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Tabaré, los autoconvocados y la intelectualidad de izquierda

Marcelo Marchese

26.02.2018

Para algunos Vázquez salió mal parado del encontronazo con los productores rurales. Para otros salió fortalecido. Unos afirman que los manifestantes actuaron como barrabravas, los demás, que hicieron uso de su libertad de expresión, pero pocos dicen que si fueron a esperarlo a la salida de una reunión es porque están al límite y que si Tabaré respondió a "la turba", es porque también está al límite (1).

Lo sintomático es que Vázquez intentara aprovechar la bolada para acusar al movimiento de autoconvocados de estar partidizado, un soberano disparate que él, con su olfato político, de ninguna manera cree pero le sirve para cerrar filas a la interna y ese es el dato, la apuesta a sus propias fuerzas, a sus votantes, digamos, pues esa afirmación suya fue como decir "les daré algunas migajas más, así los divido otro poco, pero seguiremos con la misma política económica y volveremos a ganar las elecciones".

Vázquez considera, con toda razón, que el reclamo de los autoconvocados no encontró apoyo en la ciudad y eso le da cierto aire y de ahí su respuesta, pero uno cree, como dijo Sanguinetti, que si hubiera dicho: "en este ámbito de griterío no se puede dialogar", y no hubiese entrado en la disputa de sordos, hubiera dado más seguridad, nos hubiera demostrado que tiene plenamente la sartén por el mango.

Los autoconvocados se desmarcaron inmediatamente del episodio, con lo cual demuestran de nuevo su carácter genuino: el uruguayo le teme a la violencia como a la peste. Acto seguido se retiraron de las conversaciones, pues en la respuesta destemplada del presidente, desacreditándolos, leyeron que sólo se le estaba dando largas al asunto.

El gobierno tiene este margen de acción pues la gente de la ciudad, o mucha gente de la ciudad, piensa que los del campo son unos avivados que no quieren pagar impuestos y algunos otros piensan, peregrinamente, que toda esa gente que se ha movido no son otra cosa que unos pobres infelices manejados por el Partido Nacional, es decir, por los terratenientes.

Si este razonamiento se llevara a su extremo lógico, uno concluiría que el Partido Nacional tiene un poder de convocatoria envidiable y muy superior al de la izquierda, pero ya se sabe que la lógica nada puede contra un buen prejuicio: estas gentes seguirán afirmando, como dijo el presidente, que esto es un movimiento político partidario.

Decimos que el reclamo de los autoconvocados aún no ha calado en la gente de la ciudad, pero eso no significa que no haya dejado su mella y eso explica que varios intendentes se apresuraran a propagandear su austeridad y también explica que se haya destituido a jerarcas de ASSE acusados de nepotismo.

Así que el reclamo de los autoconvocados caló de forma diversa en diferentes niveles de la sociedad y la clase política, al parecer, es la que mejor ha percibido que algo nuevo está pasando. Mientras esta astuta clase acomoda su discurso, llama la atención la reacción de la mayoría de la intelectualidad de izquierda ante este fenómeno, lo que nos lleva a decir que este grupo no sabe cómo interpretar lo nuevo, o mejor dicho, no entiende los desafíos del mundo en que vive.

Asistimos a una fase de expansión del capital que logra traspasar las barreras nacionales y para ello impone contratos de excepción, tributa lo mínimo, exige, en caso de diferendo, que los problemas se resuelvan en tribunales internacionales controlados por ellos y logra crear leyes nacionales y programas de estudio a su conveniencia. Un ejemplo elocuente de esta nueva dinámica lo constituye el bochornoso acuerdo con UPM el año pasado.

Esta nueva oleada del capital adoptó un giro especial a partir de la crisis de los alimentos del 2007 y la crisis financiera del 2008. Habida cuenta de la suba del precio de los alimentos y el desastre financiero, el capital especulativo prefirió refugiarse en rubros más seguros y solventes, como son la producción de alimentos y el acaparamiento de tierras. Esta compra a mansalva de tierras por parte de privados o estados, se conoce con el nombre de land grabbing. Habida cuenta que la tierra es finita pero la población mundial no, invertir en tierras y alimentos es un negocio seguro.

Este proceso llevó a que en nuestro país los seis principales latifundistas sean extranjeros y acaparen nada menos que 990.000 hectáreas de un total de 17 millones. Para el 2014 estos eran los datos: Montes del Plata, 240.000 hectáreas;  UPM, 200.000; Union Agriculture Group, 170.000; Global Forest Partners, 140.000; Weyerhaeuser (vendió el año pasado a Timberland Investment Group), 140.000; y Agronegocios del Plata, casi 100.000 (2)

No se tienen datos seguros, pero se estima que un 46% de nuestra tierra está en manos de extranjeros y bastante más de ese porcentaje es utilizado por empresas extranjeras. Ellos han vanguardizado la revolución en el agro que ha multiplicado nuestras exportaciones, pero he ahí el problema, pues cuando decimos que las pasteras incrementan nuestras exportaciones no estamos seguros del uso de la palabra "nuestras", al igual que con un considerable porcentaje de "nuestras" exportaciones de soja  y otros rubros.

El Uruguay produce más (todo el mundo produce más) pero eso no significa que haya variado, para utilizar una expresión bastante gráfica, nuestro ADN productivo: seguimos siendo una economía de bienes primarios con un agravante, cada vez menos de nosotros somos dueños de aquellas cosas que "producimos", cada vez se fugan más capitales y cada vez se hace más difícil, para un pequeño propietario, sostener un negocio.

Para algunos intelectuales de izquierda el reclamo del campo no es válido porque no incorpora la disputa por la renta agraria, no critica el desastre ecológico o no plantea una reforma agraria. Estos tres puntos son importantes de verdad, pero antes de eso y antes que nada, lo elemental es frenar la antireforma agraria que se viene implementando con la anuencia de todos los partidos políticos: la tierra se extranjeriza, la economía se primariza, el latifundio se extiende y los pequeños propietarios pierden sus tierras.

Los autoconvocados están luchando precisamente por eso y lo más interesante de su planteo es su reclamo por políticas de desarrollo que beneficien tanto a los uruguayos como al capital extranjero. Fíjese el lector que ni siquiera piden QUE SE PRIVILEGIE a nuestra gente, sólo piden QUE NO SE PRIVILEGIE al gran capital extranjero.

Esta situación estructuralmente complicada para los pequeños y medianos productores, se ha agravado con la baja de los precios de los productos agrarios de los últimos dos años. Luego, una serie de acontecimientos de la política local terminaron de dar el empujón: el acuerdo con UPM y los mil millones para su ferrocarril, el escándalo de Sendic y otros escándalos similares (varios) llevados a cabo por personas que dijeron que podrían meter la pata pero no la mano en la lata (metieron la mano y para peor, la pata) y por último una suba de tarifas aplicada un primero de enero y aquí llegamos a otro punto que pasa desapercibido para esa mayoría de intelectuales llamados de izquierda: la erosión del modelo republicano y la preparación de vaya a saber uno qué modelo político tenebroso.

Es sintomático que los autoconvocados se organizaran por fuera de partidos políticos y de gremiales del agro. Una y otra cosa no brindan garantías para la nuevo o no tienen prestigio o estuvieron sordas a este reclamo. Hace tiempo que los partidos políticos dejaron de ser promotores de ideas y hace tiempo que no logran entusiasmar. Se han convertido en la opción que uno vota para que no gane la otra.

Vivimos una crisis de las agrupaciones políticas, un desprestigio de las organizaciones sociales, un hondo rechazo a la actividad de los políticos y un deterioro de la imagen de las instituciones republicanas. Mientras que en nuestras sociedades crece el malestar expresado por los indignados y el voto anulado, ingeniosamente debilitamos nuestras repúblicas gastando el dinero de forma dudosa, privilegiando tribunales internacionales, estableciendo leyes especiales para las inversiones extranjeras, exonerándolas de tributos y permitiendo que interfieran en los planes de estudio y en las investigación de las universidades.

Todo orden institucional responde a una correlación de fuerzas y en última instancia, al grado de respaldo que tiene en una población, inclusive si es una dictadura que gobierna "por la fuerza". Nuestro sistema político sufre un deterioro desde arriba y desde abajo, pues la creciente atomización que sufrimos incide negativamente en nuestro accionar como ciudadanos.

En este clima cada vez más enrarecido, donde a futuro las repúblicas corren peligro, no de un golpe militar sino de otra cosa todavía peor, en esta situación económica del país donde se nos tiran números vacíos de contenido y donde lo único cierto es que los principales rubros son absorbidos por el capital extranjero y cada vez se hace más difícil impulsar un modelo productivo, en este clima, decimos, aparece una expresión ciudadana, los autoconvocados, que reclaman atención al agro y además, estrategias de desarrollo y la vuelta a prácticas de austeridad republicana, planteos que atacan a lo esencial de nuestra problemática y por eso, reúnen todas las características para ganarse el desprecio del intelectual de izquierda, que de seguro estará pensando en la agenda de derechos y vaya a saber uno en qué otras añagazas.

Si yo estuviera entre los autoconvocados insistiría en alguno de los puntos por los que luchan más que en otros, o agregaría alguno nuevo y de seguro, y absolutamente seguro, los propios autoconvocados deben resignar varios planteos para encontrar los puntos en común. No es fácil hacer algo en colectivo. Menos aún hacer algo que conmueva a toda la sociedad. Ellos lo han logrado.

Los reclamos parciales de la gente del campo a la postre atañen a toda nuestra economía y sus reclamos generales nos atañen directamente a todos. Dejar de privilegiar al capital extranjero, frenar la extranjerización de nuestra tierra, establecer políticas de desarrollo y ser cuidadosos con el dinero de todos son banderas que recién ahora flamean en el horizonte de la República. Si esas reivindicaciones nacionales no son adoptadas por las grandes mayorías, los empujaremos hacia sus reclamos particulares. Si perdemos esta oportunidad, quién sabe cuánto tiempo debemos dejar pasar para volver a ver flamear esas banderas. 

 

(1) Con el vilipendio de Arrieta el gobierno perdió los estribos, pues se supone que el Estado debe proteger a los ciudadanos, no humillarlos. Más que perder los estribos, el gobierno los arrojó por la borda y junto a los estribos, las espuelas, el recado completo, las riendas y el caballo. Nótese que el escarnio público como castigo era una práctica usual de la Inquisición.

(2) Tres años más tarde lo acaparado por estas seis empresas debe ser más. Por ejemplo lo acaparado por UPM en la zona de su segunda planta. Mirar más allá de la euforia. Gabriel Oyhantcabal http://www.rebelion.org/noticia.php?id=183668



Marcelo Marchese

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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