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Empiecen a empacar maletas

Daniel Feldman

05.06.2018

No se trata de la invitación a aprontar el equipaje para seguir a la Celeste en Rusia, no; es el mensaje del nuevo Ministro del Interior de Italia a los inmigrantes indocumentados.

(Foto: MundoSputnik/Reuters/Ismail Zitouny)

Dicen que Rómulo, el fundador y primer rey de Roma, hermano de Remo, abrió en los bosques del monte Palatino un refugio, un "asilo", al que acudían los extranjeros. Según cuenta la tradición, se los recibía allí sin que se les preguntara sobre su origen o sobre su pasado. Estamos hablando de hace más de 2.750 años.

Mucha agua ha corrido por el Tíber.

En estos días los ojos del mundo estuvieron concentrados en la votación de las Cortes de España por la cual, para alivio de los mortales, Mario Rajoy fue echado del cargo de presidente del Gobierno, convirtiéndose oprobiosamente en el primer mandatario español en ser destituido por una moción de censura, envuelto en un escándalo de corrupción que no solo abarcó a dirigentes de su organización política sino al Partido (Popular) como tal, de acuerdo al dictamen de la justicia.

Tanto acaparó España la atención con sus vaivenes políticos, que la fumata blanca de Sánchez asumiendo el nuevo gobierno minimizó el tufillo fascistoide de allende los Alpes.

Es sabido que en las recientes elecciones italianas resultaron vencedores los sectores xenófobos, conservadores, populistas y euroescépticos (pavada de cóctel).

Luego de idas y venidas, se conformó un nuevo gobierno, que tiene a un tecnócrata sin trayectoria política como primer ministro (Giuseppe Conte), pero donde el verdadero poder radicará en los dos viceprimeros ministros, Matteo Salvini, líder la La Liga, heredera de la ultraderechista Liga del Norte, y Luigi di Maio, del televisivo Movimiento 5 Estrellas.

Salvini ejercerá también como ministro del Interior, y su leitmotiv parece estar pautado por el combate a la inmigración, aparentemente portadora de todos los males del mundo. Miremos simplemente unas décadas atrás, y comprobaremos que el peor mal que Italia ha sufrido durante el siglo pasado no provino del exterior, sino que fue generado en su propia tierra, con nombre, apellido y sobrenombre: Benito Mussolini y fascismo.

Los "buenos tiempos para los inmigrantes indocumentados han llegado a su fin", dijo Salvini, tratando de tapar decenios de corrupción con las caras de niños que arriesgan lo poquito que tienen para forjarse un futuro: sus vidas, que no valen nada en su países de origen, y que los continuadores del Duce pretenden hacernos creer que emponzoñan las rutinas de sociedades étnicamente limpias.

"Llegó la hora de empezar a empacar sus maletas", dijo Salvini, que durante la campaña electoral prometió deportar medio millón de inmigrantes durante los próximos cinco años, y además, respondiendo a quienes lo acusan de racista afirmó que el "único antídoto contra el racismo era el control, regulación y limitación de la inmigración".

Matiz más, matiz menos, un discurso alineado con los propulsores del Brexit en el Reino Unido, con Víktor Orbán en Hungría o con Jaroslaw Kaczynski y Beata Szydlo en Polonia, a los que podemos agregar a Janez Jansa en Eslovenia.

Pero no pensemos que es un discurso patrimonio de "oligarcas", "terratenientes" y "detentores de medios de producción". No, ese discurso que alimenta el odio al diferente también tiene campo fértil en amplios sectores de trabajadores e incluso en aquellos más perjudicados por las políticas económicas impuestas no precisamente por los inmigrantes.

El mensaje de Salvini ha encontrado eco y adeptos en aquellos que están agobiados por el desempleo y los que perciben a los inmigrantes como la causa de la inseguridad, aunque según los datos emanados del propio Ministerio del Interior la tasa de criminalidad ha bajado en Italia en la última década, a la par que se ha incrementado el número de extranjeros.

Hace 1806 años, en el 212, el emperador Caracalla promulgaba el Constitutio Antoniniana, conocido como Edicto de Caracalla, a través del cual se extendía la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio, en su mayoría de las provincias que iban desde el Medio Oriente a Hispania y de Egipto a Britania. Los historiadores y estudiosos del tema no se ponen de acuerdo en los verdaderos motivos del emperador para adoptar esa decisión: si querer ampliar el universo de personas que pagaban tributos y así incrementar los ingresos fiscales, sufragar las campañas militares contra germanos y partos, o vaya a saber qué. Hace 18 siglos, un emperador decidió ampliar la "romanidad"; hoy, un aprendiz tardío de Duce quiere levantar un muro en torno a la tercera economía (en decadencia) del euro.

Semanas atrás nuestra sociedad se veía conmovida por la situación generada ante dos jóvenes dominicanos que por problemas en la documentación habían sido expulsados de Uruguay cuando venían a reencontrarse con su madre. Rápidamente las redes sociales se inundaron de solidaridad y críticas hacia los funcionarios encargados de la decisión, pero también de discursos similares al de Salvini, del tipo de que hay que "darle prioridad a los uruguayos", "vienen, agarran una tarjeta del MIDES y no hacen nada", "le sacan el trabajo a los uruguayos", etc. Discurso raro en un país cuyos ciudadanos descienden "de los barcos", como habitualmente se dice, y donde si rascamos un poco todos tenemos un padre, abuela, tía o ancestro cercano inmigrante.

Lamentablemente, parece que mientras levantamos las barreras democratizando la comunicación entre los seres humanos, se construyen otras, totalmente autorreferentes y discriminatorias.

Y sí, hoy es Italia, Hungría, Polonia, Reino Unido, pero ¿cuán lejos está Montevideo de Roma?

 

 



Daniel Feldman | Periodista


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