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Entre peores y parecidos

José Antonio Vera

02.03.2018

La elección del nuevo Presidente de la República y de los gobernadores de los 17 departamentos que dividen Paraguay, prevista para el 22 de abril, enfrenta a Mario Abdo Benítez, postulante por el gobernante Partido Colorado, al liberal Efraín Alegre.

Ambos teóricamente parecidos pero notablemente diferenciados en la designación de los candidatos a vice, cargo que últimamente concita especial interés, tras adquirir patente traidora en el 2012 en este mismo país, en Brasil 2016, y recientemente en Ecuador.

Cuatro millones 260 mil 816 paraguayos están habilitados, de una población total que oscila en los siete millones. Más de la mitad, 54 por ciento, tienen entre 18 y 39 años de edad y, entre ellos, 895 mil tienen entre 18 y 24 años, que representa más de un quinto del padrón y es la franja más numerosa. Se registra más de 400 mil no afiliados a ningún partido en pugna, lo cual podría favorecer al frente opositor.

Es costumbre que ambos partidos mayoritarios participen siempre con "listas sábanas", es decir, personas casi inamovibles en los cargos electivos, lo cual ha generado toda clase de impudicia y abusos, ahogando cualquier amago de renovación del parlamento, las gobernaciones y los municipios. En cambio, algún cambio surge, en esta elección de abril destaca la decisión de muchos ciudadanos por votar cruzado. El elector puede apoyar al presidenciable pero volcarse a opositores en ambas cámaras, en particular la baja.

Ello puede constituir una novedad en beneficio de los sectores independientes que, aunque absolutamente dispersos, presentan medio centenar de candidatos a diputados con la plausible intención de renovar el parlamento, es clara expresión de la ausencia de  creatividad, innovación y propuestas. Están alistadas figuras resentidas y revanchistas por haber sido desplazadas de las listas colorada y liberal, a las que se suman los seducidos por los diez mil dólares mensuales de salario y demás regalías.

La Constitución Nacional vigente de 1992, otorga un poder inusitado al parlamento que, en manos de aventureros y especuladores, que componen el grueso actual de curules, un  coto cerrado enemigo de todo progreso social que, entre 2008 al 12, fue decisivo para frenar las propuestas de reforma agraria y otras medidas sociales del Gobierno de Fernando Lugo, hasta que le aportó el mazazo final con su destitución en un montaje relámpago de juicio político, diseñado en la Casa Blanca y apuntalado por los consorcios transnacionales extractivistas, 14 meses antes de finalizar su mandato al frente de una administración bien acreditada entre el pobrerío, que suma el 40 por ciento de la población.

Lugo, hoy Presidente del Senado, y lejos de ser de izquierda, como lo reitera, al frente del Ejecutivo prosiguió su actitud solidaria con los sectores humildes, como lo había hecho en su papel de Obispo en las regiones más marginadas del país, postura que prosiguió, otorgando especial atención a los servicios sociales, en particular la salud, méritos muy recordados por el pueblo que lo mantiene como el personaje político con mayor llegada en el ámbito nacional, por encima de groseros errores tácticos que continúa cometiendo.

Entre los ocho puntos que presenta la Alianza GANAR, como plataforma de gobierno, destaca justamente en segundo lugar la salud pública, rubro absoluta y cruelmente desatendido por Cartes, que fuerza a miles de paraguayos atenderse en Argentina. El primer punto de la plataforma de enunciados, que son ventilados con usual voluntarismo y sin detalles de su aplicación, es "El Paraguay con justicia para todos y sin corrupción", con reforma total del Poder Judicial, Corte Suprema y Juzgados menores, de la Fiscalía y del Tribunal Superior de Justicia Electoral, que incluya en sus padrones a todos los connacionales emigrados y a sus descendientes.

El tercer punto del programa trata de la "Efectiva equidad tributaria", con aplicación  inmediata de impuestos a la exportación de soja en estado natural (exenta hasta ahora) y al tabaco. El cuarto es una "Real soberanía hidroeléctrica en las binaciones de Itaipú y Yacyretá", con proyección de integración latinoamericana, el quinto impedir toda medida de privatización de las empresas públicas, el sexto "Auténtica reforma agraria", aspiración rezagada como siempre, el séptimo "Pueblos Indígenas y medio ambiente", y el octavo habla de "Innovación", promoviendo procesos de cambios con participación juvenil.   

Un detalle poco abordado hasta ahora por los medios, pero que merita atención es el claro antagonismo individual que caracteriza a los dos candidatos a la Vicepresidencia. Leo Rubín, locutor y cineasta, es un lujo para la Alianza GANAR, integrada por liberales, el Frente Guasú  y varios emblemas pequeños. Ambientalista, indigenista, comprometido con las luchas campesinas, sindicales, de la juventud y las mujeres,  Rubín sobresale en las apariciones públicas de la dupla opositora, con un discurso innovador, divorciado del viejo relato de los jerarcas de ambos partidos.

En cambio, Hugo Velazquez, extitular de Diputados, donde se distinguió por sus posturas  retrógradas, está ausente en medio de la agitada y muy costosa campaña entre los aparatos, a tal punto que muchos paraguayos preguntan a la prensa cómo se llama el acompañante colorado. Ni siquiera participa de la cansina oratoria que aburre mucho y cada día tiene menos audiencia, en una población distanciada de la política, preocupada por resolver lo cotidiano. Un hombre de silencios, cuya agenda registra viajes periódicos de formación en Estados Unidos y conocidos vínculos con personajes de la narcopolítica.

Cualquier observador de los vaivenes de la historia, tiene ocasión en estos primeros días de marzo, de constatar  la abismal diferencia que existe entre los actuales actores sociales, (y no sólo en Paraguay, por supuesto), con las personalidades descollantes que registran los tiempos políticos latinoamericanos. El primero recuerda el martirologio del Mariscal Francisco Solano López, y su grito "Muero por la Patria", al caer vencido en 1870 por la alianza militar de Brasil, Argentina y Uruguay, genocidio financiado por el imperio inglés.

Discutido, como toda persona que ha descollado en la historia, López continúa siendo poco conocido en su grandiosa gesta político-militar, y lo más que destacan las crónicas sesgadas es su soberbia e intransigencia, obviando que había formado el mejor ejército de la región, con 50 mil hombres y miles de mujeres con fervor patriótico, que enfrentaban a los invasores con botellas rotas.  En un viaje a París, para comprar armas, López plantó un sauce llorón sobre la tumba del poeta romántico Alfred de Musset  y conquistó a la joven irlandesa Alicia Lynch, quien pasó de la seducción al horror, al verse obligada a enterrar a su enamorado y a su hijo mayor, en las costas del Cerro Aquidaban, Cerro Corá.

La herencia legada por esa talla de hombres, es traicionada todos los días por los actuales actores de la política paraguaya. El padre del Mariscal, Carlos Antonio López, presidió el país desde 1840 hasta 1860, tras la muerte del Padre de la Patria, José Gaspar Rodríguez de Francia, cabezas de la única nación sudamericana que disfrutó medio siglo de soberanía e independencia. El prócer José Gervasio Artigas, murió en la casa quinta del Presidente López, donde vivió como huésped de honor entre 1845/50, oficiando, según algunos historiadores, de asesor político y de instructor de sus hijos.

En la antípoda, el hasta ahora favorito para ceñirse la banda presidencial en agosto próximo y, por burla de la historia, pasaría a ocupar "el salón de los López"  Mario Abdo Benítez, apuntalado en el impune como vetusto aparato del Partido Colorado y de una rémora ideológica fascista,  reivindica la figura del tirano General Alfredo Stroessner, un monstruo que sometió el país durante 35 años de totalitarismo, integrando la Operación Cóndor, abrazado a los sátrapas de la época y de hoy, Pinochet, Videla, Banzer, Alvarez.

Si la ciudadanía paraguaya deja hacer, y permite el continuismo colorado, algo explicable porque tampoco tiene una alternativa alentadora, podríamos estar parados, inmóviles, en la antesala de la instalación de una suerte de dinastía estronista, una semicolonia sometida por la geopolítica imperial, que faculta la narcopolítica, el contrabando y el espionaje regional, se aventuran a opinar algunas personas que conocen en detalle los entretelones pestilentes y depravados del Estado paraguayo y sus adyacencias.

 

Josè Antonio Vera



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