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CRISTOBAL COLON: IGNORANCIAS Y OLVIDOS DE LA HISTORIA OFICIAL. (Primera parte)

Daniel Vidart

11.05.2018

Muchos lectores, atrapados por la vorágine de un presente premioso y complejo, en el que se cierra una etapa de la historia y otra, llena de incertidumbres y amenazas ha comenzado a abrir una rechinante puerta, se preguntarán por qué estrambóticas o anacrónicas razones comienzo a deshilvanar los capítulos de la prometida Saga de América Latina con un tema definitivamente cerrado.

Para muchos, empero, entre los que me incluyo, es posible abrirlo y ventilarlo públicamente. Surgirán entonces , como del cántaro - y no la caja- de Pandora las desconfianzas y dudas que han sido, oficialmente, condenadas a un obligado olvido.

No obstante, si los interesados en estos siempre atrayentes y a veces deslumbrantes temas se animan a seguir leyendo, comprobarán que de tanto en tanto hay que convocar a los pecados capitales de la aventurera y rapaz condición humana para comprender cómo, desde las raíces del pasado ascienden las savias que siguen alimentando a las flores, las espinas y los frutos socioculturales - a veces pasmados y otras podridos- del presente.

Misterios, ignorancias, silencios

Se ha escrito mucho más de lo imaginado sobre los misterios, ignorancias y silencios que bailan en ronda en derredor de la figura de Colón. Dejándolos de lado, se le proclama descubridor de tierras ya descubiertas; se le considera deudor de la generosidad de los Reyes Católicos desconociendo o callando deliberadamente que quienes sufragaron los costos del viaje a "las Indias" fueron los judíos conversos Luis de Santángel Gabriel y Sánchez, ayudados por prestamistas judíos genoveses y el adinerado Isaac Abrabanel, también judío nacido y radicado en España - sépase que éste debió huir de ella cuando acabó el plazo otorgado por los muy católicos monarcas para la conversión al cristianismo o la muerte en las hogueras de la Inquisición- , y no la venta de las joyas de la reina Isabel ; se le hace nacer en Génova, callando los muchos otros sitios atribuidos al lugar de su venida al mundo; se le atribuye un ferviente catolicismo sin investigar que todo indica que era un criptojudio enarbolando una cruz y que partió de España dos días después, a todo trapo, de la fecha señalada por los reyes para la conversión, huída o achicharramiento de los judíos , También, entre los otros propósitos a los que me referiré en un próximo ensayo, se destaca la trascendencia histórica del develamiento de un inmenso doble continente, confundido por el presunto descubridor con la puerta trasera del Asia, pero se silencia su desmesurado afán de buscador de oro y el trato infame que dio a los indígenas antillanos. No es posible, empero, desestimar su valentía y empeño, virtudes que también ostentaron siglos más tarde los desalmados y codiciosos piratas del Caribe. Lo malo, lo pernicioso, lo censurable es que en los textos escolares se exalte ditirámbicamente su hazaña marítima - precedida por los consejos de un "nauta desconocido" que ya había arribado a estas tierras y murió en sus brazos -, y que los días 12 de octubre sean todavía festejados y proclamados Días de la Raza (¿qué raza?) en locales de enseñanza y ceremonias oficiales.

De tal modo se ha venido barriendo debajo de la alfombra siglo tras siglo, y van más de cinco, hasta que, en actos de comprensibles rebelión y protesta, los indianistas proclaman hoy en muchos países de Latinoamérica que el descubrimiento se trató de una sanguinaria invasión y que lo que España y Portugal trajeron al Nuevo Mundo fue para mantención, ventaja, comodidad y sostén de los conquistadores-colonizadores y no para el disfrute y engrandecimiento de los indígenas terruñeros.

Contrariamente, es bueno recordar que los sacerdotes Montesinos y Bartolomé de la Casas, junto con un pequeño puñado de religiosos abnegados, bregaron por el alivio de las exacciones y tormentos impuestos a los nativos que recién en el año 1537 una bula papal de Paulo III declaró "hombres verdaderos".

Hasta entonces se les miraba como bestias con figura humana. Por si alguien lo dudara, le cantará la justa este retrato de los indígenas antillanos ofrecido por el sacerdote domínico Fray Tomás Ortiz a Carlos V y al mundo europeo por intermedio de un vocero del Consejo de Indias. Iba dirigido a describir y repudiar las costumbres de los "feroces" caribes, pero no surgió ningún freno moral, sino todo lo contrario, que impidiera extenderlo a los tímidos arawacos de las islas antillanas :

"Los hombres de tierra firme de Indias comen carne humana, y son sodométicos más que generación alguna. Ninguna justicia hay entre ellos; andan desnudos; no tienen amor ni vergüenza; son como asnos, abobados, alocados, insensatos; no tienen en nada matarse y matar; no guardan verdad sino es en su provecho; son inconstantes; no saben qué cosa sea consejo; son ingratísimos y amigos de novedades; préciense de borrachos, tienen vinos de diversas yerbas, frutas, raíces y granos; emborráchanse también con humo y con ciertas yerbas que los saca de seso; son bestiales en los vicios; ninguna obediencia ni cortesía tienen mozos a viejos ni hijos a padres; no son capaces de doctrina ni castigo; son traidores, crueles y vengativos, que nunca perdonan; inimicísimos de religión, haraganes, ladrones, mentirosos y de juicios bajos y apocados; no guardan fe ni orden; no se guardan lealtad maridos a mujeres ni mujeres a maridos; son hechiceros, agogeros, nigrománticos; son cobardes como liebres, sucios como puercos; comen piojos, arañas y gusanos crudos do quiera que los hallan; no tienen arte ni maña de hombres; cuando se olvidan de las cosas de la fe que aprendieron, dicen que son aquellas cosas para Castilla y no para ellos, y que no quieren mudar costumbres ni dioses; son sin barbas, y si algunas les nascen, se las arrancan, con los enfermos no usan piedad ninguna, y aunque sean vecinos o parientes los desamparan al tiempo de la muerte, o los llevan a los montes a morir con sendos pocos de pan y agua; cuanto más crescen se hacen peores; hasta diez o doce años paresce que han de salir con alguna crianza y virtud; de allí en adelante se tornan como brutos animales; en fin digo que nunca crió Dios tan conocida gente en vicios y bestialidades, sin mezcla de bondad o policía." Ante este responso Carlos V permitió que se esclavizara a los indígenas, tal como ya lo habían sido los africanos en Iberia y que pronto pasarían a figurar entre los parias exportados desde el África a Las Indias y sin piedad explotados en ellas.

Desgranando un collar de secretos

Volvamos a Colón. Y comencemos a develar centenarios ocultamientos, a disolver dudas y a ofrecer testimonios tan poco conocidos como desconcertantes acerca de las oscuridades que envuelven su lugar de nacimiento, su vida infantil y juvenil, el raro carácter de su escritura, el credo de su verdadera religión, la identidad de quienes verdaderamente sufragaron su travesía transatlántica y la probada existencia de la confidencia de un nauta moribundo que había llegado a desconocidas costas occidentales, más allá del Mar Tenebroso, y le instruyó sobre la ruta a seguir y cómo hacerlo.

Acerca de todos estos puntos existe una versión oficial y, enfrentada a ella, viejos y nuevos indicios que la desmienten e introducen detalles que es preciso comunicar a quienes imparten la enseñanza de la historia en los institutos de enseñanza uruguayos, americanos y mundiales, dada la trascendencia económica, política y cultural que tuvo y continúa manteniendo la antigua aparición y la actual presencia de un Nuevo Mundo que, a partir de la madurez del Renacimiento europeo, sigue vigente, y aun se multiplica en estos tiempos hipermodernos (Lipovetsky) de la Globalización.

Y a propósito de esta etiqueta, que será fugaz como todas las modas calificatorias y clasificatorias, ¿no estaremos procediendo como lo haría un hijo del que llamamos Medioevo al exclamar nosotros los caballeros de la Edad Media? Esta pregunta, cuasi una humorada, fue formulada por don José Ortega y Gasset al referirse a las periodificaciones históricas inventadas y por inventar por quienes son los lenguaraces, esto es los intérpretes, de los dichos y silencios de la musa Clío.

¿Dónde nació Colón?

¿Cuál era la verdadera nacionalidad de este Cristóbal o Crisóforo, según la opinión de investigadores de ayer y de hoy? La mayoría de los autores lo hacen natural de Génova, pero al proceder así olvidan o ignoran que su hijo Hernando, a pesar de que le atribuye origen genovés, confiesa en la biografía que escribió sobre la vida y hechos de su padre que éste no quería que se supiera ni se le preguntara el lugar de su llegada al mundo.

Abundan las opiniones contrarias a lo que tradicionalmente se ha afirmado y se supone fidedignamente comprobado. De tal modo Celso García de la Riega lo hace nacer en Galicia, fundamentándose en una documentación que remite a la presencia de muchas familias que ostentaban el apellido Colon en la provincia de Pontevedra. Como se sabe, Galicia y Portugal forman un bloque lingüístico en el que se habla el idioma galaicoportugués. Pues bien, no faltaron intérpretes del anagrama de la famosa y enigmática firma de Colon y estudiosos tan célebres como Ramón Menéndez y Pidal que advirtieran en los muchos portuguesismos existentes en sus escritos, signos que lo convertían en portugués. No obstante, los investigadores más sensatos advirtieron que la larga residencia de Colón en Portugal y sus islas había determinado tales presencias idiomáticas. Hay más. Patrocinio Ribeiro adujo, en pleno siglo XX, que ciertos topónimos usados por Colón para denominar algunas tierras descubiertas son de origen portugués. Y para coronar el postre con la frutilla, Joao Manoel Pestanha afirmó que Don Cristóbal había sido nada menos que un agente confidencial del rey Juan II de Portugal. Faltaba algo todavía. Alentados por la patriótica y reconfortante hipótesis, otros escribas, más tarde, le adornaron un prestigioso título: no era un hombre del común sino un refinado aristócrata lusitano.

Luis Ulloa, por su lado, lo convierte en hijo de Cataluña, alegando que en sus escritos en castellano se han colado muchas expresiones en idioma catalán. Y no se contenta con esto sino que lo convierte en un personaje de la nobleza llamado Joam Colom, acérrimo enemigo del monarca Juan II de Aragón contra el cual combatió a las órdenes de Renato de Anjou, pretendiente del - a su juicio- usurpado trono aragonés. No contento con esto lo convierte en otro personaje disimulado tras otro nombre, un tal John Scolvus, que habría descubierto Norteamérica en el año 1476 y le había transmitido el portentoso hecho a Fernando el Católico- quien descendía de la antepasada y hermosísima judía Paloma de Toledo- para que lo incorporara al reino aragonés. Dicha desorbitada ocurrencia recibió el apoyo del investigador estadounidense Charles Merrill.

No para aquí la cosa. Entusiastas autores españoles lo hacen nacer en Plasencia, en Sevilla o en el país vasco. Por su parte no se quedan atrás los representantes de países extranjeros que lo remiten a orígenes que en el Rio de la Plata llamaríamos despampanantes: proponen que su cuna fue mecida ya en Grecia, ya en Inglaterra, ya en Cerdeña, ya en Córcega, ya en Croacia o ya en Noruega. Sería fatigoso seguir herborizando en esta disputa de jardines nativos. Pero para cerrar - por ahora- el cofre de hipotéticas propuesta lo cierro con dos vueltas de llave.

¿En qué idioma escribía el Almirante de la Mar Océana?

Colón murió en la ciudad de Valladolid, España, el 20 de mayo del año 1506 a raíz de un ataque al corazón. Tenía 55 años. Si en la época del Renacimiento, en la que comenzó con Leonardo y otros genios el despertar de la ciencia moderna hubiera existido, como los hay ahora, un Museo la Palabra, habríamos escuchado los acentos, inflexiones y entonaciones de su voz. Por entonces no se había inventado los grabadores. Pero para descubrir los testimonios gráficos de su parla conviene efectuar unos cortos apuntes sobre las características de las palabras brotadas, en plena gresca idiomática, de la pluma de ganso que las escribiera. Esta mescolanza tal vez pueda señalarnos unas posibles pistas que logren descubrir el basso continuo de su lengua materna. La mayoría de los textos escritos por Colón fueron redactados en un castellano en formación, distinto al hoy vigente. Menéndez Pidal, que los estudió minuciosamente, detectó en ellos lusismos , o sea voces del portugués. Otros lingüistas señalaron la existencia de galleguismos, catalanismos y balearismos - variantes leves del catalán- que agrandan el trasfondo de las influencias idiomáticas. No se han hallado textos escritos en italiano clásico o ligurismos - dialecto genovés- ; los escolios existentes en las márgenes en blanco de los libros por él anotadas revelan lo que nosotros denominaríamos una mescolanza "cocoliche". No utilizaba el italiano en las cartas dirigidas a sus hijos, hermanos, amigos, gentes influyentes e instituciones bancarias. No era ducho en el manejo del latín, al que hispanizaba y no italianizaba. Este puchero de palabras hizo pensar a las historiadoras Arranz Márquez y Consuelo Varela que la suya era una jerga común a los nautas que habían anclado en puertos de distintos países, conocida como levantisca. Hay muchas otras opiniones, que callo. Aburrirían. No obstante quiero rescatar una que, verdaderamente, hace que nos rasquemos la coronilla y frunzamos el ceño. Desde la ciudad de Georgetown, que viene a ser algo así como un lejano arrabal de Washington D.C. , y fuera fundada antes que la capital de los EE.UU., la profesora Estelle Irisarri ofrece una explicación plausible. Expresa que Colón escribía en el español del siglo XV utilizado por los judíos sefardíes al que se le llamaba, y llama, ladino. Con el ladino se repetía la anacrónica persistencia del yiddish hablado por los judíos askenazi de Alemania y Europa Central. Este idioma provenía de la momificación lingüística del platte deutsch de los aldeanos de las antiguas juderías o guetos rurales, vigente actualmente en minorías devotas de la Torah, conocida por nosotros con el nombre inadecuado de Viejo Testamento, ya que en puridad debe escribirse y decirse Vieja Alianza.

Hemos dado el primer paso por un corredor donde transitan las dudas y los misterios. Mucho más atractivo será el siguiente, que se encamina hacia una pregunta multisecular: ¿Colón era cristiano o judío? Ampliando la pregunta , si bajo la capa de la despectiva voz marrano que, de conocerse su dogma secreto habría merecido por su ostensible salto de la sinagoga a la iglesia, se escondía el críptico cuerpo de un credo y una concepción hebrea del mundo y de la vida.





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