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Ser de izquierda, votar a la izquierda

Esteban Valenti

21.05.2018

Cualquiera comprende la diferencia entre esas dos definiciones: ser de izquierda y votar a la izquierda. No es solo un problema de intensidad y calidad de las adhesiones, sino de visiones, de participación política, ideológica y en cierta manera cultural. También influyen mucho las historias personales.

Uruguay ha tenido desde la salida de la dictadura cambios importantes en el panorama político, pero el más importante ha sido precisamente la cantidad de gente que decidió en su momento votar a la izquierda sin necesariamente pertenecer a ella. Esto no implica que haya certificaciones, líneas divisorias rígidas y mecánicas, es un proceso muy complejo el que hemos vivido, que incluye también un cambio en la cantidad de los uruguayos que se sienten progresistas y de izquierda y por ello mismo alejados de las definiciones políticas tradicionales. No se trata solo de cambios en los comportamientos electorales.

Sin esa rotación ideológico-política-cultural que se produjo en la sociedad uruguaya no se podría comprender ni los tres triunfos consecutivos de la izquierda a nivel nacional, ni los seis triunfos a nivel de la Intendencia de Montevideo y los tres en Canelones. En otros departamentos del interior la situación ha sido más movediza, aunque hay que señalar que ese cambio tuvo un fuerte impacto en todo el interior del país, un área donde históricamente la izquierda durante décadas fue una fuerza marginal.

¿En que se expresa ese cambio hacia la izquierda de una parte importante de la sociedad uruguaya? No es solo a nivel electoral, ese es un aspecto muy importante, pero en estos tiempos en que las intenciones de voto del FA han sufrido una fuerte caída de entre 18% y 15% de los votos totales nacionales, es decir un tercio de su electorado desde el 2004, es más evidente que existe un núcleo duro, que se puede situar en el 30% de los ciudadanos o de los mayores de 16 años que se sienten de izquierda.

El Frente Amplio enfrenta dificultades importantes a nivel del gobierno, del propio presidente Tabaré Vázquez, que siempre había logrado superarse por encima de su propio gobierno y ni que hablar del Frente Amplio como fuerza política. Pero no se ha desfondado, no asistimos a una implosión de sus principales fuerzas ni una emigración masiva de ex votantes hacia otras filas, a lo sumo se suman a los no sabe/No contesta o al voto blanco y anulado. En política los matices son muy importantes.

Hay un descontento creciente entre los izquierdistas y entre los votantes de izquierda. Eso puede comprobarlo cualquiera, con o sin encuestas, simplemente conversando en diversos ambientes, en las redes y en el humor nacional. El fenómeno es mucho más acentuado entre los ex votantes que entre los izquierdistas, pero existe en ambos niveles y es posible que sea mucho más visible y sonoro entre los que tenemos una definición de izquierda clara y de larga data.

En general no estamos de acuerdo, estamos insatisfechos con la marcha del país, en especial en algunos sectores como la inseguridad, la evolución del desempleo, el poco dinamismo de la economía, en los fracasos en la educación, en la lentitud y superficialidad de los cambios en la Intendencia de Montevideo en sus servicios fundamentales, en la hipertrofia de la burocracia y los bajos resultados de nuestras políticas sociales. Y otro montón de aspectos parciales, que cuando se rompe el dique del descontento se aparecen todos los días. Pero sobre todo en la pobreza del discurso, de las ideas, de las propuestas y por lo tanto del relato que siempre fue un punto de fuerza de la izquierda.

Mención aparte es la explosión de los temas de la inmoralidad y la ilegalidad en nuestra gestión.

¿Hasta dónde llegará ese descontento? Todavía es prematuro definirlo. Uruguay es una sociedad política muy conservadora, poco afecta a los traumas y a los virajes bruscos, muy alejada de las tradiciones de la izquierda tradicional. Ganamos las elecciones en los diversos niveles cuando convencimos a la gente que nuestros cambios eran acordes a la mentalidad y a la sensibilidad de los uruguayos. Nada de fugas hacia adelante.

Esa misma mentalidad sigue jugando y tendrá un importante papel en las definiciones futuras.

Esa mentalidad, esa cultura tiene su lado oscuro: todos reclamamos cambios más profundos, más estructurales en la economía, en la producción, en el Estado!!!, en la educación y ni que hablar en la seguridad, pero...las restricciones y los temores a sus consecuencias actúan en los gobernantes pero también en los ciudadanos. Cambiar todo lo posible siempre y cuando el impacto directo en mi vida sea totalmente controlado y controlable. Y no siempre es posible.

El modelo de administrar lo más prolijamente las diversas variantes se agotó y se parece cada día más a hacer la plancha en la mayoría de los frentes gubernamentales. ¿Queremos cambiar? Hay que apostar fuerte y con sus riesgos.

¿Se agotaron los liderazgos tradicionales y de primera generación? Hay que arriesgarse a personalidades nuevas con todas las incógnitas. Y no me refiero a las mismas personas, un poco más jóvenes y recicladas, me refiero a cambios de caras, de capacidades, de experiencias en serio. Y cambios de sexo en la gestión. No a las mujeres con la misma visión que los actuales hombres con alguna sensibilidad diferente, sino a cambios, cambios.

El mundo político uruguayo es muy reducido y tiene una larga tendencia a cocinarse en su propia salsa y con pocos nuevos ingredientes a lo largo de los años, no es fácil recetas nuevas en esa olla. Y el país necesitaría - según mi visión, obviamente - una nueva salsa de izquierda, más picante, más irrespetuosa, más avanzada. Y no aparece por ningún lado.

Algunos - incluso opositores - ya se conforman con que la más alta posibilidad es un gobierno del FA sin mayoría parlamentaria para él 2020. Ese "cambio" reforzaría la medianía de todo el apego de muchas personas a sus sillones. El gran esfuerzo de imaginación sería ampliar el número de sillones para que entren más inquilinos. Terrible.

La simple evolución de lo que estamos viendo no nos augura nada bueno, nada sobresaliente en un mundo que para flotar se necesitan largas y profundas brazadas y no aferrarse a los corchos.

La renovación debería venir no de la ingeniería electoral, de la danza de las candidaturas, sino en primer lugar de un profundo debate de ideas, sobre todo en la izquierda. Los demás que hagan lo que consideren conveniente.

Sin una profunda revisión irrespetuosa del rumbo de la izquierda, sin una construcción nueva del relato que hacia el futuro propone la izquierda, estamos paralizados. Aferrándose a las bases culturales actuales de la izquierda en el gobierno, a sus cuadros gastados de tanto rodar de cargo en cargo y, a la espera de que "el mal menor" salve por otro quinquenio la parte central del poder, del gobierno nacional, lo que se viene es de una mediocridad rampante, tanto a nivel nacional como departamental de Montevideo.

Y ese debate debe incluir un capítulo obligatorio: quienes son los enemigos, adversarios orgánicos de los cambios que el país y la capital necesitan. No me refiero a las otras fuerzas políticas, que en realidad en estos 13 años y 28 años en Montevideo han sido bastante funcionales al proyecto, jugando más que nada como una música de fondo que como una alternativa. Me refiero a las fuerzas internas de la sociedad, a sus sub culturas y en algunos casos culturas que hay que derrotar para poder avanzar. Me refiero a los que apostaron al equilibrio del abismo en la educación, en la reforma del estado, en la salud, en las políticas sociales y en no darle un giro copernicano a nuestra capital y aplicatron pinceladas de retoques.

No son solo enemigos ocultos en los pliegues culturales, en la relación tensa y compleja de una parte de los uruguayos con el trabajo, o su aferrarse a la tranquilidad-seguridad de un empleo público, son también las siglas,  las organizaciones de la resistencia contra los cambios. ¿Alguien se animará a nombrarlas en la campaña electoral, o ahora? Lo dudo.

¿Alguien se animará a mencionar la degradación profunda del mundo del delito, de los marginados a los que refiere el jefe Mario Layera? O no pondremos a discutir cuán lejos estamos todavía de Guatemala y El Salvador y si no convendría discutirlo en la "interna". Patético.

En el tema de la seguridad, como en otros temas, cuando la revisión crítica de las doctrinas, los "ismos" no es seria y profunda, se pasa del rigor, de la represión contra los delincuentes tratados como contra revolucionarios a las explicaciones sociológicas de una parte de la actual izquierda, que carga con una importante responsabilidad de la desconexión entre las diversas políticas del Estado. No es un problema operativo, es un tema ideológico, que pagan sobre todo y en primer lugar los más débiles, atrapados entre el delito y la delincuencia.

Y eso no tiene nada de izquierda, ni en el origen y menos en el relato sobre el futuro.



Esteban Valenti - Periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de Agencia de Noticias Uypress

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