruces de llamadas, algunas incluso desde el mismo domicilio presidencial, reveladas estos días, confirman que Llano, hasta hace un par de años principal figura liberal, viene operando junto a Cartes en actos inescrupulosos que incluyen el golpe de estado parlamentario que derrocó a Lugo en junio del 2012, tras una masacre de campesinos y policías una semana antes, montada como pretexto para el juicio político de apenas 24 horas que cortó un proceso de cuatro años de avances sociales.

Cartes nunca ha estado ajeno a todos esos hechos y el poder de su inmensa fortuna le ha permitido subirse a la cresta de los colorados, pisoteando los estatutos del partido, tejiendo alianzas con Llano, pero también con Lugo y con otros referentes, en una obra de hilandería que le ha permitido desembozadas incursiones en todas las familias partidarias, en especial la liberal, debilitada y desacreditada por la traición que operó hace cinco años desde la Vicepresidencia de la República, para hacerse de la titularidad.

En su corta actividad en política de Estado, el hombre que muchos definen como la persona más rica de Paraguay, se ha consagrado el principal destructor de la vida partidaria en este país, mísera desde tiempo, incluyendo a los dos viejos emblemas y a lo que había comenzado a formarse en torno a la figura de Lugo. Hay inquietud en algunos medios, porque nada asegura estabilidad social en estos días ni en estos meses

Avieso accionar que genera apoliticismo, rechazo visceral de la política que, para buena franja de la ciudadanía, es sinónimo de corrupción y amoralidad, dejando un vacío de alternativas, el resquebrajamiento de aparatos y el abandono de muchas figuras emergentes convencidas de ser víctimas de la traición de sus principales dirigentes. En marzo pasado, ello culminó con el asesinato por policías del joven dirigente Rodrigo Quintana, al interior mismo de la sede del partido, y con el encarcelamiento de varios y del exilio de cuatro en Uruguay, en lo que bien podría interpretarse como un ensayo para planes de mayor desestabilización.

 

José Antonio Vera

 



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