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Carta al abuelo Don Pedro Bartzabal Althabe

Daniel Vidart

Don Pedro Margarito, Virgilio de mi infancia,

todavía te veo rodeado por los humos

de los tabacos fuertes liados en el día

que ardían en la tibia penumbra sanducera.

 

Tabaco Passo Fundo, violento, brasileño,

envoltura de chala, doméstica y tundida,

el ojo solitario de un cíclope, sangriento,

se abría y se cerraba al compás del aroma.

 

Tras ese farolillo de lumbre intermitente

succionaba, profunda, tu boca desdentada

y el pelo blanco al rape enredaba los zarzos

de aquella azul voluta de tallo sigiloso.

 

Tenedor de cien libros de negocios ajenos

del lunes hasta el sábado en turnos militares

computabas las cifras, escribías a pluma,

prensabas como uvas las hojas transparentes.

 

Zuberoa era el signo de tu clara memoria,

"pais de bosques tibios", asi lo traducías

al nombre que en euskera caía de tus labios:

acarreando nostalgias me hiciste bertsolari.

 

Cuando el jardín hervía de grillos y luciérnagas

bebías tu Lucera, un suave aperitivo,

mascullabas en vasco, bromeabas en criollo,

alzabas como un tótem la trenzada alpargata.

 

Que lindo era escucharte, abuelo pueblerino,

recitando tus atlas de cartas coloreadas,

los dos en un balcón de dulzona pereza

y tú desovillando memorias de otros mundos.

 

Eran tu amor secreto las regiones de Chile,

de corrido evocabas sus ríos y ciudades,

de visita nos íbamos desde el duro salitre

al mar de trementina que patrulla el Caleuche.

 

Don Pedro Margarito, maestro de los órdagos

ya van cuarenta años de nuestra magia grande,

tú vuelas muerte adentro con alas de arpillera

y yo repaso en vivo tu espectral geografía.

 

Cada nombre que vuelve, cada puerto que asoma,

cada cumbre nevada igual que tu cabeza,

repiten tus vocales, me humedecen los ojos,

entre vascos antiguos transitas, pulcro abuelo.

 

Y como tú, pitando cigarros melancólicos

retorno a viejas noches de uruguayos balcones

y nos vamos alegres, asidos de la mano,

del Norte Grande a Pascua, en medio del Océano.

 

Perfumaban tus cuentos estrellas federales,

te las llevaste puestas en tu ataúd de pino,

gracias por dejarme una, chilena, hospitalaria,

con ella condecoras mi pecho desterrado.

 

Quien diría, don Pedro, que estoy en aquel Chile

que tu relato hurgaba de Arica a Magallanes,

ardía noche adentro el puntual cigarrillo

y tu aliento mezclaba el humo y las palabras.

 

Podría preguntarte muchas cosas, abuelo,

por mi río y su espalda de brillante hojalata

que pulía la piel de los cantos rodados

bajo un cielo benigno, protector de las islas,

 

o por aquel naranjo que yo mismo plantara,

y era como un cosmos de soles congelados,

por la higuera habitual, los laureles gloriosos

o el jacarandá tan bello con su copa florida.

 

Pero apenas te pido que entrepares el vuelo

y oigas la palabra que me trajo a esta tierra

a restaurar los mapas de cromos desteñidos

en la Ligua que tiembla y el Caulin araucano.

 

La palabra terrible, Don Pedro Margarito,

no rima con el debe y el haber de tus números,

si pasó por tu lado, no diste el santo y seña,

yo quise deletrearla: por eso estoy en Chile.

 

Te la digo al oído, escúchala y prosigue,

yo me quedo y la grito con los rotos de América.

 

Santiago de Chile, 1973

 



Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

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