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Lula: las falsas alternativas

Marcelo Marchese

11.04.2018

Que descubramos que Lula sea corrupto no agrega nada a lo que ya sabemos, pues se ha demostrado una y mil veces que los presidentes pueden ser corrompibles por las grandes empresas y sus grandes tentaciones.

Así que Nada nuevo bajo el sol: un corrupto más, un tornado más, un nuevo asesinato, otro gol de Messi, otra hoja que cae del calendario.

 

Habida cuenta que un presidente no es otra cosa que un empleado público cuya función es defender nuestros intereses, tarea que delegamos mientras nos dedicamos a trabajar para sostener al país, es desde todo punto de vista lamentable que se burle este contrato que afecta a la república, y si se burla sistemáticamente este contrato que afecta a la república, es muy probable que la república se vaya al diablo en algún momento.

Amén del deterioro de las instituciones y su credibilidad, la corrupción es un asunto delicado por su implicancia económica, pero no porque se favorezca a una empresa que nos cobraría 200 millones, digamos, frente a otra que nos cobraría 150. La pérdida en verdad grave es que se favorezca a una empresa cuyo ingreso sería perjudicial, por lo destructivo, para nuestras frágiles economías, un daño, si se cuantificara, mucho mayor que la suma de los varios 50 millones perdidos, por lo que el gran desangre de nuestras repúblicas bananeras y pasteras no es la herida en el dedo de la corrupción, sino el canal abierto en el cuello de las políticas económicas nefastas.

Según leemos en el Archivo Lavalleja, cuando Brasil se aliaba con Inglaterra con el afán de amputar a la Argentina, el emperador Pedro 1 destinó unos cuantos patacones para comprar voluntades orientales; así que antes de ser un país independiente, conocimos la corrupción gracias a Pedro 1 y a algunos de nuestros próceres honorables.

La corrupción tiene larga data en nuestro continente, pero como casi siempre había gobernado la derecha, la corrupción era tributaria de la derecha y por lo tanto era tema de denuncia ineludible de la izquierda.

Al ser invitado a la URSS con su esposa, el viejo Sendic descubre que el hotel donde lo alojan es muy a tono de la odiosa nomenklatura. Entonces opta por no aceptar los desayunos y ni siquiera solicita el agua caliente: usará para el mate el agua del calefon. El viejo Erro, renunciado como ministro de industria por insobornable, manejó por años un autito cochambroso y no se piense que sólo los líderes de la izquierda actuaban así (Erro era blanco cuando fue ministro), pues Herrera se burlaba de sus visitantes, los diputados que dejaban lejos de su quinta el auto comprado con ciertas ventajas. Si algo se puede afirmar con certeza con respecto a esta corrupción que viene desde la colonia, es que la estatura moral de nuestros antiguos líderes era bastante más elevada que la de nuestros líderes contemporáneos, aunque a favor de los líderes contemporáneos se podría argumentar que el poder corrompible de las antiguas empresas no era nada comparado con el que tienen ahora.

El progreso no es sólo vacunas y celulares, sino también grandes corporaciones que manejan a las repúblicas cual si fueran títeres y líderes republicanos que han perdido la talla moral (e intelectual) de antaño.

El progreso también es una izquierda que ya no se parece a la izquierda, o al menos, llegada al poder, en su programa económico actúa como la derecha que combatía, y a la hora de mostrar la austeridad republicana que proclamaba, llegada al poder actúa como la derecha que combatía.

En suma, los progresismos que en gran parte han sido barridos del continente, no hicieron nada para iniciar una modificación de nuestras economías primarizadas, no hicieron nada para profundizar la democracia y para colmo, han demostrado una moralidad tan penosa como la exhibida por sus predecesores.

Es razonable que la derecha tradicional explote al máximo la condena a Lula y se desmarque hipócritamente de la corrupción, pero lo que no parece razonable es que los autoproclamados de izquierda que siempre denunciaron la corrupción, se lancen a apoyar a un presidente corrupto, lo que además de lamentable es impolítico, pues deberían, al menos, desmarcarse hipócritamente de la corrupción.

Los progresistas que respaldan al presidente progresista corrupto, argumentan que a cualquier costo hay que impedir el regreso del neoliberalismo. El problema con este argumento es que el "cualquier costo" te puede transformar en algo que no querés, o en todo caso, no tiene mucho sentido acceder al poder si uno se convierte en "cualquier cosa". Para eso, que gobiernen los que estaban antes.

 Al principio, cuando nos enteramos del problema de la licenciatura de Sendic, el plenario del FA acusó a la oposición de desestabilizar las instituciones. Jamás dicho plenario se hizo una autocrítica por tamaño disparate. Cuando el stalinismo perpetraba genocidios, asesinatos de revolucionarios y entrega de revoluciones sociales, alguna gente negaba aquellos hechos. Aún aguardamos la autocrítica por la estulta negación y justificación de esos crímenes. Hoy están presos unos cuantos corruptos del progresismo, pero se siguen negando los hechos evidentes apelando a un discurso maniqueo.

Como la corrupción afecta incluso a las ideologías, se hace muy difícil definir qué significa ser de izquierda, pero si la izquierda pretende esa difícil tarea de transformar el mundo, ser de izquierda exige, primero que nada, y como método, ver la realidad de frente y animarse a luchar por la verdad cueste lo cueste y caiga quien caiga.

No se trata de defender a cualquier costo a un candidato que, llegado al poder, se meta dinero al bolsillo mientras reparte algunas migajas en planes sociales, al tiempo que favorece al capital extranjero primarizando nuestra economía y amplificando la fuga de capitales. Se trata de vencer a la corrupción, de asegurar conductas por parte de nuestros funcionarios públicos que honren a la república y de adoptar políticas que nos saquen de la pobreza.

El caso Lula, y su defensa, muestra la ausencia de alternativas en nuestro continente. Si el presidente de tal partido de derecha fue corrupto y el presidente de tal partido progresista también ¿quién nos asegura que el próximo, del partido que sea, no caiga en lo mismo? Se podrá hablar horas sobre la corrupción, pero de ninguna manera se puede negar que nosotros, los ciudadanos, también somos responsables por omisión y he ahí el verdadero problema: si no cambiamos, la corrupción seguirá lo más campante en nuestro continente.

La corrupción es una prueba de la falla del sistema, y esta falla está directamente relacionada con nuestra falta de control, nuestra falta de participación, nuestra prescindencia del hecho político y el "dejar hacer a los que saben". La única solución a este problema es verdadera democracia, participación ciudadana.

Si un día se inicia un cambio de verdad en la historia de nuestro continente, su signo elocuente será la ola democrática que lo empuje. Lamentablemente ese cambio no se vislumbra en el horizonte, pues hemos caído en la trampa de la alternativa entre el neoliberalismo y el progresismo, las dos caras de la moneda del sistema.



Marcelo Marchese

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias



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