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¿Más cerca del fin?

Alejandro Domostoj

03.02.2018

La movida ruralista que irrumpió en la clásica tranquilidad estival de nuestra penillanura suavemente ondulada, ha escapado (hasta ahora) de nuestro abordaje en estas columnas.

 

Es que es un tema complejo, con variadas aristas y que además parecería viene a repercutir mucho más allá del tema en sí y sus legítimo -o no- reclamo inicial. Trataremos de ver un poco más allá, subiendo el número que se ha montado al ya sobrecargado y complejo escenario de la sociedad de nuestros días.

Lo primero que resulta necesario reconocer es que en la movilización existe una base cierta y legítima, que no por ser tal tiñe de legitimidad a toda la movilización en sí, donde se suman otros sectores, otros reclamos y otros intereses que pueden estar en el extremo opuesto y hasta entrar en contradicción con la legitimidad primaria. En efecto, no puede discutirse que la producción nacional es uno de los motores de la economía, conviviendo en el rubro diversas y complejas realidades que escapan al conocimiento y capacidad de análisis de quien esto escribe. Asumiendo entonces la legitimidad de algunos de esos sectores, sobre todo los más pequeños que alejados de la especulación hacen de la actividad productiva su vida, sustento y hasta tradición familiar, ya la cosa se desvirtúa con la sumatoria de grandes sectores empresariales, de potencias productivas, de "familias" de alcurnia, escritorios de negocios, cámaras empresariales y hasta la asociación que nuclea a los explotadores de nuestros medios de comunicación radiales y televisivos. El combo, al que se sumaron hasta operarios turísticos de Punta del Este (cuando una de las propuestas era desabastecer al sector) o los "Centros Comerciales" (cuando otra de las propuestas, la suba del dólar, impactaría negativamente en ellos vendedores de productos importados) lejos de fortalecer al reclamo inicial, lo debilitó, inundándolo intereses contradictorios, lo que nos lleva a pensar que tras los motivos visibles existen otros aún ocultos.

Como si faltara algún ingrediente a este "cóctel de autor" casi todo el arco opositor fogoneó la movida, que finalmente se convirtió en lo que ellos han querido pero no han podido -o no han sabido- hacer: pararse frente a un gobierno y decir a viva voz que están en sus antípodas, enfrentando al proyecto sin medias tintas.  

Es que al gobierno y al Frente Amplio hay mucho para criticarle, pero eso es una cosa y otra es enfrentar el proyecto asumiendo los costos de expresarlo. Está claro que los costos de la inversión en política sociales molestan a sectores que estaban acostumbrados a ser los únicos destinatarios de la asistencia estatal (socializando sus pérdidas, pero nunca sus ganancias) al mismo tiempo que aprovechaban la penuria económica de los sectores más empobrecidos para aumentar sus ganancias usando mano de obra barata y desregulada.  

El último que se animó a expresarlo claramente apelando a la archiconocida frase de la motosierra fue Lacalle padre. Tan es así, que el hijo, devenido en su sucesor en la aspiración del sillón presidencial, hasta hoy "no se acuerda" si votó o no la Ley de 8 horas para los trabajadores rurales, esos que integran la "familia del campo" y que "por amor" trabajaban de sol a sol sin derecho a horas extras o limitación de la jornada. Paradojal resultó escuchar en la "cadena ANDEBU" que transmitió en directo los acontecimientos del 23 en Durazno, algún peón consultado por su presencia, que tras decir que estaba allí porque el campo no daba más aprovechó para meter el aviso "... y para mejorar el sueldo también". 

Pero el eje central, el que resume todo, es el enfrentamiento a la política económica. Es que si hay un éxito claro en estos 13 años de gobierno es precisamente ese. Más allá de la discusión sobre la posibilidad de su profundización o no, claro está que el manejo de la economía le ha permitido al Frente Amplio sostener todo su proyecto, destinando recursos para las políticas públicas, garantizando el aumento del poder adquisitivo, sortear crisis externas sin repercusiones, y crecer con constante distribución. Y aquí está el quid, el país crece como nunca, pero como nunca se reparte la torta también. Es lógico entonces que sectores, que no están en crisis, ni con pérdidas, pero sí que ven disminuidos sus históricos márgenes de ganancias, salgan con fuerza a enfrentarse para parar ese, para ellos, injusto reparto. Quieren volver a los postulados de concentrar el crecimiento en pocas manos, en aras de una mejor competitividad que los hará ganar más, y cuando ganen mucho, entonces por efecto mágico empezará a chorrear a los de más abajo, esos que hoy el Estado asiste con una sólida regulación laboral, con históricas transferencias para educación, salud y políticas sociales, todo lo cual tienen efectos redistributivos que se ven reflejados en un simple deambular por las calles.

Entonces la movida del 23 y sus posteriores acciones se desnaturalizaron, trascendieron el inicial reclamo "rural" y parecen ser hoy la verdadera plataforma de la oposición antagónica al gobierno. Las señales que nos permiten confirmarlo son claras: continuar movilizados, aunque se le den respuestas; declararlas insatisfactorias, aunque atiendan a los sectores más comprometidos; demorar la instalación de las instancias de diálogo, aunque hayan sido por ellos mismos reclamadas; pero sobre todas las cosas, repetir en sus redes y medios de convocatoria sórdidos mensajes de incitación al odio y radicalización sin más sustento que muletillas vacías de contenido. 

Hay que reconocer que el Ing. Blasina -orador del 23 de enero en Durazno- intentó darle contenido serio y fundado al planteo, pero hoy viene perdiendo la batalla por goleada, de hecho, empezó a perderla el mismo día cuando los fogoneros no estaban dispuestos a escuchar ni una sola palabra que reconociera los inocultables avances. Y se lo hicieron saber mientras lo escuchaban.

También tenemos que reconocer que el partido de gobierno sigue estando lerdo y lento, y desde su institucionalidad hay una notoria y alarmante falta de conducción y capacidad de respuesta. Resulta paradojal que una organización política que tienen entre sus filas de simpatizantes y adherentes a prestigiosos profesionales de la comunicación y la ciencia política, a lo que se suman recursos económicos y los privilegios que da la propia posición de gobierno, descanse su estrategia comunicacional y política en el amateurismo y la improvisación, lo que ha llevado a su militancia a organizarse para intentar paliar tal situación. 

Pero claro, si alguien piensa que la cosa pasa por ver quién va primero en la tendencia de Twitter, no está entendiendo nada de lo que hay frente a sus narices. Seguramente, quienes fogonean la movida no previeron que al hacer aparecer en ella a todos los sectores conservadores y a lo más rancio de la sociedad provocarían una reacción militante frenteamplista, que la fuerza política de gobierno hace rato buscaba y no lograba concretar. Pero la ausencia de conducción de esa reacción hace que muchas veces la misma se vuelva funcional a la estrategia de quienes pretenden generar -cual modelo argentino- una brecha entre dos bloques (estrategia que por cierto la izquierda utilizó cuando fue oposición con muy buen resultado)

Entonces nos enfrentamos a la interrogante del título, la tranquilidad de la penillanura suavemente ondulada; la solidez del sistema de partidos; la pacífica convivencia democrática entre actores de diferentes pensamientos; la convivencia entre amigos y familiares cada uno con ideologías políticas diferentes almorzando en una misma mesa; todos esos orgullos del único país con democracia plena en la región ¿están más cerca del fin?

Alejandro Domostoj



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