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Seamos utópicos, pidamos lo posible

Eduardo Vaz

21.05.2018

En los 50 años del mayo francés, ¿cómo no recordar aquella consigna mágica "seamos realistas, pidamos lo imposible"?

 

Pasarán los años y seguirá recorriendo escritos y discursos; aquellos estudiantes dejaron su legado. Como gran movimiento social, encarnaron el espíritu de lo más avanzado de su época, fueron contra las convenciones hipócritas de su tiempo y se  animaron a reclamar contra todo lo que entendían injusto. No fueron un partido político con un programa acabado y pensado en etapas realizables; fueron por todo y de una. Como no podía ser de otro modo, perdieron en lo inmediato: el mundo continuó su curso capitalista

Y apuró el paso, siguieron guerras horribles, dictaduras siniestras, conflictos sin fin.

El socialismo de Estado cayó por su propio peso pero ya no había "primavera de Praga" para renacer ni perestroika que lo salvara, sino un invierno siberiano, que  trajo el capitalismo rapaz y mafioso de la mano de los ex jerarcas del partido y del Estado que terminaron pariendo al nuevo zar del siglo XXI: Putin.

Nuestra América Latina tuvo otro 68: el de la Plaza de Tlatelolco en México y de Líber Arce acá, por citar algunos. Tan llenos de estudiantes  utópicos como los parisinos; también querían cambiar su mundo aunque usaran otras consignas y sufrieran otras injusticias. Soñaban con poner al imperialismo yanqui  de rodillas y encausar la segunda y definitiva independencia. 

Con el Che y Fidel como guías, con los movimientos obreros, campesinos y sectores medios asfixiados jugándose en las calles,  con huelgas, manifestaciones o  armas.

Lleno de errores y horrores que medio siglo después es más fácil entender y analizar, nada quita lo esencial de la etapa: dejaron un legado de valores nuevo, más exigente, más popular y con una entrega sin límites. Estos párrafos no son para el análisis profundo ni para aprender de aquellas experiencias -de la derecha mejor ni hablar para no desatar los peores demonios- sino para homenajear y tomar impulso.

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Hoy, vivimos otras realidades allá y acá. Una Francia en crisis, con una extrema derecha amenazante y una izquierda reducida, y un Uruguay progresista, elogiado como ningún otro país del continente por sus logros en muchas áreas, a pesar de la inseguridad creciente, problemas educativos y una lista enorme  que no hay que esconder.

Sin embargo, la fuerza política artífice de este milagro, sobre todo cuando se hunden los colosos vecinos y naufragan varios progresismos en el continente, vive su peor época. 

Con la renuncia de Sendic se abrió una ventana de oportunidad para el cambio. Sin embargo, el propio Plenario Nacional se apuró  a cerrarla y no lo sancionó como merecía según el  histórico fallo del TCP. El ex vicepresidente fue   chivo expiatorio de  pecados propios y ajenos así como pantalla para el gatopardismo frenteamplista: cambiar algo para que todo siga como está.

¿Cuánto iba a demorar en estallar otra bomba similar? ¿El Plenario va a seguir en estado de  mutismo frente a la corrupción y las malas gestiones? Todo indica que sí y, como corolario de esa lógica perversa de alejarse de la gente, ahora se distancia de Tabaré y su gobierno. Si aquel Plenario de apoyo a Sendic, sus medallas de oro, su título y todas las mentiras fue el más lastimoso de la historia del FA, este último será recordado como el del pasaje a la oposición.

Muchas y muchos seguimos creyendo que la mayoría frenteamplista quiere otra cosa: apoyar a su gobierno para que cierre bien el mandato y cumpla lo mejor posible el  programa prometido.  A la vez,  contar con el FA como partido de gobierno y no opositor -que para eso están la derecha y la  UP-.

Un FA  que apruebe con su bancada el acuerdo con Chile, las leyes que faltan, que elabore un nuevo programa de futuro que apunte a corregir  errores y carencias propias, que ensaye nuevas soluciones, que encare los nuevos desafíos, que traiga nuevas dirigencias.

Lucía Topolansky planteó ir a un nuevo pacto político en el FA: ¿los demás no se dan cuenta de su necesidad? 

La base del nuevo pacto no puede ser otra que la democracia más radical posible, donde se parta del principio básico de un frenteamplista, un voto.

¡A lo que hemos llegado! Parece una utopía reclamar lo posible e imprescindible: que se democratice y transparente el debate y la toma de decisiones en el progresismo uruguayo.

 

 



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