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imagen del contenido Gabriel Francescoli

Columna de Ciencia y Tecnología

Gabriel Francescoli

06.02.2018

Probablemente cualquier persona ha experimentado placer o curiosidad al escuchar el canto de los pájaros o los sonidos de los grillos, al ver los gestos de los monos, o al percibir el olor de un zorrillo o de una chinche.

Todas esas "señales" son parte de las formas que tienen (que tenemos) los animales para comunicar(nos). La Etología y la Biosemiótica abordan desde diferentes puntos de vista, que no son necesariamente opuestos, el estudio de los mecanismos que permiten que nos entendamos entre individuos de la misma especie e incluso entre especies diferentes.

 

Los seres vivos parecen tener una cualidad única que no comparten los elementos inanimados y es la capacidad de comunicar(se). La Biosemiótica propone que la definición de "vida" se relacione exactamente con la capacidad de un sujeto de generar e interpretar signos, y con su capacidad de comunicar. Dentro de la Etología, históricamente ha habido una sub-área de estudios dirigidos a comprender cómo se comunican los animales, no sólo por qué medios sino también en base a qué estrategias. Se podría decir, entonces, que ambas disciplinas tienen abordajes complementarios y que un intercambio de ideas e interpretaciones podría ser fructífero para ambas.

Los sistemas comunicativos son la base de una gran mayoría de las interacciones entre los animales, y entre animales y plantas, de manera que gran parte del comportamiento animal está inspirado por señales comunicativas. Es más, en un área especialmente sensible del comportamiento como lo es la reproducción sexuada -área comportamental de la que dependen la generación de la descendencia, la propagación de las especies en el tiempo, y buena parte de la adaptación al ambiente- la comunicación es esencial para que los animales se encuentren, se reconozcan y se "sincronicen" para reproducirse.

Los Mecanismos de Aislamiento Reproductivo (MAR), que son aquellos mecanismos biológicos que mantienen a las especies separadas entre si de manera de evitar la hibridación, dependen fundamentalmente de procesos comportamentales, y en muchos casos el filtro fundamental es el uso de señales durante el cortejo que permite a los integrantes de la pareja reconocerse como miembros de la misma especie y de sexos opuestos. Se puede decir entonces, que una parte muy importante de la evolución de las especies y organismos está regulada por los mecanismos comunicativos, que constituyen una de las principales barreras a la hibridación y, por ende, a evitar la puesta en marcha de barreras post-copulatorias que generalmente operan como mecanismos celulares o genéticos de costo importante para los organismos involucrados. Evitar la hibridación preserva el "capital" genético de la especie o de la población adaptada a ciertas condiciones de vida y les permite prolongarse en el tiempo, adaptándose cada vez mejor a las características externas del lugar donde viven.

También los sistemas comunicativos son casi imprescindibles en todo tipo de organización social animal, porque cumplen con un papel de mediación entre los individuos de un grupo social ya sea para cooperar y/o para disputar algo. Una característica saliente de los sistemas comunicativos en este aspecto, es que las señales generalmente permiten resolver disputas sociales sin tener que llegar al nivel de la agresión física, lo que logra preservar la integridad (física) de los individuos y de sus grupos sociales.

Los animales, todos los animales incluida la especie humana, comunicamos y usamos diferentes medios para ello. El lenguaje humano explota sólo una modalidad de las varias que existen: la comunicación por sonidos o comunicación acústica, aun que los humanos usamos. Pero los animales como Reino de la naturaleza, presentan al menos 7 modalidades de comunicar: la ya mencionada comunicación acústica (por medio de sonidos), la comunicación visual (por medio de movimientos, colores, construcciones, e incluso generación de luz), la comunicación química (olores, compuestos químicos liberados al aire o agua, o depositados como marcas, llamados en general feromonas), la comunicación táctil (tocar, acariciar, presionar, lamer, etc), la comunicación eléctrica (que se da esencialmente en animales acuáticos, a través de campos eléctricos generados por ellos mismos), la comunicación sísmica (que se da a través de ondas provocadas por golpes sobre un substrato duro), y la comunicación por infrarrojos (que aparece en algunas especies de ardillas de Norteamérica, y que es fundamentalmente una comunicación interespecífica, o sea entre especies diferentes). Obviamente los humanos emitimos señales visuales, químicas, táctiles y acústicas, y el lenguaje es sólo un tipo de señales que pertenece a esa última modalidad. Probablemente muchas otras especies de animales son excelentes (y muy superiores a nosotros) en la comunicación a través de la mayoría de esas modalidades, pero muchos científicos opinan que el lenguaje es lo que nos hace singulares.

Investigaciones realizadas en las últimas décadas del siglo XX y en las que van del siglo XXI nos muestran que esa singularidad del lenguaje humano no sería tal, y que la diferencia entre el hombre y el resto de los animales a ese nivel es una diferencia de grado y no de cualidad. Desde hace varios años a esta parte sabemos que muchas especies presentan en sus sistemas comunicativos, funcionen éstos a través de sonidos o no, varias de las características que se suponían únicas del lenguaje hablado de la especies humana, y eso nos da material para respaldar la idea de la diferencia de grado, y de que varios de los mecanismos que el lenguaje humano utiliza estaban presentes en, o tienen como antecesores a, características que aparecieron y se desarrollaron en los sistemas de comunicación de otros animales.

Una de esas características es la capacidad de engañar o mentir, característica que durante mucho tiempo se pensó como definitoria del lenguaje humano. Pues bien, ahora (y desde hace bastante tiempo) sabemos que los animales son capaces de mentir por omisión y/o de proporcionar información errónea a otros individuos, sacando provecho de ello. Un ejemplo clásico es el del ave que hace de vigía contra depredadores mientras los otros miembros del grupo se alimentan. Cada tanto, el vigía da el grito de alarma como si un depredador estuviera presente, pero sin que el depredador exista en realidad, y cuando los demás miembros del grupo huyen de la zona en respuesta, el vigía baja al campo y se alimenta de los granos y/o insectos que sus compañeros habían descubierto.

También sabemos que existen animales que aprenden, de sus padres y/o compañeros sociales, sus señales de comunicación, cosa que hasta hace no mucho tiempo se suponía que ocurría sólo con el lenguaje humano. Incluso existen casos documentados de animales que aprenden señales comunicativas de otras especies y "traducen" esas señales a su propio sistema comunicativo para usarlas, actuando como una especie de "diccionario" viviente. Vemos entonces que muchos de los elementos que supuestamente singularizaban al lenguaje humano ya no son exclusivos del mismo. Los humanos hemos privilegiado el lenguaje hablado (y su derivado, el escrito, aunque éste aparece mucho después) para nuestras comunicaciones, porque ciertas capacidades cognitivas que en nosotros aparecen muy desarrolladas lo hacen más práctico para transmitir información, que de eso se trata la comunicación. Sin embargo, los niveles de sofisticación comunicativa y de capacidad cognitiva de muchas especies animales aún están en estudio y cada día aparecen nuevos datos que cuestionan la aparente "brecha" existente entre ellos y nosotros los humanos.

A propósito de las capacidades cognitivas de los animales, los sistemas comunicativos juegan un papel muy importante en la investigación en ese área, ya que la comprensión de la comunicación es una de las pocas "ventanas" abiertas al conocimiento de la mente animal. Esas capacidades cognitivas, sus límites, y el hecho mismo del uso y manejo de información para comunicar intencionalmente por parte de los demás animales (damos por sentado que los humanos manejamos información y comunicamos intencionalmente) son objeto de debate y estudio actualmente.

En definitiva, si bien la mayoría de las características del lenguaje humano aparecen en los sistemas de comunicación de los demás animales, la diferencia de grado entre el humano y los demás animales radicaría en que sólo el lenguaje humano tendría todas esas características presentes al mismo tiempo, y sólo los humanos somos capaces (al menos por lo que sabemos actualmente) de usar el lenguaje para hablar acerca del propio lenguaje.

En realidad, debemos mantener una posición expectante al respecto de estas comparaciones y afirmaciones, porque las investigaciones actuales y futuras pueden darnos sorpresas al respecto de estos temas, como lo hicieron ya en el pasado. Existen especies animales con capacidades cognitivas muy desarrolladas, y de las cuales sabemos poco. Como se mencionó antes, una de las maneras de intentar acceder al conocimiento de esas capacidades cognitivas es a través de la comprensión de los sistemas comunicativos de esas especies.

Creo que la aspiración de la mayoría de quienes estudiamos la comunicación en los animales (y colateralmente sus capacidades cognitivas) sería que en un futuro no demasiado lejano pudiéramos conocer a fondo los sistemas comunicativos de una especie, por ejemplo de un delfín o una orca, y poder interrogarlos directamente en su propio "lenguaje" acerca de sus capacidades y de su forma de mirar el mundo y lo que los rodea. Eso nos informará mejor sobre el lugar que como especie realmente ocupamos en el entramado de lo viviente sobre nuestro planeta.

 

Dr. Gabriel Francescoli (gabo@fcien.edu.uy)

Doctor en Ciencias Biológicas (PEDECIBA-UdelaR); Profesor Adjunto de Etología, Facultad de Ciencias.
Investigador Grado 4 Pedeciba; Investigador NIvel I Sistema Nacional de Investigadores. Su investigación principal se relaciona con los sistemas de comunicación en animales y su influencia en la reproducción y la vida social de las especies.

Por entregas anteriores de nuestra Columna de Ciencia y Tecnología, visite aquí.



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