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Los nombres de América (1)

Daniel Vidart

06.03.2018

Antes y después de Américo Vespucio, quien a bordo de un navío portugués recorrió la costa atlántica de Sudamérica  desde el Brasil a Patagonia, hubo denominaciones locales de aquellas comarcas habitadas por  indígenas y luego invadidas, conquistadas, colonizadas y  visitadas por extranjeros.

También los chinos, quienes dijeron haber llegado a un continente que llamaron Fusang, y los vikingos, que desparramaron toponímicos en la fachada atlántica de América del Norte, participaron en la elaboración de una ristra de denominaciones.  

Luego del descubrimiento - el de los europeos y los indígenas, recíprocamente sorprendidos- surgieron muchos nombres para denominar al continente recién aparecido ante la historia oficial. A la otra, la de antiguas, anónimas o conocidas gentes, voy a referirme también en estas páginas.

Pero antes de adentrarme en un vasto  nomenclátor desarrollaré dos temas introductorios:

 1) La visión del mundo en el momento que Colón, viaje tras viaje, arriba y recorre   las islas coralinas del mar Caribe en su fachada atlántica. Recién en la  tercera expedición  se topa con las costas de Venezuela y se adentra en el mar de los caribes o caríbales, de donde provienen caníbal, como persona, y Caribe, como extensión marina.

2) El origen de los nombres de los continentes del planeta Tierra, ocupado en sus dos terceras partes por las aguas oceánicas, marinas, fluviales y lacustres, sin contar las almacenadas en las napas, acuíferos y ríos subterráneos. La superficie de la Tierra es de 510.072.000 kmts.2 y la de todos los continentes, junto con las islas, solamente suma 148.940.000 kmts2.

 

Un viaje al pasado

Se creía, de acuerdo con lo enunciado por Aristóteles, que en la Tórrida Zona, situada al sur de la Ecúmene, o sea la tierra apta para ser poblada por el hombre, la vida era imposible. Otros pensadores predijeron la existencia de un continente opuesto, la Antiecúmene, una especie de gigantesco contrapeso físicamente necesario para mantener el equilibrio del mundo. Se trata de la Cuarta Tierra, de la que hablaban Isidoro de Sevilla y Alberto Magno. En ella habitaban -según las fantasiosas mentes de la época- los extraños Antípodas, unas criaturas monstruosas que más tarde aguardaron encontrar los conquistadores de la futura América en sus extenuantes jornadas en pos de El Dorado, el Cerro de Plata, la Fuente de la Eterna Juventud, el Pais de Jauja y demás atrayentes espejismos generados  por el mito, la deformación quimérica de la realidad o  las imaginaciones afiebradas.

En la Crónica de Hartmann Schedel, 1493, figura esa extraña galería de criaturas fabulosas que los invasores ibéricos, ilustrados  o no, pensaban que iban a salirles al paso. Se trataba de los Andróginos, los Sombrípodos, los Acéfalos, los Monóculos, los Opistópodos, los Astomas, etc. ya existentes en el catálogo de humanidades monstruosas imaginadas  por los cronistas, eruditos y naturalistas  del mundo clásico.

La visión del mundo antes del viaje colombino

Cuando se produjo el descubrimiento - o invasión ibérica- de la futura América, Europa no era un continente poblado por naciones poderosas. Durante los duros siglos anteriores a un hecho que a partir del año 1492 trastornó las mentes de los cosmógrafos y abrió las puertas a un cofre colmado de metales nobles - oro sobre todo-,  la futura señora de los mares y buena parte de las tierras del globo terráqueo, tuvo que defenderse, a partir del año 711, de los avances de los ejércitos islamizados del mundo berberisco  noraficano y de los  árabes provenientes  de su enorme península con el propósito- aun vigente- de fundar un imperio musulmán. Los invasores sarracenos se sentían impulsados por  lo que el Mensajero o Enviado (Nabi) y Profeta(Rasul)  Muhammad calificara como  el yihad ashgar, el pequeño esfuerzo,  ya que el yihad akkab, el grande, tenía que ver con la depuración moral de las almas. Se trataba ésta de una invisible pero durísima guerra íntima que tenían que librar los creyentes para demostrar su pureza de sentimientos y la utilidad de sus acciones ante Alá y los hombres. Aquellos  diestros jinetes y brillantes combatientes  extendieron en varias direcciones  el yihad iniciado por Muhammad, al que, despectivamente, los cristianos bautizaron con el nombre de Mahoma. En efecto, Mahoma proviene de Moazim, un precursor del Anticristo, que fue identificado con La Bestia del sueño del Profeta Daniel (  8. 1-29). Bastante más tarde los mongoles, conducidos por sus Janes, se lanzaron a la sanguinaria conquista de una Europa débil y arruinada, que luchaba penosamente para subsistir.

¿Cuál era la concepción teológica, astronómica y geográfica de  la naturaleza circundante que tenía la cultura europea en el crepúsculo del siglo XV?

En primer lugar Dios, el Señor de la Barba que se paseaba por las tardecitas por el Jardín del Paraíso, era el primer motor (natura naturans)  de todo lo creado por su Verbo  (natura naturata). La palabra  daba a luz lo que el Espiritu Divino ordenaba y la materia encarnaba, transformando así  la potencia en acto, aristotélicamente hablando. Es más, como se lee en el principio del Evangelio de San Juan, "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con  Dios, y el Verbo era Dios". Por ello  al Dios bíblico se le llamó El Nombrador en estos pagos sureños, denominación folklórica recogida por el argentino Jaime Dávalos en un libro de idéntico título. La palabra de Dios, pues, según la el Génesis, crea seres y cosas con solo decir su nombre.

 Por su parte la Naturaleza conformaba el Universo-Mundo, una efímera construcción que solo  iba  a durar 6.000 años antes de ser destruida y purificada por las llamas  del Juicio Final.

Este Universo -Mundo está formado por tres dominios concéntricos.

El Primer Dominio  es el Sublunar, representado por una gigantesca esfera cuyo centro es nuestro planeta. La Tierra constituye un esferoide en el que interactúan los cuatro elementos básicos que los presocráticos consideraron  como el arjé o sustancia primordial.  En efecto, la tierra, el agua, el aire y el fuego, en este orden ascendente, originan los minerales, los vegetales, los animales y participan en la formación del cuerpo humano, cuya alma fue dada por  un soplo numinoso.

El Segundo Dominio, o sea el Celestial, comienza donde termina el del fuego. Habitan allí las Inteligencias Angélicas que ordenan y mantienen, yendo de lo más cercano a lo más lejano, las esferas de la Luna, Venus, Mercurio, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno y las estrella fijas. El sistema es geocéntrico: las ocho esferas están en función y a servicio de la Tierra, y  se trasladan a su alrededor de Oeste a Este a distintas velocidades. El rozamiento con el éter, en el recorrido de las esferas por sus órbitas, origina la excelsa Música de las Esferas, alabada por el griego Pitágoras. Muchos sesudos tratadistas sostenían en la Edad Media y el Renacimiento que una perfecta lubricación dispensaba a los mortales de escuchar tan prestigioso concierto.

En el límite exterior de las esferas trabaja el Primer Móvil que tarda 24 horas en dar una vuelta completa del Oeste al Este e impulsa en sentido contrario el movimiento de aquellas.

El Tercer Dominio, exterior a los dos anteriores, pertenecientes a la Creación,  es el del Empíreo eterno, inmutable, sin principio ni fin en los órdenes del Espacio y del Tiempo. Es la residencia de  Dios y allí irán las almas de los bienaventurados una vez que el Juicio Final los premie y, a la vez, condene los pecadores a los eternos suplicios infernales, Dicho juicio limpiará con su fuego la superficie del Mundo, el que brillará desde entonces como un  diamante rodeado por  las esferas. Estas, ya sin movimiento, constituirán un deshabitado y reluciente Cosmos que proclamará en los cielos la gloria del Señor.

Fijemos ahora nuestra atención, en el "grano de mostaza" de la Tierra, construida para que la descendencia de Noé alabara - durante su breve permanencia en ella- la majestad y sabiduría divinas. Los seres humanos verdaderos  -como ya vimos  hay otras faunas de  semihumanidades teratológicas, tal cual lo enseñara Plinio el Viejo y otros tratadistas medievales- habitan la Ecúmene, concentrados en una privilegiada zona del hemisferio Norte, formada por tres continentes soldados en una sola masa terráquea, tal como aparecen en las viejas representaciones de las cartas geográficas. Se suponía, de acuerdo con lo sostenido por Aristóteles, que en la Zona Tórrida, situada al sur de la Ecúmene, la vida, en cualquiera de sus manifestaciones, no podía soportar un clima abrasador. Eruditos posteriores opinaron que debía existir un continente opuesto a esa masa meridional que sirviera, en cuanto contrapeso, para mantener el equilibrio del mundo. Lo llamaron la Antiecúmene. Se trataría de la Cuarta Tierra a la que se referían Isidoro de Sevilla y Alberto Magno, poblada por los  los monstruosos Antípodas ya citados: seres con un solo pie, que les servía también de sombrilla; con el rostro en medio del pecho: unidos de a dos por la espalda; con cuerpo humano y cabeza de perro, etc.

Alrededor de la masa tricontinental de la Ecúmene, de la que las periferias del Africa y Asia están desdibujadas  en los arcaicos y erróneos mapamundi, muge un Océano tenebroso, poblado por monstruos tales como la Serpiente, las sirenas y todo un séquito de bestias temibles.

El ombligo de este conjunto tricontinental es el Mare Nostrum, el Mediterráneo. Las Europa, Asia y África actuales eran  portadoras de alusiones religiosas y significados místicos, entre los cuales figuran la Santísima Trinidad, la tripartición del mundo entre los hijos de Noé (Sem, Cam y Jafet), la adoración de los Reyes Magos, la tiara pontificia (cuyo origen se halla en el mitraismo, religión indoirania), el significado mágico y simbólico del número tres, etc.

 

Una digresión acerca de los Continentes

El tema de los continentes es mas complejo de lo que se supone. No existe un solo criterio para establecer su enumeración. En la escuela y el liceo nos enseñaron que ellos eran seis: América, Europa, Asia, África, Oceanía y la Antártida. Pero en los países angloparlantes se habla de siete, pues América del Norte y América del Sur se consideran no como uno sino como dos continentes. En cambio las Naciones Unidas se conforman con solamente cinco, teniendo en cuenta la presencia humana como factor decisivo. De tal modo la Antártida queda afuera y no se nombra, aboliendo de tal modo el criterio geográfico imperante. Finalmente la Sociedad Geológica de América (EE.UU.) incorporó el año pasado, provocando general sorpresa, el continente de Zealandia.  Nick Mortimer,   Director del equipo que  realizó los trabajos de geología submarina y reconocimiento de las tierras emergentes de esos 4.900 millones de k2, escribió: " Zealandia es el séptimo [¿no seria el octavo teniendo en cuenta las dos Americas reconocidas por los EE.UU.?] continente geológico mas grande y por otra parte es el más reciente y el mas sumergido" Las partes emergidas de tal continente  serían las islas de Nueva Zelandia y Nueva Caledonia. Asi las cosas, habrá que aguardar el pronunciamiento de la sociedad científica mundial. Un gran "veremos" queda flotando, como las nubes de la duda, sobre esa enorme porción de tierras sumergidas a poca profundidad que se pretende convertir en continente. Reproduzco la afirmación de la Sociedad Geológica de América: "Sostenemos que las evidencias geológicas y geofísicas, especialmente aquellas reunidas en los dos últimos decenios, demuestran que Zealandia no es una porción de fragmentos continentales sumergidos sino un continente coherente...." No soy geólogo; solamente tengo ojos y no veo continente alguno en la inmensidad del Pacífico comprendida en el triangulo Nueva Zelandia, Hawai y Rapa Nui, o isla de Pascua....

La elección de criterios para establecer el número de continentes es caprichosa, si nos atenemos al reino  espacial de la geografía. Europa, Asia y Africa están soldados entre si. Se trata de una masa continental continua.  Al norte se extiende la maciza Eurasia, a la que le han colocado  un límite artificial  formado por  los montes Urales. Al sur está  el África, antes unida al Asia por el istmo de Suez, hoy canalizado. Ateniéndonos a éste criterio realista se debería considerar la existencia de una Afroeurasia, rodeada por el mar mundial.

El caso de America es ilustrativo. Se nombra asi a una superficie continental continua. Como vimos, algunas clasificaciones no   separan la del Norte de la del Sur, unidas por América Central. Y hay también una América insular caribeña.

El caso de Oceanía también confirma un disparate. No hay un continente con ese nombre sino dos entidades separadas: por un lado el continente de Australia y por el otro un enorme y disperso archipiélago  constituido por  las islas de Insulindia (o sea el archipiélago malayo), Melanesia y Polinesia.

Vamos ahora al análisis de las etimologías probables de los nombres de  los seis continentes.

Europa (10.530 kmts.2)

Existen dos versiones  acerca de este toponímico. Una apunta a la voz asiria ereb, nombre dado al poniente, punto cardinal por donde el sol se oculta. Aparece como poco creíble, pero no puede descartarse.

Otra tiene que ver con la mitología griega. Lo que tal vez ignoren quienes no están al tanto de aquella colección de dioses, semidioses, héroes y criaturas fantásticas, es que revistan  en aquella mitología cinco criaturas con dicho nombre. Se afirmaba, en el ir y venir de los orígenes mitológicos que Europa y Asia eran dos ninfas, hijas del Océano y Tetis. Una de las otras  Europas sería  nada menos que hija del rio Nilo.

La hipótesis mas aceptada es la siguiente. En lo que hoy es el Líbano y ayer era Fenicia vivía una hermosa doncella, hija de Agenor y Telefasa. El Zeus tonante, que había contemplado y admirado la belleza de  esta muchacha mientras jugaba con sus amigas en una playa de Sidón, se convirtió  en un toro, se echó a los pies de la asustada doncella y cuando ésta advirtió que no quería cornearla y acarició sus hermosos pitotes, el toro se ingenió para hacerla subir a su lomo y se echó al mar. Después de una larga travesía  llegaron  a la isla de  Creta y allí la fecundó. Son significativos los nombres de los hijos que hizo ingresar al mundo del mito: Minos, Sarpedón y Radamantis. Sus hermanos salieron a buscarla y hay una larga saga acerca de esa fraternal tarea.

Africa

Preguntar por el desfile milenario de los supuestos nombres  que distintas olas de invasores le dieron al Africa  supone  un viaje en el Trompo del Tiempo. Los litorales del Mediterráneo fueron visitados y colonizados  tempranamente por  los   cretenses,  fenicios y griegos, y, antes  de ellos, es seguro que los egipcios llegaron por lo menos hasta las Sirtes, la Grande y la Pequeña. Eso sin tener en cuenta sus incursiones Nilo arriba, más allá de las clásicas cataratas.

Haciendo un paréntesis que abrirá el apetito de la curiosidad, en este legendario Egipto aun perduran misterios hasta hoy indescifrables. En la tumba de Ramsés I!, por ejemplo, se encontraron restos de tabaco que, como se sabe, es oriundo de América. Este hecho hace pensar  en la navegación egipcia y sus periplos. Salvo que esos restos fueran los de cigarrillos fumados por los arqueólogos....

En lo que se refiere a la existencia de nombres que salpican las costas e interiores del Africa casi todos los historiadores olvidan a los árabes, situados en la cercana orilla oriental del Mar Rojo. En efecto, la población de Etiopía es el producto de un mestizaje de antiguos pobladores del Yemen y Hadhramaut, dos regiones de la península arábiga,  con negros africanos. Resuenan fragmentos de viejas historias en las noticias ofrecidas por León el Africano y Luis del Mármol Carbajal. El primero dice que el nombre África deriva de Ifrico, un rey de la Arabia Felix - la  productora de incienso y mirra-  que, vencido por los asirios, cruzó a la vecina Etiopía buscando refugio. Otra versión sostiene que el nombre viene de Ifricha, que en árabe (Ifriqiyyah) quiere decir "tierra dividida", tal vez por la pululación y choque de etnias, tal vez por el foso marino del Mar Rojo que separa la gran península arábiga del continente africano. Por su parte Luis del Mármol Carbajal aduce que Melek Ifriqui, rey árabe vencido por los etíopes, le dio nombre a este continente. Los contactos de los árabes con los africanos tienen larga data, En efecto, según apunta Ki-Zerbo, remitiéndose a León el Africano, "un jefe yemení llamado Africus habría invadido Africa del Norte en el segundo milenio antes de la era   cristiana    fundando una ciudad llamada Afrikyah".

Fenicios y cartagineses ocuparon tempranamente partes de la costa africana del   mar Mediterráneo. Los fenicios comenzaron a fundar sus establecimientos comerciales   unos 800 años a.J.C. y en Cartago, la colonia que superó en importancia a Sidón y Tiro, las importantes  metrópolis levantinas, abundaban los esclavos negros. La pasión navegante  de los cartagineses va sembrando toponímicos. La tierra que bordea el mar y limita con el desierto fue denominada, según aventuran algunos lingüistas,  Pharikia, país de los frutos, o Afar, polvo, y por extensión arena, o Afrig, aludiendo al  pueblo Afer, situado en el actual Túnez, o Afarica, que así se denominaría la comarca donde se levantó Cartago.

Cada tanda de colonizadores cargó consigo los respectivos topónimos.  Por consiguiente, se endosa también a los griegos  este dudoso nomenclátor: Aphros, espuma (algo obvio, tratándose de costas marinas), y Apriké, carente de frío, cálida. 

Más tarde arriban los romanos y ocupan toda el África del Norte. Entonces se recurre al latín, y entran en danza Africus, o sea el ábrego, viento cálido, y Apricus, soleado, expuesto al sol.

Tan grande ha sido el etimoloqueo  que Ki-Zerbo señala  la circulación misteriosa de una presunta voz (África, nada menos) proveniente del sánscrito y quizá debida  a las probables  navegaciones realizadas por los indostánicos rumbo al oeste.

Asia   ( 44.600.000 kmts.2)

Una estudiosa, Elizabeth Salomon, afirma que "en el caso de Asia, el topónimo fue el que dio origen al nombre mitológico y no al
revés, es decir, la palabra ya se usaba como el nombre de un lugar y los mitógrafos lo atribuyeron después a un personaje. Pero ¿qué era lo que conocían como Asia los pueblos antiguos?
El historiador Herodoto (cerca de 400 a.C.) usó el nombre Ασ?α (Asía) para referirse a Anatolia, una península emplazada en lo que actualmente es la parte asiática de Turquía. Curiosamente, el nombre Anatolia (del griego Aνατολ?, anatolé) significa oriente, este o levante. Es decir, la región de Anatolia es lo que los antiguos griegos concebían como el "extremo oriental"

Del mundo.
¿Y de dónde surgió la palabra griega Asia? La etimología más plausible fue propuesta por el arqueólogo alemán Helmut Bossert en su estudio Asia, publicado en Estambul en 1946, en el cual
explica que el toponímico podría provenir de una región anatólica antiguamente conocida como Assos, palabra que seguramente es un eco de la anatólica Assuwa, nombre de una confederación de pueblos del mismo origen. También podría estar emparentado con el acadio Asú, que significa "salida del sol".
Así, el nombre Asia primero sólo denominaba a una región de Anatolia, después a toda Anatolia, luego a una parte del continente y, finalmente, a todo él. Cuando los griegos, sin saberlo, dieron nombre a este continente, se referían apenas a una pequeña región de él sin sospechar su enorme extensión, ni la existencia de tierras tan remotas como Japón, China o India. Para ellos Asia era sólo una tierra misteriosa que lindaba con lo desconocido. Pero todavía hoy en día hay personas, incluso sectores amplios de la población internacional, que aún conciben al continente asiático de la misma manera en que lo hacían los antiguos griegos hace siglos. ".

Esta explicación es lo suficientemente amplia como para dispensarme de  ofrecer mas detalles.

Oceanía    (9.950.000 kmts.2) 

Lo que se nombra con este toponímico no es un continente. Es un inmenso y disperso conjunto de islas  que incluye a la masa continental de Australia.  Oceanía viene del griego Okeanós, referido al mar universal que rodea a los continentes, poblado por faunas fabulosas Fue el geógrafo francés Conrad Malte-Brun quien, en el año 1812, acuñó este nombre.

Australia, por su parte ( 7.690.000 kmts.2) tuvo una tentativa nominación por parte de los romanos, quienes denominaron Australis a una desconocida pero presentida tierra ubicada en el sur. El navegante español Pedro Fernández de Quirós, en el año 1606, al avizorar el archipiélago de las Nuevas Hébridas, creyó haber llegado a esa masa continental y echó a rodar el nombre de Australia del Espiritu Santo.

En el año 1793 Jorge Shaw y James Smith, en un libro sobre zoología y botánica, escribieron la siguiente frase: "la vasta isla, o mejor dicho, continente, de Australia, Australasia o Nueva Holanda".

Antártida  ( 14.000.000 kmts.2 )

A este continente, que llega a tener encima una capa de hielo de más de un kilómetro de espesor, se referían los antiguos cuando establecían que sin este contrapeso la masa continental del norte haría peligrar  el equilibrio de la Tierra. En él se encuentra el polo Sur, mientras que el Norte se halla en el  océano  Ártico. Arkticos proviene de Arktos, oso, dado que se encuentra bajo la constelación de la Osa Mayor. Formando parte de ella brilla la estrella Polaris, que los antiguos navegantes utilizaban para dirigirse hacia el norte.

América  (42.660.000 kmts.2)

Luego de un previo y largo recorrido  por el mundo, tal como se concebía en el siglo XV, la historia y el nombre de los continentes pisamos por fin el suelo del nuestro, acerca de cuyos nombres se despliega una vasta  toponimia anterior y posterior a Colón. Su desarrollo constituirá la materia del próximo capítulo.



Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

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