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DESDE CHILE, 1973: CARTA A LA PATRIA

Daniel Vidart

12.04.2018

Para mis hermanos Pepe y Lucía

 

Durante los años de plomo que oprimieron al pueblo uruguayo viví durante un año y medio en Chile, país que considero no como segunda sino como mi otra patria.

He retornado en muchas ocasiones -la última fue, hace poco, para abrazar a los fraternales compañeros de Iquique- , desde la libertad que el Uruguay debe perfeccionar día tras día a esa delgada espada de tierra que pende de la cintura continental de nuestra América. Escribí muchos poemas en el solar andino, en su mayoría perdidos a lo largo de una peregrinación de 13 años que me llevó a Colombia y Venezuela, mis otras patrias. Durante mi residencia en Chile caminé, deslumbrado por la intensidad y variedad de sus paisajes, desde el desértico Norte Grande hasta frio sur, donde el lago Llanquihue convierte en islas de luz a las estrellas. Siempre en atenta vigilia, siempre tratando de conocer y descifrar las claves naturales y humanas de ese país y sus queridas gentes. Ellas fueron y son, así lo siento, mis camaradas en la diaria tarea de construir la Patria Grande de América del Sur la que, no dudo, amanecerá algún día y será para todos. A los hermanos de Iquique, que visité hace poco tiempo y me trataron con fraternal cariño, les pido que lean esta carta, ya que no poesía al uso, de evocación, nostalgia y esperanza, escrita en un anochecer santiaguino el 19 de enero del año 1973.

Dentro tuyo el verdor prevalecía,

cada punto cardinal tenía sentido,

tenía nombre, límite, sustancia,

población, historial, ruta y memoria.

 

Al sur el río alzaba su lámpara salobre,

medialunas de rocas, herraduras de oro,

un sistema de olas cuyas blancas cuadrigas

Imitaban galopes de oceánicos caballos.

 

Una ciudad criolla sin aires de grandeza,

somnolientas iglesias despiertas los domingos,

la rueda giratoria , calesitas y churros,

el Tren Fantasma aullando con miedos infantiles.

 

La capital sencilla del estadio repleto,

del fútbol y goleadas de muchachos al mango,

quinielas clandestinas, caferatas tranquilos,

mercados con lechuzas palpitando la usura.

 

Al sur eran, repito, la urbana arquitectura,

las grúas rechinantes del puerto en la bahía,

el cono de granito de un cerro solitario,

el puchero salteado en la mesa del pobre.

 

Al norte eran la lluvia y sus pálidos dedos.

geodas de amatista con lámparas azules,

la siesta del lagarto, galaxias de luciérnagas,

y una brisa filosa peinando las cuchillas.

 

Al este eran las aguas dormidas del pantano,

los lunares mojados de las lagunas frías,

la antigua fortaleza sitiada por cruceras

sesteaba bajo el humo de tenaces neblinas.

 

Roncaba allí el bramido del Océano en llamas

y la Punta del Diablo oreaba tiburones,

escualos disecados por rubios mediodías

aguardaban el viernes del ayuno cristiano.

 

Al oeste zumbaban estivales cigarras,

el musculo del rio se hinchaba en las crecientes,

escuadrones de islas empollaban los pájaros

que tejían sus nidos en bosques litorales.

 

Al centro eran los pastos del vasto latifundio,

los toros de concurso, lujosos comensales

mejor alimentados que la peonada enjuta

que enhebraba luceros en crudas madrugadas.

 

Al centro eran las gentes dueñas del folklore

y no mas, sino el hambre que clava sus espuelas

en gurises panzones, cargados de lombrices,

con patitas de alambre y pelo amarillento.

 

Hablo de niños flacos, sarnosos como perros

con caras de patíbulo y bocas nauseabundas,

las costillas ,¡que digo! las cuerdas de guitarra

sonaban en el viento manchado por el barro.

 

Al centro eren los campos grandes como provincias

que ayer cercaban cascos patricios y artillados,

hoy estancias con marcas, capataz y traqueras

y un tirador de plata sobre el riñón forrado.

 

Palacios de la carne, jubileos de ovinos,

teoría de lustrosas lecheras imperiales,

solamente a los peones tocaba el privilegio

de sudar entre reses opíparas y ajenas.

 

Todo ese mundo verde, gramillas y horizontes

abierto al mediodía como un cuero estaqueado

se junta en estos patios de la melancolía,

revive en el recuerdo de una cruenta batalla.

 

Revive y me golpean, en cuerpo y alma juntos

la bucólica lana que colma los galpones,

las moscas que molestan la paz de la enramada

y el insomnio friolento del mensual en la esquila.

 

Aquí patria, tan lejos, tu extensión es recuerdo

es álbum polvoriento, paisajes y sonidos

alumbran tu desdicha con la luz de un relámpago

que patina en los charcos de sangre coagulada.

 

Bien sabes patria ausente, solar de las cuchillas,

que el éxodo reitera su cíclico destino:

volamos como chispas, como un ave incendiada,

volveremos sin falta al gran fuego materno.

 

Volveremos en busca del pampero perdido

a recobrar su aliento de pastizal en gloria,

a repartir la tierra de inmensidad pecuaria,

a levantar escuelas en los pueblos remotos,

 

 

a inaugurar la sopa familiar del obrero

a construir ciudades de calles apacibles,

a distribuir los panes y los peces del hombre,

a plantar alamedas de risas populares,

 

a refundar un pueblo de libres artesanos,

a encender los motores del amor postergado,

a pasear la justicia por plazas y arrabales,

a repartir la patria en todos los bolsillos.

 

Iremos cual jinetes montados en la pólvora.

bebiendo en la contienda los vinos del coraje,

a consagrar las firmas de una paz verdadera,

después de dos siglos de una guerra perdida.

 

Uruguay, patria breve, no hay montaña que pueda

sofrenar la tormenta que en espiral desciende.

que encamina colmenas de amor hasta tus labios

y abraza tu cintura con la miel del reencuentro.

 

Esta tormenta viva de ideas y de ideales

derriba a los verdugos, consuela al torturado,

despierta a los difuntos, inunda las prisiones,

fabrica una bandera con la piel de los mártires.

 

 

 

Despedida

Uruguay, patria rota, a ti te escribo.

mojo en sangre mi dedo desterrado,

abro mi pecho y el corazón te entrego,

cierro los ojos y veo a un camarada.

 

Aguarda mi retorno, y al cabo de ese tiempo

echa a volar tus águilas tranquilas,

dame un rincón, un árbol o una tumba,

erige un pedestal a la esperanza.

 





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