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El ser o no ser de Lionel Messi

Luis C. Turiansky

22.06.2018

La derrota apabullante de Argentina frente a Croacia nos hizo sentir, a los uruguayos sensibles, no a los fanáticos, un poco argentinos. Compartimos el pesar del pueblo hermano y tratamos de comprender el enigma del ídolo Lionel Messi.

 

La imagen de desolación del gran futbolista ante la incomprensible actuación de la escuadra albiceleste es humanamente insoportable y recuerda el drama de Hamlet. Horadado por el dolor, taciturno y enigmático, lo fue todo el tiempo, no después del traspiés increíble del arquero Caballero sino desde el mismo comienzo, desde que salió a la cancha mirando el pasto y sin hablar con nadie. ¿En qué estaría pensando mientras pasaban el himno de su patria? La cámara lo captó, ensimismado, pasándose la mano por la frente. ¿Ya sabía cómo iba a terminar todo?

Bien dicen que el genio de William Shakespeare fue tan grande que sus personajes sirven para todas las situaciones del ser humano y en todas las épocas. Ese silencio y el desgano evidente con que jugó, él, capitán y héroe nacional, recuerda las dudas del príncipe de Dinamarca, cuando se preguntaba: "¿Ser o no ser? Que a la luz de la razón sea más digno sufrir los golpes y punzantes dardos de fuerza horrenda, o morir en lucha contra un piélago de males..."  La frase inmortal bien podría expresar la tragedia del futbolista profesional, víctima de la política de los clubes, las leyes del mercado, la publicidad de las grandes marcas, que deciden hasta el color de la camiseta, los manejos de las Asociaciones y de su máximo exponente, la sacrosanta FIFA, y también, por qué no, el desarraigo, el comprender que los años en el exterior nos han marcado, que jugar con la selección del país de uno ya no es lo mismo y no produce la misma satisfacción que de gurí.

Salen a la luz ciertos entretelones de conflictos callados entre jugadores o entre todos ellos y el entrenador, y también es cierto que el mismo Messi, después del último intento de ganar un torneo de prestigio en la Copa América Centenario, declaró que ya no quería jugar en la selección. Después lo convencieron, pero tal vez algún granito de rencor quedó. No sabemos si no hubo algún desencuentro en el vestuario antes del partido. Leo es de los que no soportan los agravios.

Viéndolo en la cancha, he llegado hasta pensar que estaba enfermo y Sampaoli lo obligó a jugar, porque es el símbolo de Argentina. Me acordé del caso de Ronaldo el brasileño, que luego de la final con Francia en 1998 se supo que había jugado con fiebre. Así es de cruel a veces el profesionalismo, llegando hasta el extremo del dopaje o la droga dura, lisa y llanamente.

Todas estas versiones y muchas más pueden aplicarse al caso del futbolista que no quiere jugar más, simplemente porque está harto, como Hamlet.

Cabe preguntarse si los uruguayos corremos el mismo peligro en este Mundial. Quizás no, porque la atmósfera del equipo es otra y el Maestro, pese a las críticas, sigue siendo la figura que los jugadores respetan y escuchan. Es cierto que este Campeonato es muy distinto y las grandes estrellas no son quienes deciden todo, hay más juego de equipo y, como alguien comentó, hasta Argentina fue capaz de jugar "sin Messi". Nuestras estrellas no son tan omnipotentes y hasta Suárez o Cavani pueden permitirse el lujo de errar. Pero no los dos, porque entonces sería el acabose.

Con o sin ellos, incluso después, sigamos cultivando, el juego colectivo, que es la esencia del fútbol, incluso el profesional. 

Luis C. Turiansky



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